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Menisco
No estaba atravesando mi mejor momento. Un detective cae en la cuenta de que no tiene suficiente trabajo cuando respeta el horario de oficina y no pasa las noches en vela sentado ante el volante con un café frío sino planchando las cortinas delante de la televisión.
Salí de mi apartamento por la escalera de incendios para hacer algo de ejercicio y me dirigí a un despacho donde lo único que me esperaba con vida eran los brazos pop art del perchero y una mancha creciente de humedad. El mosto que guardaba para los clientes era ya un Rioja reserva y el polvo acumulado durante los últimos meses en la cómoda había adquirido la voluptuosa asimetría de un Lladró.
En cuanto llegué me quité los zapatos y salí a fumar sentado en el alféizar de la ventana. Aquella mañana el cielo era una colchoneta gris a punto de explotar y en el aire enrarecido del Barrio Alto nadaban sin salir a flote las gaviotas. No pensé en tirarme aunque a esas alturas - cuarenta y cinco años, doce pisos - sabía de sobra que la vida no responde a las expectativas.
Varios cigarrillos más tarde oí cerrarse la puerta de mi despacho y unos tacones de aguja puntear el parqué que había lijado meses atrás para dar a mi vida un aire bohemio. Eran pasos guiados con metrónomo, el tipo de caminar que no es una cuestión de pose o apariencia, sino de metabolismo.
Me giré con el cigarrillo en la boca y descubrí a una hermosa, penetrante y coloreada Louise Brooks que me miraba como si esperase por la apertura del diafragma. Su cuerpo era una curva afilada y cada pestañeo una bajada de telón. Se sentó sobre mi mesa y balanceó la pierna derecha aunque la izquierda la mantuvo inmóvil como una estalactita. Señaló entonces esa rodilla y dijo:
- Fractura de menisco.
Aquel diagnóstico bastó para hacerme titubear. Arrojé el cigarrillo al vacío y entré. Al pasar a su lado percibí en su perfume la dulzura reprimida de la miel destilada. Me serví una copa. Ella, mientras tanto, silbó un puñado de notas frescas y alegres que revolotearon por el pentagrama de la humedad hasta caer en mi vaso. Me las bebí pero de mi boca salieron convertidas en una milonga caducada y nociva. Como me imaginaba, aquélla no era una visita de placer. Del bolso de piel que llevaba extrajo una fotografía y me la alcanzó. En ella posaba junto a un hombre de unos cincuenta años, pelo cano y tez morena, que contrastaban con la melena recortada y la piel blanca de Louise. Pero he de decir que no se trataba de palidez, sino de un rostro níveo, el despliegue armónico y relajado del deshielo.
- El marco no lo necesito - le dije.
- Quédeselo.
- No tengo nada que meter dentro.
Saqué la fotografía con las pinzas que utilizo para depilar el cactus con el que adorno mi despacho y le entregué el marco plateado. Le hacía juego con los pendientes. Lo recogió con su mano enguantada y se quedó mirando el cristal vacío. Comenzó a hablar. El tipo de la foto, como me imaginaba, era su marido. Me pidió que le siguiera durante un par de días. Desde luego, no se trataba de un caso extraordinario. Lo único de alto riesgo en aquel trabajo era su mirada.
- No creo que sea difícil encontrarle - le dije - con ese bronceado tiene que resplandecer como la loza en una ciudad tan gris como ésta.
Sonrío pero no llegó a obsequiarme con su dentadura y sus ojos no salieron en ningún momento del atrio de la seriedad. En un papel apuntó un par de direcciones.
- Trabaja en el Banco Spengler. Es director de un departamento. No me pregunte cuál, para mí son todos iguales. La otra dirección es la de nuestra casa. Ahora debo irme. Si le parece bien, volveré a venir dentro de una semana.
Asentí y la acompañé hasta la puerta. La abrí y salió sin despedirse.
Podría decirse que cojeaba levemente. También podría decirse que movía la cadera con una sensualidad incomparable. Podrían decirse muchas cosas, pero ninguna haría justicia a aquella forma de alejarse, lenta y calculada, como el abandono de una sonrisa.
No me costó demasiado poner nombre y apellido al rostro cetrino de la fotografía: Enrique Guasch. Tampoco resultó complicado saber qué hacía cuando no estaba en la sede del banco o en la sala de estar de su chalé junto a Louise. Pasaba las tardes en un motel de las afueras, el Imperium , debajo de su complaciente y rebosante secretaria, una pelirroja de cuarenta y tres años entrada en carnes y que respondía al nombre de Consuelo Marengo. Comparar a aquella oronda y sonrosada mujer con la hermosa y frágil Louise era un sacrilegio. Lo mismo debió de pensar ella cuando regresó a mi despacho tal y como habíamos quedado y le enseñé las fotografías que había tomado de su marido hurgando con su lengua en las entrañas de la señorita Marengo.
- Consuelo. Es una buena chica, siempre me felicita el cumpleaños - dijo Louise observando la fotografía.
Ninguno de los dos comprendía cómo alguien en su sano juicio podía traicionar a Louise con aquella secretaria que entendía como sofisticación no tener carreras en las medias.
La invité a una copa y bebimos en silencio. Después me pagó con billetes nuevos y ya se iba cuando le pedí permiso para acompañarla hasta afuera. Deseé besarla en el ascensor pero hubiera precisado de mucho más de doce pisos para atreverme. Llegamos a la calle y observé que aunque el cielo estaba limpio de nubes mantenía el color grisáceo de costumbre. Por esa razón, aún no comprendo cómo pudo desatarse la tormenta con tal violencia sólo en aquella esquina, mientras en el resto de la ciudad seguía brillando a media asta el sol perezoso de noviembre. Los aires turbados que preludiaban la tempestad levantaron su melena lacia y supe entonces que el último acto de nuestra tragedia había comenzado. Se puso entonces las gafas de lluvia y al compás de las primeras gotas me regaló un beso con unos labios que el tiempo y la soledad habían espesado. Los dos comprendimos que la belleza de Louise la había arrinconado, alejado del resto del mundo. Quise devolverle el beso pero para entonces sus tacones ya se habían alejado de mí para siempre.
Han pasado ya más de tres años desde aquella tarde y he tenido que resolver muchos casos desde entonces. Sin embargo, cuando entro en mi oficina cada mañana, recuerdo la silbada melodía, el resplandor negro de sus ojos y aquella cicatriz bordada en su rodilla izquierda como el lazo dérmico que sutura los recuerdos que tratan de escapar de una vida que nunca será lo que había prometido.
SEUDÓNIMO: Epimeteo
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