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| Dejar restos en un plato y canción de amor. | ||
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Dejar restos en un plato, dejar cosas en el camino y encontrarse los restos, lamerse las heridas en una figura recreativa ungida artificialmente o con pan de pollo. Rollizo el plomo que me como, engendrada la sardina de lata, momificada con acetato, humedecida la parte dulce, repuesta y dispuesta al lametón, sensual y asesina. Sabes lo que pasa, nada que escribir, tan llano como un niño, tan simple y lozano, tan falto de literatura, tan ávido de poder, rozando lo ruin pero sin pisarlo, manteniendo el mínimo, con ganas eso si, pero capitán. Entré, pero antes habíamos llegado, desde una plaza hacia una oscura y larga calle, llena de casas bajas, con el encanto de lo europeo, de la decadencia histórica, apoyados en nuestro pasado, autosuficientes y sobrados, enamorados de nosotros, en un olimpo falso, mallamo Andrés y soy europeo, y recorro la calle junto con una extraña banda, con Raquel mi compañera de trabajo, con Ángela, la mala de cara angelical, con una nigeriana londinense, negra como el azabache, fina y de grande rostro, de dientes blancos; Pier es el músico y lleva su guitarra, a posteriori descubrimos que Antoine, belga de largos pelos, larga altura y naranjas pantalones también los es. Nuestro guía apareció de la sombra, su posición es ambigua, le huele el aliento a cerveza, lleva una gorra y farfulla, dudamos si es simplemente un borracho, va a resultar que no y que sí, que es un borracho y que es el batería del grupo. De Pier dicen que viene de Italia, dos años dando clases de guitarra, ha vuelto y quiere quedarse en Bruselas. Llegamos a una gran puerta flanqueada por dos negros, parece
una casa, pero algo más que eso, al entrar nos sorprende una barbacoa,
una sombrilla y una banda de rastamans que humean, enfrente un edificio
de dos plantas en el que se adivina la sombra de un hombre y un saxofón,
la música es real, nos envuelve los oídos. Es la primera de las sorpresas de la noche, Pier con su guitarra nos enseño del jazz moderno, un negro de gorro rasta y bello rostro, nos dio los sonidos mágicos de su hammond, gorra y largo, batería y timbal, negro 2, un extraño instrumento africano, timbal y cuerda a la vez, sobre un micrófono, con sonido no registrado, nada ancestral, moderno y más. Música por todas parte, música por todas parte. Postre recién llegado de Mozambique, trae consigo su instrumento, un enorme órgano de madera, no se le han olvidado sus palillos y los atiza con fiereza y ritmo, marca a la banda, a la batería y al bajo, trae el ritmo africano y ancestral , asesinando salvajemente cualquier mosquito que se cruza en su camino. Canta canciones, con fuerza, temperalmente, con un carácter de líder arrollador. Todos demasiado encandilados como para irse, aunque en algún momento había que marchar y así llegó, dejándolo con el consuelo, de que cada jueves volvería a ocurrir. ANDROS |