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DE VIAJE III
Bien, tengo sueño, hoy ponen historias mínimas, una película que nunca acabaré. Mi sofá andrógino me atrae y me grita. Entrando en la puerta de atrás encontré un pequeño ángel que relucía, ángel por sus alas y su blancura, engañado yo por la dulzura de su voz. Encandilado entonces por la lejanía de mi vaho, fluorescente vaho el mío que caía pesado, escupí al suelo, pero mi vaho resultó ser más rápido en su caída. Mire al suelo y cambió de color, debía ser un hotel de lujo sueco, de esos de los que nos habla asiduamente nuestro jefe. En la barra una mujer de largos y sedosos cabellos me invitó a sentarme con ella. Hielo, martíni, burbon, soda y una gran rodaja de naranja roja, todo en un vaso, pusieron en mi mano, un manhatan dijo ella, me gustan los hombre que beben manhatan continuó. Tras mi sonrisa, entre remilgada y temerosa, un gigante de cinco metros parecía soplarme en la nuca. ¿Quién sería? dije yo, sin quitarle el ojo al escote de la morena. En el piano del fondo del bar sonó mi canción actual, la que canto sin sentido a lo largo del día, que extraña y bella versión aquella, quien cantaba al fondo pudiera ser Lauryn Hill, el sentado a su lado recordabame a Bill Murray, hízome seguidamente un gesto con la punta de su dedo más largo, mire hacia atrás desconcertado, pero resultaba ser a mi. El calor era insoportable, aquel calor debía ser fruto del grisáceo y enorme torbellino que se veía aproximarse hacia la enorme la cristalera del bar, arrastróme y meciome, en algo parecido a un salto en el tiempo, hasta un mar en calma, hasta aquel barco pesquero donde su capitán, sentado en la borda, me ofrecía de fumar de su pipa. Fumé, y los dedos de mis pies descalzos, como pequeñas chimeneas, desprendieron humo fluorescente, que curioso, me dije, nunca lo habían hecho antes. Comimos pescado y bebimos vino en abundancia. El capitán debía ser caucásico, por su piel quemada, sus ojos claros y su frente estirada. Quizás estaba en Yugoslavia me dije. El marinero me hablaba en su lengua, yo leía de subtítulos que aparecían debajo mis pies; un espejo que había en la borda usado probablemente para el afeitado, colocado con un ángulo perfecto, me permitía hacerlo. Me habló de un tesoro extraño, no material decía, que se encontraba en el fondo de ese Mar. Tenía la esperanza de recogerlo algún día en sus redes, nunca abandonaría la pesca de arrastre, en un pequeño cofre, entre el pescado, entre rodaballos y acedías. Como tener podía un pequeño baúl un gran tesoro inmaterial, me pregunté yo. En los días que pasé allí, aunque quizás fuera uno solo, no apareció aquel baúl, aunque en un momento pasado, el capitán, en una red que recogimos, decía que esa, señalando una pequeña acedía que saltaba entre la red más alta que ninguna, que esa sabía donde estaba aquel cofre, que debía haber pasado cerca y que el emanar de su tesoro le había dado tanto apego a la vida. Fabulas y mentiras en la cabeza del capitán me dije. El capitán dio saltos entre la red, pisando, estrujando, decenas de otros peces. La cogió en uno de sus saltos, entre sus manos, con una facilidad pasmosa, y mirándola a uno de sus ojos, le dijo, tú por tu felicidad no debes morir. Seguidamente la lanzó al mar, yo de un saltó inconsciente en el mar caí, y mis pies se hicieron aletas, y nadé y nadé siguiendo aquella pequeña y blancuzca acedía. Fue un largo trayecto, ya no necesité respirar más, el fondo del mar pareciome otro mundo, bien podría ser un mundo extraterrestre, donde miles de especies convivían en un orden distinto y lejano, en círculos concéntricos y tróficos, con distinta perspectiva de vida y muerte, así podía ser, pero solo encontré especies que no parecían comunicarse, nadie decía nada allí, en el fondo del mar. La vida sin comunicación. El pez parecía llevarme hacia ninguna parte, yo lo seguía de forma maratoniana, sin importar donde, sin tiempo a través, sin mujer en espera, sin tareas para mañana. Finalmente allí estaba, viejo como el del pirata, verde y oro, quieto, inmune, inmutable, con un gran secreto en su interior, nadé y nadé hacia él, lo cogí entre mis manos y entonces..desperté.
andres |