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Hache
La tarde de junio que conocí a Hache azotaba Madrid un viento circular y centrífugo que nos rellenaba de aire los bolsillos. Recuerdo que había acompañado a un amigo a un ciclo de un tal Aki Kaurismäki al Círculo de Bellas Artes. En cuanto entramos en la cafetería después de la proyección no tardé más que un instante en distinguir su rostro lívido reflejado en uno de los ventanales. Estaba sentada en una mesa rodeada de cuatro tipos que disertaban con gestos grandilocuentes sobre ese cine cáustico del fin del milenio. Ella permanecía rígida, sin abrir su boca de pomelo ni mover aquel mechón bruno que le caía sobre la frente como un rayo de luna.
Ante mi sorpresa, mi amigo se acercó a paso firme hacia la mesa en que Hache reinaba y yo le seguí sin pensarlo. Antes de que me diera cuenta nos habían presentado y al instante ya había olvidado su nombre. Nunca lo conocí después.
- Llámame Hache, así evitarás la tentación de escribirme poemas tristes en los momentos bajos – me dijo cuando se lo pregunté días más tarde.
Para evitar el fulgor de sus ojos bajé la vista y me quedé absorto mirando el enorme crucifijo plateado que enfriaba su pecho.
- A falta de fe, joyas – me dijo.
Traté de sonreír pero de pronto mis labios se habían convertido en hormigón armado. Los suyos eran un pañuelo al viento. Por suerte, ella tomó la iniciativa: - Siéntese, no me gusta tomar el Martini tan sola, necesito una mano masculina en la que posar el hueso de la aceituna.
Los tipos de la mesa se rieron con fuerza sin entender nada, pensando que Hache estaba bromeando. Pero no era mentira lo que decía. Hache no encontraba compañía en aquellos lobeznos que la merodeaban. Lo supe durante ese mismo verano, las noches que pasamos a solas tostándonos al aire caliente de su terraza de la calle Acuerdo con la manguera lloviendo agua fresca sobre nuestras cabezas. Allí estabulados nos hicimos amigos compartiendo ausencias y duermevelas en aquella cima en chaflán del centro de Madrid.
La primera vez que supe que habíamos cruzado el umbral de la amistad fue la noche de San Juan en la que ella clausuró el invierno con el esplendor protocolario que requieren los grandes acontecimientos.
Hache se vistió con la parte inferior de uno de sus bikinis y un par de horquillas recogiendo en un rodete su pelo lacio y negro, y allí, semidesnuda y almagra en la antesala del verano, prendió la hoguera en una esquina de su terraza con el palito de un helado y una tarjeta de navidad devuelta por el cartero. Después continuó la fogata quemando un año de crucigramas inconclusos, autodefinidos tachados y sopas de letras sin caldo, y fijó su vista en las llamas entintadas que emanaban de aquellas Quiz nunca terminadas hasta que el fuego secó las lágrimas cetrinas de sus ojos. Recuerdo que murmuraba hipnótica y con los ojos incendiados:
- Tonada andaluza… siete letras… vertical… tonada andaluza… siete letras… vertical… ¡Soledad! – dijo de pronto, y se levantó para recuperar de entre las cenizas aquella página como quien intenta rescatar de la basura las hojas sin vuelta del calendario. Hache pisó las ascuas con sus pies desnudos derritiendo el esmalte nacarado de sus uñas hasta que logró encontrar el crucigrama al que le faltaba la palabra que definía a aquellas dos almas arrumbadas que se morían a fuego lento en el techo de Madrid.
Escribió las siete letras apoyada en mi espalda y pegó con saliva en la pared de su terraza aquella hoja quemada y arrollada como un pergamino para que nunca lográramos olvidar que, a pesar de los cócteles, las fiestas, y el sol cercano y bajo del ocaso, los dos seguíamos solos y perdidos en aquella atestada ciudad. Allí, mudos y nostálgicos, observábamos cómo nuestras vidas se asfixiaban al igual que aquella hoguera, que se murió, hastiada de quemar letras, a la luz lívida del amanecer.
Las noches de verano se sucedieron en aquella azotea donde vivía Hache al margen de los males cotidianos que afectaban a los mortales, como el recibo del gas o la gripe. Decía orgullosa que jamás había estado enferma y yo fue testigo de su prodigiosa salud a pesar de que en muchas ocasiones la lluvia le sorprendía casi desnuda en su terraza. Recuerdo una tarde que el sol se ponía con premura tras la glorieta de San Bernardo mientras Hache y yo bebíamos uno de sus célebres cócteles fabricados a base de bebidas blancas y sobras de cena. De pronto, las nubes se arrebujaron sobre nosotros y descargaron con violencia gotas embarradas. Yo me refugié en el interior y puse a buen recaudo la garganta de Tom Waits, que nos hacía compañía, pero Hache ni se inmutó. Cuando pasó el chaparrón volví a salir, ella miró hacia arriba y dijo:
- El cielo de Madrid yo no es el de antes. De un tiempo a esta parte no tiene más que goteras y las noches de verano las estrellas lo único que hacen es dar sombra a las putas de los afluentes de la Gran Vía. En fin, al menos nos queda el consuelo de este olor a caucho garrapiñado del gres después de la tormenta.
Hache decía aquellas frases como quien lee un salmo responsorial y después fijaba la vista de nuevo en un autodefinido, sin importarle la dirección que tomaba el mundo. Pero incluso ella tenía obligaciones y, aunque prefería la soledad de su azotea, los jerifaltes de Chanteuse le exigían que acudiera a reuniones sociales para promocionar ese perfume que vestía en la contraportada del suplemento dominical, como si su aroma tuviera réplica en el resto de mujeres que habitaban Madrid aquel desértico verano del noventa y nueve.
En aquellas fiestas Hache era incapaz de juntar un par de pasos sin que salieran a su encuentro refinados pretendientes de postín que buscaban la gloria eterna entre las piernas dóricas de mi amiga. Recuerdo que una noche, cuando volvíamos achispados y humosos de una presentación en la Casa de América, me miró con sus verdes ojos tiznados de cobre y me dijo:
- David, ya no aguanto más a esos hombres. Tardo tanto en alcanzar la barra para rellenar mi copa que casi siempre llego con resaca.
Sonreí ante aquella frase tan llena de ingenio como de verdad, pero yo sabia que, a pesar de sus quejas, Hache tenía un prodigioso talento para deshacerse de aquellos moscones. Recuerdo otra velada, mientras el taxi bajaba enfriando el alquitrán por Sagasta, que le pregunté qué le había dicho al protagonista de Estrella de mar para que cogiera su copa rebosante y se alejara de ella a toda prisa por el salón. Hache miraba por la ventanilla pero me contestó agrietando el carmín con su sonrisa:
- Qué tipo. Es muy guapo pero fuera de la pantalla tiene el gracejo de un cuervo. Le dije que mi vermut estaba demasiado amargo y él se ofreció para pedirle al camarero que le quitara el ajenjo. Aún debe de estar en ello.
Después de decirme aquello Hache soltó una carcajada y dirigió la mirada a su vestido azul poblado de lamparones:
- Te lo digo en serio, querido, estoy harta de que esos mequetrefes vuelquen sus bebidas en mi ropa. La próxima noche que salgamos recuérdame que me haga una falda con el hule a cuadros de la mesa camilla del cuarto de estar.
Por desgracia, no hubo más noches. Aquello duró tanto como un bostezo y una tarde ya nadie contestó al telefonillo. Por aquel entonces yo creía que la vida estaba en los libros y sólo me acostaba con mujeres que preferían la tinta al sudor y Víctor Hugo a George Clooney, pero he de decir que aún hoy lamento no haber disfrutado del amor pagano y superficial de Hache, aunque en aquel rocío arenoso de las mañanas de verano tuviera que conformarme con recitarle en su azotea los versos numéricos y asonantes de las páginas amarillas.
Por esa razón, porque nunca me he encontrado con una mujer como ella, sé apreciar aquellos días de verano no tan lejos del cielo, cuando el tiempo aún no me había pisoteado con su espiral de silencio y sombra, cuando aún la vida no me había abandonado a la deriva de las conversaciones repetidas, las miradas apagadas y los besos empastados por el bis a bis de soledades.
Cuando conocí a Hache, aún el sexo no era el epílogo obligado de cenas frías de amargos postres, aún mis sábanas no eran este granero de recuerdos dolorosos de un fértil pasado nunca repetido, aún no era ayer lo que buscaba cada mañana en el espejo rajado del baño, aún el antiguo estucado de mi voz no se había convertido en esta pálida meseta con la armonía repetida y átona de un cencerro de latón.
Pienso en aquellas noches de verano que compartí con Hache y siento temblores al recordar cómo la pared champán de su terraza se descascarillaba al ritmo creciente que moría mi juventud, que se dirigía sin pausa hacia un futuro corcovado en el que el miedo iba a apoderarse de mí hasta sumirme en esta caverna de cristal en la que ahora vivo, a través de cuyas paredes transparentes me conformo con observar que ahí afuera no perviven más que sueños jamás cumplidos y realidades nunca soñadas, y donde las sonrisas se han ido pudriendo hasta convertirse en un enfisema de labios tumefactos que destilan la aflicción de una noche sin luna.
Porque cuando conocí a Hache, aquellas madrugadas estivales no tan cerca del asfalto, nunca hubiera pensado que el humo de mis cigarrillos que se elevaba hacia el cielo punteado de estrellas de Madrid portaba en sus ondas el olor crematorio de mi juventud. Compartí tantos sueños, crucigramas y cócteles con ella que no puedo perdonarme no haber comprendido que aquellas dos palabras que pronunció temblando la noche de San Mateo no eran otra cosa que una despedida, un abandono, y que cuando aquella madrugada dijo tengo frío , su mirada ya estaba de viaje y, en lugar de sacarle una rebeca azul marino del armario empotrado del vestidor, debí haberla abrazado para evitar seguir persiguiendo el resto de mis días su recuerdo por las esquinas de una vida que sin ella no es más que un corazón acalambrado, atrofiado de no bombear más que el aire viciado de la derrota.
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