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Contubernios líricos 07. Pobreza obliga.

Foto de Krishnamurti

 Jiddu Krishnamurti es considerado como uno de los grandes filósofos de los tiempos modernos, así como religioso sin religión, orador, escritor y educador.

Nació en Madanapalle, al sur de la India, el 12 de mayo de 1895 y murió el 17 de febrero de 1986 en Ojai, California, Estados Unidos de América. Educado por la Sociedad Teosófica, renunció a dicha Sociedad tras el discurso de disolución de la Orden de la Estrella en el que afirmaba:
"La verdad es una tierra sin caminos".

A partir de esta renuncia comenzó su propio camino de difusión de lo que se conoce como sus Enseñanzas. A lo largo de su vida habló en diferentes partes del mundo, tanto en grandes audiencias públicas, como en diálogos personales con científicos, líderes religiosos, políticos, psiquiatras, educadores y gente común de la calle. Entre ellos podemos nombrar a Jawaharlal Nehru, Leopoldo Stokowski, Aldous Huxley, Bernard Shaw, el Dalai Lama, David Bohm, Maurice Wilkins.

A través de las Fundaciones, que él mismo creó, se han publicado más de sesenta libros en donde se expone su amplio mensaje hacia una comprensión total del ser humano. También fundó varias escuelas con el propósito de generar una educación que llevara al estudiante y a los profesores a descubrir el arte de vivir y el verdadero significado de la vida misma.

A la edad de 90 años dio una conferencia en la ONU acerca de la paz y el conocimiento, y recibió la medalla de la paz de la ONU en 1984.

Su biografía relata la profunda experiencia espiritual que a la edad de 27 años transformó por completo la vida de Krishnamurti. A partir de ahí, y como un hombre totalmente libre de ataduras, brinda su saber en la búsqueda de la verdad, despojada de doctrinas y dogmas.

Extractos de El Arte de Vivir. 1963

-“La pobreza es culpa de la sociedad, una sociedad en la que los codiciosos y los astutos prosperan y alcanzan la cúspide.  Y nosotros queremos la misma cosa, también queremos trepar por la escalera y llegar a la parte de arriba.  Y cuando todos queremos llegar arriba, ¿qué sucede?  Pisamos a alguien; y el hombre al que pisan, al que destruyen, pregunta: "¿por qué la vida es tan injusta?  Ustedes lo tienen todo y yo no tengo capacidad, no tengo nada".  En tanto sigamos trepando por la escalera del éxito, siempre existirán el enfermo y el mal alimentado.  Es el deseo de éxito el que tiene que ser comprendido y no por qué hay ricos y pobres o por qué algunos tienen talento y otros no tienen ninguno.  Lo que tiene que cambiar es nuestro deseo de trepar, nuestro deseo de ser grandes, de alcanzar el éxito.  Todos aspiramos al éxito, ¿no es así?  Allí radica la culpa y no en el karma o en alguna otra explicación.  El hecho real es que todos nosotros deseamos estar en la cima; quizá no en la cima misma, pero al menos tan alto en la escalera como seamos capaces de treparla.  En tanto exista este impulso de ser grande, de ser "alguien" en el mundo, vamos a tener al rico y al pobre, al explotador y a los explotados.”

-“Si meramente recuerdan, estarán siempre comparando; la comparación engendra envidia y sobre esa envidia se basa toda nuestra sociedad adquisitiva.  “

-“En el mundo animal tal vez sea natural que el pez grande viva del pequeño.  Es algo que no podemos cambiar.  Pero el ser humano grande no necesita vivir del ser humano pequeño.  Si sabemos cómo utilizar nuestra inteligencia, podemos dejar de vivir uno del otro, no sólo físicamente sino también en el sentido psicológico.  Ver este problema y comprenderlo, lo cual implica tener inteligencia, es dejar de vivir del otro.  Pero casi todos queremos vivir de otros, de modo que nos aprovechamos de alguno que es más débil que nosotros.  La libertad no implica estar libres para hacer lo que nos plazca.  Sólo puede haber verdadera libertad cuando hay inteligencia; y la inteligencia adviene cuando comprendemos la relación, la relación entre tú y yo, la relación entre cada uno de nosotros y alguna otra persona.”

-“¿Saben lo que es la envidia?  Empieza cuando todavía son muy pequeños: se sienten envidiosos de un amiguito que tiene mejor apariencia, que posee cosas mejores o una mejor posición social.  Sienten celos si otro niño u otra niña les supera en la clase, si tiene padres ricos o si pertenece a una familia más distinguida.  Así, la envidia o los celos empiezan a una edad muy temprana y gradualmente adoptan la forma de la competencia. Ustedes quieren hacer algo que les distinga, obtener mejores notas, ser mejores atletas que algún otro compañero, quieren superar a los demás, brillar más que ellos.
A medida que van creciendo, la envidia se vuelve más y más fuerte.  El pobre envidia al rico y el rico envidia al más rico.  Está la envidia de aquéllos que han tenido experiencias y quieren tener más experiencias, y la envidia del escritor que quiere escribir mejor todavía.  El deseo mismo de ser mejor, de convertirse en algo meritorio, de tener más de esto o de aquello, es afán adquisitivo, es el proceso de acumular, de guardar.  Si lo observan, verán que casi todos tenemos el instinto de adquirir, de poseer más y más saris, más ropas, más casas, más propiedades. Y si no es eso, entonces queremos más experiencias, más conocimiento; deseamos sentir que sabemos más que algún otro, que hemos leído mucho más que otro.  Queremos estar más cerca que otros de algún funcionario importante con alta posición en el gobierno, o sentir que espiritualmente, internamente, estamos más evolucionados que los demás. Queremos ser conscientes de que somos humildes, virtuosos, de que podemos explicar cosas que otros no pueden.
Así, cuanto más adquirimos, mayor es nuestra desintegración.  Cuanto más propiedades, más fama, más experiencia, más conocimiento acumulamos, más rápido es nuestro deterioro.  Desde el deseo de ser o de adquirir más, brota la enfermedad universal de los celos, de la envidia. ¿No han observado esto en sí mismos y en las personas adultas que les rodean? ¿No han advertido cómo el maestro desea ser profesor y el profesor desea ser el director? ¿O cómo el propio padre o la madre de ustedes desean más propiedades, mayor reputación?
En la lucha por adquirir nos volvemos crueles.  En la adquisición no hay amor.  El modo adquisitivo de vida es una batalla constante con nuestro prójimo, con la sociedad, batalla en la que hay un permanente temor; pero justificamos todo esto y aceptamos los celos como inevitables.  Pensamos que debemos ser adquisitivos, aunque designemos eso con una palabra que suena mejor: lo llamamos evolución, crecimiento, desarrollo, progreso, y decimos que es algo esencial.”

-“La propia estructura de la mente está edificada sobre la adquisición y la envidia.”

-“¿No deseas comida cuando tienes hambre? ¿No deseas ropas que te abriguen y una casa para albergarte? Éstos son deseos normales, ¿no es así?  La gente sana reconoce naturalmente que necesita ciertas cosas.  Es sólo el hombre enfermo o desequilibrado el que dice: "Yo no necesito comida".  Es una mente extraviada la que necesita tener muchas casas o ninguna casa en absoluto donde vivir.
Tu cuerpo tiene hambre porque estás usando energía y entonces quiere más alimento; eso es normal.  Pero si dices: "Tengo que tener las comidas más sabrosas, tengo que tener solamente la comida que proporcione placer a mi paladar", entonces comienza la perversión.  Todos nosotros -no sólo los ricos sino todos en el mundo- debemos tener comida, ropas y albergue; pero si estas necesidades físicas se limitan, se controlan y se toman accesibles sólo para unos pocos, entonces hay perversión, se pone en marcha un proceso anormal.  Si uno dice: "Debo acumular, debo tenerlo todo para mí", está privando a otros de aquello que es esencial para sus necesidades cotidianas.
Mira, el problema no es sencillo, porque deseamos otras cosas además de las que son esenciales para nuestras necesidades cotidianas.  Puedo satisfacerme con poca comida, unas cuantas ropas y un lugar pequeño donde vivir; pero deseo algo más.  Deseo ser una persona conocida, deseo posición social, poder, prestigio, deseo estar lo más cerca posible de Dios, deseo que mis amigos piensen bien de mí, etc.  Estos deseos internos pervierten los intereses externos de todos los seres humanos.  El problema es un poco difícil, porque el deseo interno de ser el hombre más rico o más poderoso, el impulso de ser alguien depende, para su satisfacción, de la posesión de cosas, incluyendo alimento, ropas y albergue.  Me apoyo en estas cosas a fin de enriquecerme internamente; pero en tanto me encuentre en este estado de dependencia, es imposible que sea rico internamente, porque esto último implica ser totalmente sencillo en lo interno.”

El peligro de la sencillez:
carlos g. torrico

Es curioso que tras tantas décadas de desarrollo industrial buscando el bienestar de todos sea el deterioro del Medio Ambiente el que nos de las claves de cómo paliar el abismo que esa búsqueda ha abierto entre las personas de unos y otros Continentes.
Esa desbocada carrera, que ha arrasado prácticamente con las vidas de unos y otros ha encendido las alarmas de la escasez en el primer mundo. Los recursos comienzan a agotarse y por pura y dura economía es probable que el mundo pueda volverse más justo ahora. Es hora de aprovechar el impulso de la sostenibilidad ecológica  y convertirla en sostenibilidad moral con los más desfavorecidos. Esta sostenibilidad debería rebajar nuestro vacío nivel de bienestar para liberar recursos contra la pobreza. Este camino hacia la sencillez en nuestras modernas vidas pasa desgraciadamente ahora por el grave deterioro del medio ambiente pero debemos aprender de esto y aprovechar la ocasión antes de que sea demasiado tarde. Es posible equilibrar un poco la balanza aceptando menos inútiles comodidades en nuestras casas y ciudades para movilizar recursos que hagan salir adelante a las sociedades más pobres en sus lugares de origen.

La competitividad, la evolución darwiniana, debería ser superada para erradicar la pobreza. El fuerte debe responsabilizarse del débil. Los recursos deben equilibrarse y sólo lo haremos educando desde hoy mismo en la ecología, para llevar una vida un poco más espartana llenando ese vacío con cosas diferentes y con más valor, no con la búsqueda de éxito o de competitividad entre nuestros hijos. La educación es primordial.

¿Es una sociedad capaz de frenar su ambición para que nadie tenga que morir de hambre o enfermedad en el tercer mundo?
¿Podemos al menos empezar a trabajar para disminuir nuestros umbrales de consumo?
¿Qué es realmente necesario en nuestras casas para tener una vida digna?

 

Todo es susceptible de simplificación, de sencillez. Ahí radica el peligro para el mantenimiento de la pobreza. Se nos ha sofisticado demasiado el concepto de comodidad, de necesidad. Tanto que para mantenerla dilapidamos nuestras vidas en un sustituto más efectivo para el control que las antiguas religiones o sistemas de gobierno. El peligro de la sencillez radica en mirar ahora mismo alrededor nuestro, en nuestra casa, aquí, en el primer mundo, y calibrar bien lo necesario. ¿Cuándo lo que hacemos y trabajamos se convierte en un mero afán acumulativo? Al ver lo afortunados que somos al sobrarnos tanto podríamos compartir un excedente que realmente no es nuestro. Que puede cambiar el mundo. Debemos superar la competitividad, la envidia y sobre todo el enorme vacío en el alma que nos lleva a la compulsión en el consumo a falta de todo lo demás.
 
Ante la falta absoluta de otros valores, tras la muerte de religiones, de la política, el consumismo se ha convertido en razón de vida para millones de personas. Ya no se cree, murió la fe. Sus actos se han transformado en el impulso de consumo. Las nuevas catedrales pasaron a ser enormes centros comerciales, con cúpulas y grandes ornamentos. Provistos con todo lo que el humano necesita hoy día. El Arte se ha convertido en publicidad. El mensaje divino no se inscribe en los templos sino en los anuncios donde se practica una nueva alquimia. Somos pequeños generadores de riqueza-pobreza, trabajando como esclavos para disipar inmediatamente lo generado en el impulsivo consumo. Esa es la maldición de nuestro paraíso. Esa es nuestra Gran Depresión. No llegarás a ver aquello que produces, que es tanto que con ello cambiaría el mundo. Al esfumarse nada más llegar perpetúa la maquinaria. Somos pequeños transistores con nuestras nóminas  y tarjetas de crédito. Pequeñas piezas. El más sutil desarrollo de la esclavitud.

            Es verdad que es una responsabilidad reorientar esos recursos rescatados hacia una felicidad no material. ¿Qué hacer con ese tiempo libre sin turnos extras? ¿A qué agarrarse sin el asidero del trabajo-consumo? Es probable que sin ese anestésico aparezca un dolor enorme, una falta de sentido en nuestras vidas. Sin que gire esta rueda infernal de miseria en la que nos movemos nos encontraremos en un mundo sin razón. Se hace necesaria una vuelta al Ser Humano para vencer esta guerra espiritual al consumismo y la pobreza.

Podemos vivir con menos. Podemos sobrevivir con menos. Podemos trabajar menos, disfrutar más de nuestras  vidas con más sencillez. Seremos capaces de tener lo suficiente sin temer poseer nada digno de ser envidiado o robado. Podemos mirar y reconocer de nuevo a quienes viven con nosotros de una manera real, no en la ansiedad y la agitación, ni en la falta de tiempo. Podemos asumir la responsabilidad de cambiar el mundo sin anestesias ni falsos paliativos. Mirando a la pobreza cara a cara, sin sentimientos de culpa. Con recursos suficientes en nuestras manos para equilibrar modos de vida y permitir regenerarse al medio ambiente.

 

Es nuestro propio mundo el que, en su limitación, nos da desgraciadamente la clave. Debemos intentar frenar, simplificar nuestras vidas para tener un futuro. Somos realmente afortunados aquí y podremos seguir siéndolo a pesar de librarnos de lastre inútil, material y subjetivo. Debemos reorientarnos a crear en vez de producir, a servir al Arte, a la espiritualidad o al bienestar de otros. Superar el egoísmo dejando de ser animales evolucionados para ser auténticos seres humanos.