// RELATOS >> PRUEBA Y ERROR

La noticia

 

- Llegas tarde – me dijo en cuanto abrí aquella pesada puerta de metal. Estaba sentado ante una mesa decrépita cubierta de papeles arrugados e iluminada por un flexo oxidado. Presidía la descascarillada pared del fondo un calendario de cinco años atrás con las hojas arrancadas. Sus ojos negros, tan parecidos a los míos, estaban de viaje y en las mejillas se le habían secado gotas de sudor como la cera consumida de un cirio.

- Lo lamento. Al principio no encontraba este maldito agujero y después tuve que hacerme sitio entre las ratas. Veo que has prosperado. Sólo echo de menos una letrina en algún rincón – dije mientras echaba un vistazo a mi alrededor.

Si le molestó lo que le dije no dio muestra de ello. Me señaló una silla vacía y me senté sin quitarme la gabardina. Con tanta humedad podía oírse el castañeteo de nuestros huesos y durante varios minutos tuve empañados los ojos.

- ¿Me invitas a una copa? – pregunté –, brindar es la mejor manera de celebrar un reencuentro.

Me miró por vez primera e hizo un comentario sardónico acerca de mi problema con la bebida pero yo no me quedé atrás.

- Resulta que cuando estoy sobrio no suceden cosas. De todas maneras, podré estar un rato sin alcohol, no creo que esto dure demasiado, ¿o me equivoco?

Su única respuesta fue desplazar con dramatismo hacia mí un pequeño montón de papeles a lo largo de la mesa. Los cogí antes de que se cayeran al suelo.

Eché un vistazo. Facturas, contratos, documentos privados. En unos segundos supe de qué se trataba.

- ¿Y bien? – Al abrir la boca tras hacer la pregunta eché de menos un trago, siempre viene bien un poco de whisky después de la lectura.

- No has tenido tiempo de leerlo.

- Sé lo que pone, el análisis sintáctico lo haré después del recreo. Supongo que pretendes que lo publique.

- ¿No es una noticia?

- Más bien una sentencia de muerte.

- Por eso no te preocupes.

No lo estaba. Al fin y al cabo no tenía nada que perder. Sólo iba a dejar un gato huérfano incapaz de asumir mis letras impagadas. Pero a él quizá le quedara aún algo en el tintero.

- Supongo que te darás cuenta de que te relacionarán conmigo antes de que termine de escribirlo. A estas alturas ya no puedo cambiar de apellidos. Correrás el mismo peligro que yo, y estos peces gordos – dije levantando los papeles que me acababa de dar – no se andan con rodeos, créeme.

Volvió a dirigir sus ojos hacia mí sin verme y observé cómo su crispación se tornó en una sonrisa, aunque más bien parecían los primeros efectos del rigor mortis . Se inclinó y extrajo de un cajón de la mesa dos billetes de avión.

- Lo he pensado todo. Podemos empezar de nuevo en otro lugar. Creo que los dos hemos cometido errores, pero nunca es demasiado tarde.

- Te equivocas. Siempre es demasiado tarde.

- ¿Sabes algo de Helena? – soltó de pronto sin poder reprimirse ni ocultar una vena hinchada en la frente. No me lo esperaba y mi voz surgió ronca como procedente de una caverna.

- Que se fue sin hacer ruido. ¿Y tú?

- Algo parecido, pero un par de años antes, pero creo que ya conoces la historia. Por lo menos tú tienes el consuelo de saber que no huyó con tu hermano.

Le miré y me di cuenta de aquello en lo que nos habíamos convertido. No éramos más que dos solitarios vencidos por una mujer y sus propias vidas que buscaban la justicia eterna en un zulo de mala muerte a las afueras de la ciudad.

- ¿Por qué ahora? – le pregunté - El Molinón ya ha pasado a mejor vida y se comenta que los pisos que van a construir tendrán zócalos de madera de roble y grifería de plata. Pensaba que un detective se dedicaba a otro tipo de asuntos, ya sabes, esposas infieles y persecución de morosos. Quizá debieras comprarte un apartamento con vistas al parque y olvidarte de este asunto.

- ¿Olvidarme? He trabajado para el Sporting toda mi vida para que, aunque ya no esté allí, al final cuatro hijos de puta quemen el estadio y se carguen cien años de historia como si tal cosa. Además, el incendio sólo ha sido el primer paso, lo siguiente será colocar en la presidencia a un multimillonario ruso que sustituirá a los recogepelotas por majorettes y dejará a los jugadores de la cantera en la estacada. Pensé que para algo así podría contar contigo, pero veo que no has cambiado.

Me lo dijo con tal afectación que me di cuenta de que mi hermano no sólo estaba hablando en serio, sino que para él ya no había marcha atrás. Volví a ojear los papeles.

- Espero que ese avión salga esta misma noche.

- No te preocupes, mañana estaremos muy lejos de aquí. Prefiero irme a ver que se salen con la suya.

- Vete tú. Yo no tengo que hacer nada fuera de esta ciudad. Más aún ahora que van a construir el metrotrén de una vez por todas.

- ¿Pero qué estas diciendo? Ya sabes cómo son esos tipos, cualquier día amanecerás muerto en la playa.

- No te preocupes por eso, siempre quise morir con vistas.

Se quedó extrañado pero después sonrió. Imagino que pensaba que yo contaba con un plan alternativo. Se equivocaba. Nos pusimos de pie y nos dimos un abrazo. Estaba tan sudado que se me escurría entre las manos. Me di la vuelta y salí sabiendo que jamás nos volveríamos a ver. Después fui al periódico y cambié la portada sólo una hora antes de que se imprimiera. Tras más de treinta años trabajando allí no resultó difícil convencer al redactor jefe de que se fuera y me dejara a mí enviar las páginas definitivas. Después me fui a casa, tomé una copa con un par de piedras de recuerdos y me acosté borracho con la sensación de haber echado la llave del pasado.

A la mañana siguiente agarré del cuello la botella de Black Bush y le regalé uno de mis habituales tragos, largo y estrecho. El sol bajo de noviembre se había colado un par de horas antes en el dormitorio pero hasta la llamada del periódico no conseguí despertarme. Se asomó a mi mente el vestigio de un sueño pero lo aparté con otro trago prolongado. Al levantarme abandoné en la sábana bajera unas cuantas migas de pan y la aquilina sombra de la soledad. Me duché de cuerpo entero a excepción de los ojos, que ya lo estaban. Rellené mi vaso con un señor chorro mientras planchaba el traje de las grandes ocasiones. La raya diplomática me quedó torcida y el plástico del chaleco color paja brillaba como papel charol. Saqué del frigorífico el periódico del día anterior y lo leí mientras desayunaba un par de huevos escalfados. Podrían ser los míos, pensé. Sonreí y el resto del día tuve agujetas en las comisuras de los labios. Me até los cordones de los zapatos para hacer pie en aquella vida mutilada y cogí la gabardina que doblé por los puños para ocultar los lamparones. Bajé las escaleras como si realmente quisiera hacerlo. En la calle no había más que la luz metálica que sucede a la tormenta, lluvia almacenada y un coche desvencijado demasiado parecido al mío para no subirme a él. Me afeité ante el retrovisor y sentí que la piel de mi cara tenía la tersura del bacalao en salmuera. Me froté el cuello con el ambientador de pino que desde hacía demasiado tiempo olía a habitación cerrada. Arranqué.

Atravesé un par de calles del centro de Gijón hasta que me detuve ante el disco rojo del semáforo del Museo del Ferrocarril donde saqué de la guantera la petaca de cuero y me la llevé a la boca. Estaba vacía pero conseguí aspirar el suficiente aire viciado para conservar el aliento hasta el siguiente trago.

Cuando llegué al periódico los compañeros de la redacción hicieron como si no me veían porque a esas alturas sabían de sobra que mi mirada podía ser contaminante. Entré en el despacho del director sin llamar y me senté frente a él. También estaba allí el administrador y un par de tipos que no había visto nunca pero no parecían ávidos de hacer amigos. Uno de ellos me leyó la carta de despido como si fuera un epitafio y me pidieron que firmara sin salpicarles.

Recogí mis cosas –un paquete de chicles y una pluma descargada- y tomé mi última copa en el Starb. Me despedí del barman quien, cuando ya salía por la puerta, me dijo desde la barra con el periódico en la mano:

- Amigo, siento que hayas perdido el empleo, pero al menos has conseguido que quienes compren esos malditos pisos que van a edificar en el terreno del estadio tengan que vivir siempre con la sensación de estar profanando un cementerio. Y, quién sabe, puede que esos mafiosos de los que hablas en tu noticia terminen entre rejas.

Cuando llegué a casa me puse las zapatillas de cuadros y le di la comida al gato. Yo cené sus sobras. Encendí la televisión para no tener que escuchar el eco de mis pasos. Poco después entraron dos tipos. Uno de ellos tenía el honor de haber protagonizado la noticia del día.

- Buenas noches caballeros. Si no les importa me voy a servir una copa. No quiero irme de aquí con este mal sabor de boca.

Me dirigí hacia el mueble bar y escuché un disparo. Al instante sentí un calor muy agradable en el estómago y un ligero mareo. Aún tuve tiempo de echar un último trago antes de caer.