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Noche de verano

 

Me rodeaba la templada noche de verano, calurosos aires se levantaban de las piedras calentadas durante el día. Me abrazaban con el cariño de una persona querida si bien casi difuminada en las profundidades de mi memoria.

Te quería besar, pero tú no estabas; te sentía muy cerca como un soplo ligero en la nuca cuyos pelos se me erizaban, pero no te encontraba.

El apasionado canto de un solo violonchelo llenaba el aire, se unía con la espesa oscuridad para consolarme, abrazarme.

Deseaba tocarte, besarte, ansiaba que tú me devolvieras ese beso y esa caricia tan solo imaginarios, deseados; pero tú no estabas.

Yo besaba el calmoso viento de verano, espeso y cariñoso, que me comprendía. Aun así no tenía las cualidades pertinentes para devolvérmelo, y yo seguía buscando, ansiando.

El melancólico llanto del violonchelo se mezclaba con el aire que se levantaba lentamente de las calles veraniegas y con las voces de la gente que paseaba a mi alrededor, y se incorporaba a la tristeza de las escasas nubes.

El murmullo de los transeúntes me zumbaba en los oídos, se convertía en un estrépito intolerable; la melancolía de la música se llevaba mi aguante, ya no podía soportarlo.

Me dejaba arrastrar por la cálida corriente, agradable y acogedora, que me llevaba hacia arriba.

No me importaba que me pudiese perder por los aires, me sentía desesperada, buscando auxilio.

Las alturas me acogían como a una hija perdida, me rodeaban con gran cariño, pero no lograban consolarme.

Sorprendentemente salía el sol, se me acercaba con gran velocidad. Te veía montado en él como en un trono gigantesco. Así me dabas miedo y ya no me atrevía ni a quedarme donde estaba y seguramente mucho menos a acercarme.

Me caí de la nube y me desperté en el suelo frío y duro. Era de noche y tú no estabas.

 

 

 

 

 

Mil gracias a Conchita

por la revisión

de este texto