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La Mesa
Amaneció como siempre en la soledad de sus dominios. Todo en orden. Con paso rápido y ágil impropio de su avanzada edad salió por la portezuela y se asomó por la barandilla. Gris. Efectuó su vuelta de rigor y volvió a entrar. 1, 2, 3, 4, …, 211. Evitando pisar los fragmentos de espejo cogió los cubos de agua y el chubasquero, saliendo seguidamente al exterior. El fuerte viento obligó al anciano a caminar con más cuidado. Su dura mirada y largos cabellos blancos y fuertes dejaban entrever sin embargo una tristeza inusitada, un halo de melancolía no acorde del todo con su firme figura. Ya de vuelta y una vez atendidas todas las obligaciones, se sentó a la mesa, apoyó las manos en su afilado mentón y fijó su mirada al frente. A la fría y grisácea pared. Transcurridas unas horas, oyó la señal y se le iluminaron los ojos. 1, 2, 3, 4, …, 211. De nuevo arriba, se dirigió presto al centro de la estancia y ejecutó la acción que llevaba esperando todo el día, encendió su querida Luz del Faro. Sosegado, se tumbó en su rincón observando su luminosa y giratoria compañía.
George |