|
Cerré el libro de Baudrillard, lo dejé a mi lado. Estaba decidido a ver hasta donde llega la farsa. Crecí intuyendo que algo no funciona en el mundo. Los colores, las formas, los habitantes a mi alrededor me parecieron siempre sospechosamente artificiosos. Mis padres, mis hermanos, mis compañeros del colegio, los profesores... todo me parecía frío y sin alma. Sólo me encontraba a gusto al escaparme tras las clases y correr hasta donde se encontraban las caravanas y sus habitantes. Los chatarreros, los vendedores, los feriantes... Jugaba tirándome al suelo, manchando y rompiendo la ropa. Así pude mantenerme al margen del color gris que inundaba mi mundo formal.
Pero al crecer perdí el contacto. No se puede mantener con quienes siempre parten. Porque se van, son libres. Yo me quedé, y el gris se fue apoderando de mí. Es una corriente que te arrastra a lo mediocre. En la escuela, el instituto, la universidad...
Estudié Farmacia, me casé, me divorcié. Tengo un hijo que no veo casi nunca. Su madre no me deja. Estoy harto de no sentir nada.
La primera noche que me encontré sólo no pude dormir. Me había mudado a un pequeño apartamento. Las cajas ocupaban la mayor parte de él. Busqué un libro para entretenerme.
- El primer libro de la primera caja.- Me dije.
Baudrillard.
Recordé de nuevo que esto es una farsa. Recordé las caravanas. El olor y el sabor de un juego real. La tierra en las uñas, las heridas en las rodillas purulando, saltando hogueras, tocando palmas como uno de ellos; feliz y libre.
Pero no puedo volver a aquello, se fue. Pensé en suicidarme, pero recordé a mi hijo. Supuse que sería lobotomizado desde el principio y convertido en un mediocre número más gris que su padre.
Yo no pude perder del todo ese brillo. En casa me daban por loco al mirar al cielo, por proponer hogueras y otras barbaridades en las fiestas. Esa realidad me infectó de niño. Esa enfermedad me libró de una muerte más cruel, la que dura años y años en acabar contigo enredado en una tela de araña, en una guerra económica diaria.
Eran las dos de la mañana y estaba casi decidido. No quería matarme, pero el plan era peligroso. Sobre la mesita improvisada con libros junto al mugriento sofá cama de mi apartamento se encontraba lo que llamaré “pócima” para no dar más explicaciones.
Durante su preparación me había sentido como un druida moderno. Me había llevado semanas localizar las sustancias, la mayoría de ellas casi imposibles de conseguir. Debí salir al campo a buscar alguna de ellas. Pero allí estaba la taza humeante. La cocción me había llevado horas. El proceso no provenía del todo de la Farmacia o la Química. El proceso es alquímico, por lo que el rito adquiere también importancia.
Me costó decidirme cierto tiempo. Tanto que llegué a dormirme. En mis pesadillas pude ver a mis padres ya muertos. Al despertar agarré la taza y me la bebí de un trago, deseando desaparecer del mapa. Un impulso suicida hacia algo que no podría matarme directamente, aunque podría volverme loco.
Tomé rápidamente un antiemético para evitar las arcadas y no vomitar lo que tanto me había costado elaborar y tan mal sabor tenía.
Al dar el primer paso en la habitación comenzaron los cambios. Los colores eran diferentes, más vívidos, como las texturas. Los olores y percepciones del lugar me llegaban bajo otros códigos, todos a la vez. Provocándome constantes “déjà vu”.
-Son problemas del Hipocampo- Pensaba.
-Tu Giro Dentado anda mal ahí dentro, fallos en el cerebro- Me repetía.
Pero no era exactamente igual que siempre. Al producirse los fallos conseguía recordar mucho más de lo normal, algo que siempre hemos deseado hacer para saber un poco más de lo que hemos sentido.
Percibí que yo ya había estado en ese apartamento. Recordé entonces que en aquel lugar había pasado la noche con una chica en una ocasión. Al despertar yo había caminado hacia la ventana y había apoyado la mano en la pared de la misma manera viendo a la gente pasar. La chica vivía allí entonces. Me quedé tan sorprendido que no tuve que reunir valor para salir a la calle para seguir experimentado. Sabía que no era lo más adecuado en mi estado, pero tenía que aprovechar la oportunidad. Quería saber hasta donde llegaban lo errores en mi mundo. Y ciertamente me di de bruces con todos ellos.
Las alucinaciones llegaron al pisar la calle. Eran las ocho de la mañana y la gente era como una marea de formas planas que caminaban hacia la boca de metro que realmente las engullía. Percibía a las personas en dos dimensiones. El entorno era corriente, casi igual que en condiciones normales, no daba crédito.
Eran figuras aplastadas como en la televisión, todas en movimiento. Llegué a la boca devoradora de personas y por esquivar a alguien tropecé en las escaleras. Tuve de nuevo la sensación de que ya había pasado. Caí finalmente y recordé cómo una vez estuve a punto de accidentarme en el mismo sitio tiempo atrás. El lugar era como este, todas las entradas al infierno son iguales. Aquella vez no había caído, esta sí.
Tuve suerte al poder agarrarme al pasamanos para minimizar un poco el accidente. Nadie se dignó en ayudarme a levantar.
En el andén todos eran de dos dimensiones. La pócima me hacía verles quizá como eran de simples. O quizá no fueran siempre así, salvo los lunes por la mañana en invierno. No tenían expresión en la cara. Eran como un mal dibujo.
Al mirar cómo se acercaba el tren ví entre ellos una persona normal, con una dimensión más. Se veia claramente entre tanta gente apilada como hojas de papel. Era una señora algo mayor. Llevaba un gran bolso rojo y arrastraba una pequeña maleta con ruedas. Empecé a gritar y a correr hacia ella sin tener muy claro para qué. Pero el tren ya había parado. A pesar de ser todos como eran no era capaz de abrirme paso. Todas esas figuras entraron y las puertas se fueron cerrando. Me quedé a medio camino en el andén. Pude ver a la mujer al pasar junto a mí. No podía creer que fuera normal. No era la única iba a ver alguna más.
La pócima continuaba con su efecto. Comencé a ver la música que salía de los altavoces del metro. Surgía en efluvios, haciendo figuras fractales de colores al compás del ritmo. Era como ver un reproductor en el ordenador, solo que me rodeaba y se dejaba tocar. Comencé a acariciar suavemente la melodía y esta fue cambiando la tonalidad y el ritmo sin perder su belleza.
Justo en ese momento llegó otro tren. Al entrar di con un muchacho con un balón en la mano. Era tridimensional. Le hablé. No le pedí explicaciones de porqué yo le veía así, no quería que me tomaran por loco en mi estado. El no parecía percibirlo, yo no pude llegar a ninguna conclusión que explicara una diferencia. Tras la conversación siguió su camino. El tampoco podía ver.
Al salir de nuevo a la calle estaba lloviendo. Me fijé en que nadie llevaba paraguas. No llegaban a mojarse. Yo me calé hasta los huesos. Entré en una cafetería y un camarero tan plano como amable me prestó una toalla. Nadie más estaba mojado allí. Al preguntarle al respecto fingió estar ocupado y se desentendió.
En la televisión estaban las noticias. Se podían ver cómo emanaciones de un color grisáceo manchaban la ropa a la gente que miraba. Era como un tinte que les iba cambiando el color de la piel y el pelo. Las ropas parecían desteñirse y a los pocos que tenían alguna expresión se les acababa quedando cara de idiotas, con una extraña mueca indeterminada. Le quité la bayeta al camarero para limpiarme esa porquería de la ropa. Me fui en ese mismo instante.
Las calles estaban atestadas en hora punta. La gente plana caminaba como mansas manadas hacia el trabajo como tantas veces hice yo.
De repente, en medio de todos ellos, tuve otro“déjà vu”, otro fallo. Pude ver a mi mujer y a mi hijo caminando rápido entre la gente hacia un autobús. Me recordé cogiendo desesperado a mi hijo de los hombros. Vi que era como los demás. Corrí hacia ellos, le pregunté a ella qué le había hecho. El niño ni se inmutaba, me miraba fijamente. Ni siquiera me reconoció. Unos policías que dirigían cerca el tráfico se acercaron para ver lo que pasaba. Fui denunciado por mi ex mujer. Consiguió que me detuvieran diciéndoles que había pegado al niño y que estaba drogado. Recordé que en eso sí que tenía razón. Me esperaban problemas.
Me arrastraron a una comisaría, de allí a una enfermería donde me sacaron sangre. Pero las pruebas darían negativo. Las sustancias que ellos buscan no son tan sofisticadas como las de mi pócima. Al reírme de ellos a carcajadas pensaron que después de todo sí debía estarlo y me mandaron al calabozo a pasar unos días. Yo no podía pagar ni un céntimo de mi fianza.
Un pasillo oscuro flanqueado por rejas. Tras ellos, presos en dos dimensiones. Pensé que les sería bien fácil escapar entre los barrotes, aunque intuí que jamás llegarían a sospecharlo. El calabozo donde me metieron estaba repleto. Nadie se percató de mi entrada. Todos miraban al vacío.
Al mirarlos, los barrotes parecían contonearse, bailar. Como si estuvieran hechos de gelatina. El olor a sudor de tantos que éramos generaba una niebla espesa en la sala. Las grietas de las paredes parecían abrirse y cerrarse lenta pero constantemente. Me senté en un banco pegado a la pared donde quedaba un hueco.
Me encontraba allí sólo. La gente parecía distribuida en grupos. No hablaban entre sí, sólo abrían y cerraban sus bocas como autómatas, con las miradas perdidas, nada más.
Sin embargo, al fondo había un pequeño barullo montado. La niebla no me permitía ver bien. No eran personas planas. Estaban sentadas en el suelo. Hablaban rápido y en argot. Un argot que comenzó a serme familiar. Me levanté y me fui acercando a ellos entre la niebla. Comencé a ver los colores en sus ropas. Eran llamativos, algo que no había visto en mucho tiempo. Empecé escuchar lo que decían. Los veía normales como yo. Cuando me miraron y me llamaron por mi nombre un escalofrío me recorrió. Eran los funámbulos de las caravanas.
Habían sido detenidos y encerrados algunos por no querer pagar impuestos o someterse a la ley. Pero ellos no necesitan pagar porque son libres y nadie lo entiende. Me senté, me reconocieron, me contaron sus planes de fuga. Un grupo de familiares iba a robar un camión. Con cadenas arrancarían las rejas. Montarían una distracción en la puerta principal. A fin de cuentas aquello no era una prisión. Escaparíamos a otro lugar. No tenía nada que perder, me iría con ellos y volvería a ser libre.
Llegó la noche y apagaron las luces. Todos allí se recostaron para dormir. Nosotros hicimos lo mismo manteniendo los ojos bien abiertos. Comenzó a oírse música a lo lejos. Mientras, un ligero ruido de cadenas se acercaba a la ventana. Una gran comparsa llegó hasta la puerta del cuartel. Eran docenas de saltimbanquis, comedores de fuego, equilibristas, payasos... montaron un gran espectáculo lleno de ruido y distracción para facilitarnos la fuga.
El ruido de un camión se acercó a la celda. Cerramos las cadenas sobre los barrotes. Con gran estruendo, la pared salió arrancada de cuajo tras el camión. Sonaron las alarmas, corrimos todos fuera. Oímos los gritos de nuestros carceleros, oímos disparos.
Sentí como un golpe en medio de la espalda y caí al suelo, me habían dado.
Antes de perder el conocimiento pude ver como algunos escapaban a lo lejos. Otros, sangraban sin moverse a mi lado. Sentí como me alguien me agarraba. Alguien caminaba conmigo a cuestas en medio de la oscuridad.
Ahora, cada noche recordamos en las hogueras nuestra gran huída. Reímos y cantamos. De vez en cuando, tenemos que marcharnos a otra parte. Nunca nos soportan demasiado tiempo en un sitio. Si seguimos siendo nómadas se debe tan sólo a eso.
Lo malo es despertar al llegar el día. Abro los ojos y veo mis manos inmóviles sobre mis rodillas. No puedo mover más que los ojos, que aciertan a ver las grandes ruedas de la silla con la que me trasladan de un sitio a otro. Veo una sala de estar y un televisor frente a mí, manchándome de gris sin que pueda hacer nada. Sólo puedo esperar que una enfermera me de de comer, me desvista, me lave y me meta de nuevo en la cama. Es en ese momento cuando cierro los ojos, cuando vuelvo a jugar a las caravanas.
carlos g. torrico
|