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EL VALLE
Respirar el aire que subía por el valle y que me golpeaba sin cesar, frió, vivo, casi hiriente, resultaba esperanzador, era como morder o saborear la vida. La sierra estaba como abandonada, la luz de la luna era inmensa, intensa, entre blanca y plateada, creando sombras misteriosas, formas onduladas, bellezas ocultas al día.
Desde allí se veía una serranía llena de montañas-colina, entrelazadas, verdes y frondosas; encinas y alcornoques las recorrían en algo similar a una marcha, como un masivo ejercito medieval que entrecruzara montañas para llegar al campo de batalla.
Ese aire que subía las montañas traía olor a tierra, a verde y a lluvia. En el se respiraba el olor bello y quizás único de la tierra. De pie con el paraíso nocturno a los pies, sintiendo una extraña fuerza animal.
El silencio parecía eterno, la luz cegaba y rebotando en la luna trasmitía su brillo, como en un juego de espejos, dando señales de vida, acariciando con su luz blanca a todos los seres que en esa sierra, en ese instante olvidada, habitaban sus árboles, las copas y los troncos, la tierra húmeda y seca, sus charcas y las pequeñas cuevas y truecos; donde ahora dormían, en el momento en el que reposaban la mayoría de ellos, exceptuando lobos y lechuzas, luciérnagas y mosquitos.
El paso del tiempo era casi imperceptible, el suceso era cíclico, una ráfaga sonora larga y fría, silencio, una ráfaga sonora larga y fría.
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