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Arañas polvorientas

por Gerardo Fernández Bustos

Como un ángel desandaba las callejuelas en el regreso. Los zapatos transmitían un compás desigual al chocar contra la piedra de la calleja, algo parecido a un dos por cuatro, aunque muy maltrecho. Se decía asimismo que no debía de haber pasado tanto tiempo en la cantina, fuera del alcance de todos… La noche polvorienta se dejaba caer a esas horas en las que él traía consigo la suciedad grasienta de los escondrijos de allá abajo. La simiente que se podía observar al desaparecer las casas y enfilar el camino hacia la suya, en las afueras del pueblo, resplandecía en la distancia al tocarla el lánguido esplendor de la luna. Todo pensamiento era contagiado por el deseo de correr zigzagueando entre los trigales altivos y frágiles, aunque ningún día llegase a culminarlo. Estuvo acostumbrado durante esos veinticinco años a que la pesadez de la tierra que le envolvía durante el día se volviera más liviana con la visión de una luna tenebrosa mordiendo los trigales noctámbulos. La luna era la luz que durante más tiempo veía. Apenas disponía de otra fuente de calor en el camino hasta llegar a casa y quería quedarse tranquilo de haber degustado su visión durante el mayor tiempo posible (esa luna mascullando algo a los trigales impávidos).

Llegado al portal de piedra, las suelas rechinaron al frenar en seco sus pasos para sacarse las llaves de los bolsillos. Fue entonces cuando sintió que los huesos se le encogían buscando el sitio que les correspondía dentro de su propio cuerpo, amontonados e incómodos como la roca que se apretaba allá abajo cuando su compañero Andrzej, el polaco, colocaba las vigas. “La tela de araña”, decía con un español consonántico una vez que la rozadora había abierto suficiente brecha. “Claro que… las arañas se escurrirían si caminaran por encima de estos hierros”, se le oía a gritos antes de estallar en carcajadas. Los ojos de Andrzej habían permanecido durante todos esos años ocultados en sus cuencas, hambrientos de luz. Apenas se le vislumbraba la pupila cuando se reía con todo el cuerpo hablando maravillas sobre su mujer, mientras la carne que les rodeaba se plegaba como el envoltorio de los bizcochos que traía de casa. Los silencios rasgados únicamente por los hachazos rompiéndose contra la roca y las escasas palabras de Andrzej eran la tónica del día a día

…el movimiento ebrio y oscilante de la mano hizo arrastrar el llavero hacia fuera del bolsillo. ¿Sería que el recuerdo de Rocío habría de venir ahora, y hablar de la naturalidad con que ella deslizaba sus pechos desnudos por toda la casa después de hacerse mutuamente el amor? Pero ninguna imagen vendría antes de que su insensible mano le transmitiese la forma de la llave desde su escondite. La introdujo, la cerradura se hizo fuerte y se contrajo, giró y entonces sí …una araña en su hogar, espabilada únicamente por el recuerdo de los bizcochos jugosos de Rocío, escurriéndose, a pesar de sus innumerables patas, en la herrumbrosa mirada del polaco, que no cesaba ni un momento de reír. La sospecha siempre hubo tejido sus marcas en esa mirada, ahora lo sabía.

 

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