(Maliya / Inquilino Comunista)
Aelio, señor de Mozagarca, sin tierras ni tesoros que ofrecer a
Elisabetta, la pretende desde que la conociera en un baile en el palacio
de Pompougnac. Prendado quedó de las gracias de la dama en cuestión
y desde aquel día envía epístolas a través
de Ternecio, sirviente fiel de Elisabetta.
La oposición por parte de Quenziano de Pompougnac, padre de Elisabetta,
hace imposible que los amantes puedan encontrarse a menudo. Si bien encuentran
sus momentos, siempre antes del amanecer, en bosques aledaños a
palacio...
Oh señor!, mi noble señor. No acuséis
a esta pobre damisela de acallar sus cantos de sirena que naufragan vuestra
galera, pues en sus pretensiones no se haya vileza alguna ni iniquidad
conocida.
Antes de transformarme en calabaza, bien hice, por la aciaga
compañía, en regresar a mis aposentos aquella fría
noche. Es por ello que el día de descanso pude partir lejos de
palacio para atender unos asuntos de despacho.
En espera que la vuelta a sus quehaceres matinales séale
grata, me retiro a mi descanso vespertino. La madrugada me sorprendió
entre tinta y partituras.
Siempre atenta,
Elisabetta de Pompougnac
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Oh Elisabetta!, tú otrora único cisne de mi estanque convertido
ahora en calabaza.
Enloquezco y clamo con ira al cielo.
¿Qué hacer puedo ahora con semejante cucúrbita?
Si ni siquiera el viento me dice si es ¿pepo, moschata o máxima?
¿Y tu futuro antigua reina mora?
Acaso una morada de pepitas amarillas...
Poco importa, tratarlas he como el oro, pues sabe bien usted que sólo
por el dorado fruto me desvivo y mato, y será por un tesoro que
algún día marche oéstero para siempre.
Esta barcaza me hace aguas todos los días, y mis hombres achican,
pero poco queda del esplendor que deslumbró puertos, un brillo
que se hace cada vez más tenue.
El escorbuto, lo presiento.
Rindo ante vos mi pleitesía.
Pues siempre de usted,
Aelio Mozagarca
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Mi señor, manada de lobos me espera sin su compañía.
Debe saber su señoría que yo cual princesa de largas trenzas
en torreón, vigilada por fieros dragones, necesito ser rescatada.
Milord, ¿veré sus ojos pardos pues?
Elisabetta de Pompougnac
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Vicediós que he de temer ante tal manada de
truhanes, si la luz que otrora me cegaba, acompáñame ahora
en mi deambular por los latifundios de Mozagarca. Me requieren los campesinos
para ayudar en las tareas de labranza hasta la puesta de sol. Sin embargo,
cuando las criaturas de la noche comiencen a aullar, será el tiempo
de los ojos pardos.
Tengo un pequeño tesoro musical para usted. Nada de importancia.
Trovadores encerrados en un cuerpo adolescente. Proceden de la Brava Costa.
Sólo has de echar tu trenza Elisabetta, será la señal,
abatiré a los guardias con la ayuda de mis arqueros, y acudiré
raudo y veloz a su llamada...
Aelio Mozagarca
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