EL MISÁTROPO
Las verdades más profundas sólo pueden, acaso, presentirse.
No todo el mundo puede comprender esto. Es necesario guardar silencio, poner todos los sentidos en el mundo, volcarse en él. Sólo así tal vez sea posible acariciar una de ellas. Aunque sea con la yema de los dedos.
La gente no lo comprende. Creen que les desprecio, que mi trato es desdeñoso, cuando se trata de que no puedo compartir sus mismas inquietudes. Ellos tampoco comparten las mías. Creen que estoy loco porque paseo cada día, al atardecer y al amanecer. Cuando aún no se han despertado o cuando están pensando en acostarse. Cuando el sol no ha vencido aún a la noche o cuando la noche no logra doblegar al día. Todo se comprende mejor cuando lo vemos bailar en sus extremos.
Paseando por la playa lo vi claro como sol de mediodía. Una tarde de verano en que el ígneo elemento ejercía su dominio como un tirano: nada permanece idéntico a sí mismo.
La gente no percibe cambios más allá de sus propios asuntos. Se afanan como abejas mientras el mundo transcurre justo por encima de sus cabezas. Quizá por el mismo motivo ellos ignoran los problemas de la ciudad. Sin embargo se creen con derecho a reclamar mi interés o mi dedicación para los mismos asuntos. Habría escrito sus dichosas leyes si supiera que las defenderían tanto como sus murallas. Pero la gente sólo lucha por sus propios intereses y rechazan la guerra porque creen que los perjudican. Mas a ella le deben todo lo que poseen. Demasiado bien pude sentirlo en mis carnes cuando saquearon la ciudad, siendo yo aún un niño.
Ahora, ya consumido por los años, que tantas vidas he visto consumirse, tantos ciclos cumplidos...he podido olvidar a aquellos que querían verme exiliado, alimentándome de hierbas en el campo para que muriese sólo e hidrópico, o enterrado en el estiércol.
Cuantas veces no habré hecho este mismo camino de vuelta a casa, con los pies mojados por el mar. Este bosque me ha ido viendo declinar a medida que él ha crecido. Lo mismo da crecer o menguar, todo acontece conforme a medida. El día que muera haré que quemen mi cuerpo, que vuelva al fuego, como todas las cosas. Prefiero que sea el fuego el que me consuma y no el tiempo y los gusanos.
Ahora ya sólo me aguarda el susurro del fuego en el hogar. Mi única compañía. Vaya, llaman...
- Pasad, pasad. También hay dioses aquí dentro.
Antonio Albiol Martín |