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La fábula del Tarot


En un amanecer tras la noche de San Juan, un muchacho (-) reposaba sentado en una roca. Estaba sólo y pensativo. Había sido expulsado de su pueblo a causa de la locura que le afectaba y que le hacía ver cosas donde no las había en realidad y gritar y violentar con energía entre espasmos que atemorizaban a sus paisanos.
Tenía apoyada en la piedra una vara de peregrino que le había ayudado a llegar hasta allí y un hatillo con un mendrugo de pan, algún fruto y unas piedras con formas curiosas que recogió en su camino.
Había pasado la corta noche al raso junto a un perro vagabundo que le seguía desde que abandonó la aldea. Gracias a su compañía podía sobrellevar el tiempo que duraba su exilio.
Tras desperezarse un poco, el muchacho pensó en el destino que le había traído a aquella comarca. En una ocasión, una mujer le habló de una persona que podría ayudarle a curar su locura, para poder volver así algún día a su casa con su familia sin que le rechazaran.
Aquella persona en cuestión era al parecer un hombre (I) que vivía en la última cabaña de la última aldea sobre la última montaña antes de llegar al fin de la tierra. En su camino, todas las personas conocían historias sobre él y señalaban al muchacho el camino a seguir para encontrarlo.
Después de muchos días caminando, el joven Loco estaba a punto de llegar a ese lugar tan lejano, al que tanto le había costado llegar. Sus pies estaban muy doloridos, y estaba muy delgado por el hambre que había pasado. Aunque en muchos lugares, la gente le había ayudado dándole algo de pan o dejándole dormir en algún lugar a resguardo del frío y de los lobos.
En el lugar en el que se encontraba podía oírse ya el rumor del mar cercano. Al incorporarse, el joven se dio cuenta de que la piedra en la que había descansado estaba rodeada de otras piedras muy grandes. La que estaba tras él tenía tres círculos grandes horadados sobre ella y el joven pensó para sí que quien hubiera hecho esas marcas y traído hasta allí esas piedras habría sido sin duda alguien muy fuerte.

El sol asomaba en el fondo del valle, y al final de él se podían distinguir entre el verde de la hierba, las techumbres de las cabañas de esa aldea tan lejana que estaba buscando. Y se puso en camino. El perro, al verle echar a andar se levantó, ladró y corrió tras él hacia aquel lugar. No tardaron mucho en cruzar el último valle y llegar a la última aldea sobre la última montaña. Allí se plantaron los dos, y llamaron a la puerta de la primera cabaña que encontraron. Una vieja mujer salió y antes de que pudieran hablar levantó su mano señalando la casa que buscaban. Tanto el muchacho como el perro se miraron extrañados ¿cómo podía saber esa mujer a quien buscaban? Los dos pensaron que estaría acostumbrada a señalar ese camino.

La cabaña donde vivía aquel que buscaban era diferente a las demás. Había un extraño símbolo en la puerta hecho de hierro que servía para llamar, pero tras hacerlo un par de veces nadie contestó, no estaba en casa. De modo que decidieron esperarlo en la misma puerta. Ambos se sentaron y tras un rato se durmieron del cansancio.
Un tiempo después, el joven notó que le tocaban el hombro. Cuando abrió los ojos vio ante sí a un hombre con un extraño sombrero en la cabeza. Era rubio y con el pelo rizado y en su barbilla tenía un hoyuelo. El hombre, que era joven, les preguntó que hacían allí. El perro le contestó con un ladrido amistoso y el chico le dijo que buscaban a un Mago(I) que vivía en esa casa. El hombre joven les contestó sonriendo que esa era su casa. Y les invitó a entrar.

Un caldero humeando en la lumbre cociendo algo de un olor desagradable, figuras de animales raros hechos con madera en los estantes. Escritos enrollados y apilados por todas partes. Y una mesa llena de extraños artilugios. Al chico comenzó a extrañarle que ese hombre no fuera un mago realmente y que no fuera capaz de ayudarle.
Tras comer un poco y beber un poco de vino, el hombre preguntó las razones de tan larga marcha. Y el muchacho le dio su respuesta. La contestación de este fue que era muy posible que encontraran la respuesta allí mismo. El hombre señaló la pequeña mesa al fondo de la cabaña. Una mesa muy vieja, con sólo tres patas y llena de cosas desordenadas. Había unos cubiletes de madera, había tres dados, unas canicas de colores, un cuchillo viejo, un brazalete con forma de culebra enroscada y una pequeña vara de madera. A su lado, una bolsa de cuero abierta con algo dentro seguramente.

El mago, el chico y el perro se acercaron. El mago se colocó tras la mesa y cogió la varita mirando a sus espectadores. Les contó que esa vara le permitía encontrar agua cuando los aldeanos le venían a pedir ayuda con la sequía en sus cosechas. La dejó de nuevo en la mesa y volcó la bolsa. De ella salieron un montón de piezas de madera con una letra cada una. No eran letras que el muchacho conociera, sino de una lengua antigua. En vez de colocarlas, el mago las dejó tal cual sobre la mesa; unas sobre otras, unas del derecho, otras del revés y dos que habían caído al suelo. El mago señaló el montoncito y dijo que la respuesta estaba en una torre. Alrededor había piezas sueltas y el mago dijo que no sería fácil saltar entre ellas para llegar a esa torre. De repente, el joven señaló las piezas en el suelo una junto a otra, miró al hombre y le dijo que esas dos eran un mago y un loco y que tendría que acompañarle. El hombre le sonrió y le dijo que sí, que eso ordenaban las runas, que era como se llamaban esas piezas de madera. En ese mismo momento ambos decidieron partir tierra adentro hacia la llamada Torre de la Media Luna, que se encontraba tan lejos que en su tierra reinaban otros reyes. En esa torre, contó el mago, estaban ocultos los escritos más antiguos que enseñaban todo lo que se quisiera saber, cualquier cosa, y que estaban a cuidado de unos viejos monjes que no dejaban que nadie los viera. Si conseguían llegar y convencían a esos monjes el chico conseguiría encontrar un remedio a sus visiones y ataques de cólera y poder así volver con su familia. Pero antes de partir el mago quiso enseñar algo al muchacho. Lo prepararon todo y se fueron a ver el mar.

Subieron los tres: hombre, joven y perro, a un acantilado cercano a la aldea. Y allí el joven quedó maravillado al ver el mar tan inmenso. Una parte era azul y la otra brillaba por que el sol estaba a punto de tocarlo. Estaban en el fin de la tierra y el sol estaba a punto de caer en el agua. Se sentaron en unas piedras y estuvieron viendo como desaparecía el sol. Los tres pudieron oír como se apagaba al entrar en el agua. El chico se dio cuenta de que volvía a estar rodeado de extrañas piedras y escuchó al mago hablar unos momentos en una lengua que no conocía. Después comió de una planta que fue a buscar a un bosque cercano. Cuando el muchacho le pidió que le dejara probarla a él también éste le dijo que no, que era algo que el no necesitaba y que comiendo esa planta ahora serían los dos iguales, verían las mismas cosas.
El mago le contó que durante esa noche nadie podría verles. Y se lo demostró cuando al empezar su camino, pasaron por la aldea sin que nadie con el que se cruzaran les saludara ni dijera nada, eran invisibles. Habían empezado los tres su camino en plena noche. Una noche en la que se podía andar, porque la luna estaba llena y junto a las estrellas podía distinguirse el camino sin problemas.

A pesar de ser cortas esas noches, antes del amanecer decidieron parar en una posada para descansar un poco. Al día siguiente pasarían por la ciudad a conseguir algunas cosas que necesitaban. La posada era una vieja casa muy grande junto al camino, y a pesar de ser plena noche, se escuchaban voces dentro. Al asomarse al patio de la casa, los tres caminantes vieron a dos mujeres discutiendo a gritos. Eran dos hermanas, hijas del dueño de la posada y discutían porque unos bandidos habían venido a robar en la noche, aprovechando que el padre y los hermanos se encontraban en la ciudad. En ese momento todos se juntaron en el patio por que la madre, que estaba durmiendo, se había despertado con las voces y bajaba a poner un poco de paz. Aunque las tres enmudecieron de miedo al ver las figuras de los tres caminantes, Mago, Loco y perro en la penumbra de la puerta, por lo que corrieron a por palos pensando que volvían los bandidos.
Sólo tras propinar algún palo en las costillas a los pobres peregrinos, las asustadas mujeres no se dieron cuenta de que estaban equivocadas y se apresuraron a disculparse, invitándoles a recuperarse del camino y la paliza en su posada.

Llovía suavemente cuando los tres despertaron. Estaban algo doloridos, les dolían las piernas de tanto andar y las espaldas de los golpes. Se asustaron al abrir los ojos y ver a las tres mujeres sonrientes bajo la puerta con bandejas con el desayuno. Esas sonrientes mujeres habían intentado matarlos esa misma noche, eso sí, debido a una confusión. Leche, pan con aceite, manteca y algo de embutido, un desayuno propio de reyes sin duda que no se esperaban. Para el perro hubo un cuenco con leche y pan porque también se llevó alguna de refilón. Sentados en una mesa pudieron conocerse mejor todos y explicar los hechos.
Las hermanas eran muy guapas y la madre podía sentirse orgullosa de conservarse también en buen estado. El caso es que no se parecían mucho porque si la más joven no paraba de hablar agitando sus rubios rizos, la mayor permanecía casi siempre escuchando soltando siempre la frase adecuada en el momento adecuado.
Si la joven era de una belleza exuberante y lozana, la mayor siendo morena y también hermosa, tenía en su mirada la sabiduría que da la lectura y la experiencia en la vida.
Podría decirse que si bien una se asemejaba a una atractiva, inteligente y madura Papisa (II), la otra parecía una bella y enérgica Emperatriz (III).
El caso es que tanto el joven Loco como el maduro Mago estaban embobados escuchándolas. A todo esto el perro había salido a buscarse una perra que le hiciera caso viendo que sus compañeros hacían lo propio con las hermanas. Sin embargo sólo pudo encontrar una arisca gata que intentó arañarlo.
Las chicas les contaron que su padre y hermanos llegarían esa mañana para comer y querían que se quedaran un día más ya que iban a hacer una gran fiesta con las provisiones que trajeran. Así se informarían de lo último acaecido en la ciudad antes de llegar. Ellas mismas les acompañarían, ya que hacía meses que no iban a comprarse ropa y afeites. Y no pudieron ocultar en sus miradas y sonrisas que ambos peregrinos empezaban a gustarles también.

Mientras hablaban animosamente en la sobremesa, empezó a oírse un tumulto en la lejanía, una algazara cada vez más estridente. Todos salieron al balcón para ver que pasaba, incluso el curioso perro, y pudieron ver como una grupo de gente se acercaba saltando y bailando al compás de música. Eran los hermanos y el padre que volvían con mercancías tras una semana en la ciudad.
Al frente de la caravana un enorme carro tirado por bueyes con el padre sentado con cara de resignación. Iba muy bien vestido, con un gorro amarillo y un gran collar al cuello. De no ser por su carro de bueyes tan humilde habría sido tomado por un Rey (IIII) trasladando toda su corte. Pululando a su alrededor, los siete hermanos dando saltos y volteretas, cantando y bailando unos o algún otro tocando instrumentos. Llevaban de compañía toda suerte de amigos y amigas incluso niños que les habían seguido desde la ciudad.
Cuando iban a por provisiones, los hermanos dejaban el duro trabajo del campo y la posada por una semana haciendo espectáculos para ganar algo de dinero y divertirse.
Cada vez que llegaban a la ciudad o pasaban de camino por alguna aldea, la gente salía a divertirse con ellos y con sus bromas, con su música, historias, malabares...
Hacían tantas cosas que las gentes los llamaban los artistas o los funámbulos; ¡ya vienen los funámbulos!, gritaban.
El Loco y el Mago estaban asombrados, a ambos les parecía que aquellos funámbulos flotaran en el aire con sus saltos e hicieran estremecerse a los árboles con su música.
Antes de que pudieran darse cuenta, las hermanas habían salido corriendo escaleras abajo para salir en busca de sus hermanos y su padre el Rey. Corriendo tras ellas, los peregrinos se encontraron pronto en medio de la fiesta ambulante.

Tras la llegada comenzaron los preparativos del baile de esa noche. Los hermanos se pusieron manos a la obra. Prepararon una pila de madera para la hoguera, montaron un escenario en el gran patio de la posada para las actuaciones y prepararon junto con sus hermanas la comida y las bebidas necesarias para disfrutar de la fiesta. Los peregrinos ayudaron en lo que pudieron y sufrieron algunas trastadas de los funámbulos que eran muy bromistas. Al Loco le tiraron vestido a un pilón y al Mago casi le queman el sombrero, pero todos se lo pasaron muy bien con los preparativos.
Todo quedó en calma durante la tarde hasta que empezó a oscurecer. Se levantó una suave brisa que hizo que no hiciera tanto calor. Los hermanos habían estado descansando del viaje y los trabajos. Comenzaron a despertarse poco a poco para practicar piruetas, escribir o recitar textos olvidados.
De toda la gente que les había acompañado, unos quedaron en el porche descansando y esperando la noche, y otros prometieron volver cuando anocheciera y comenzara la fiesta.

El Mago y la Papisa, que sabían bien el origen de la fiesta, acudieron al bosque a encontrar remedios para curar a quienes se encontraran mal y poder así disfrutar toda la noche de la fiesta. Por su parte el Loco había empezado a aprender algunas habilidades de los funámbulos como los malabares y recibió su primer beso furtivo de parte de su nueva amiga la Emperatriz.
Por fin el sol desapareció del todo y la gente comenzó a acercarse a la posada para la fiesta. Todos iban de blanco. Los chicos con fajines de colores y las chicas con vestidos largos y flores en el pelo. Todos se acercaron a las mesas del comedor donde los padres habían preparado la comida y la bebida para esa noche. Allí empezaron ya los cánticos, las bromas y los chistes.
Luego pasaron todos al patio, donde la Papisa y el Mago les esperaban para comenzar las funciones de esa noche. Tras hablar de nuevo en una lengua que no conocían muchos comenzó el espectáculo más impresionante que jamás había visto nadie.
Los hermanos funámbulos se emplearon a fondo. Comenzaron a representar una obra de teatro en la que los personajes iban vestidos de vivos colores y mientras hablaban y recitaban hacían malabares, piruetas y trucos de magia. Incluso el Mago se subió a colaborar haciendo desaparecer un jarrón sin que nadie fuera capaz de saber como.
El Loco pasó varias veces dando volteretas por el escenario y haciendo malabares. Las chicas cantaron antiguas canciones en un coro junto con otras jóvenes.
Y mientras tanto, las gentes miraban estupefactas el espectáculo que les asombraba cada vez más. Cantaban y participaban. De pie o sentados en el suelo. Mientras tanto no paraba de llegar gente a la posada para ver lo que pasaba en aquel patio.
Cuando terminó la obra todo el mundo aplaudía muy fuerte, silbando y riendo. Fue en ese momento cuando los actores se quedaron mudos y serios en el escenario. Todo el mundo se calló de repente.
Se escuchó un estruendo afuera y todo el mundo salió a ver que era. Allí estaba el Rey con una antorcha en la mano y alrededor de él chispas y estruendo. Los funámbulos habían mandado traer desde el lejano oriente fuegos artificiales para la fiesta. Alumbrados por las figuras resplandecientes, todos permanecían con la boca abierta y no volvieron a bailar hasta que los músicos sacaron los instrumentos al aire libre y empezaron a tocar.
Se encendió entonces la hoguera y comenzaron todos a bailar alrededor. Daban vueltas
cogidos de las manos y siguieron así toda la noche.

La mañana siguiente estaba todo el mundo dormido por el suelo. Todos con resaca de la fiesta y el vino que habían tomado. Unos por allí y otros por allá. El Loco y la Emperatriz estaban tumbados en el escenario del patio cogidos de la mano. La Papisa y el Mago habían ido a ver amanecer.
El estar despiertos y alejados del lugar les sirvió para ver la hueste que se acercaba a la posada donde todos descansaban de la gran fiesta.
Decenas de jinetes armados se acercaban rápidamente. A pesar de que echaron a correr para avisar no pudieron llegar antes que ellos. Sería demasiado tarde por que al llegar exhaustos de tanto correr vieron como arrestaban a todos los hermanos, a todos los funámbulos, a los padres, hermana y Loco incluidos y después a ellos mismos. A todos aquellos que se consideraran responsables de la fiesta, cuya fama había llegado a oídos del Papa(V), que mandaba a su guardia para llevarlos a su residencia veraniega no muy distante de allí. Serían acusados de paganismo, de no seguir rigurosamente las normas de la religión.
Los acusados, cansados y asustados viajaban en unos carruajes mugrientos e incómodos. Se preguntaban los unos a los otros como era posible que alguien les hubiera delatado. Quizá la envidia de algún vecino malvado de la comarca que no quería sino hacer daño a aquellos que se divertían. El caso es que pronto lo sabrían, dado que se acercaban cada vez más a la residencia veraniega del Papa.
Ésta era una majestuosa villa cercana a una montaña, con una finca alrededor enorme custodiada por la guardia suiza, que se asaba de calor debajo de esos incómodos uniformes naranjas. La procesión rodeó un pequeño lago entre cipreses hasta parar en la parte trasera de un rico palacete, en las caballerizas, para ser exactos. Allí les esperaba el camarlengo, un secretario del Papa que les llevó hasta él.
Recorrieron metros y metros de pasillos enormes profusamente decorados con grandes cuadros y ricos tapices. Al final del más largo de los corredores había una puerta negra con un guardia armado a cada lado que se retiraron abriéndola para dejar pasar la comitiva.
Allá en el fondo de una gran sala llena de gente se hallaba el Papa sentado en un gran trono. Con su gran mitra en la cabeza y un enorme bastón terminado en cruz en su mano izquierda. Tenía una barba azul y un gran ceño fruncido con preocupación.
Era sin duda un hombre sabio de apariencia terrible y amable a la vez. El Mago se dio cuenta de esto he intentó convencerle para que los soltaran. Se colocó al lado del rey y juntos avanzaron hasta él poniéndose de rodillas. Entonces él levantó la mano y los bendijo. El Mago le explicó cómo la fiesta no era sino una celebración por el inicio de la cosecha de un duro invierno de penurias y trabajos y cómo el teatro y el baile no era sino una forma de permanecer unidos y más felices. El Rey por su parte había tenido la inteligente idea de mandar tras ellos los carruajes con un adelanto del impuesto que debía pagar cada año, una décima parte de la cosecha. El Papa, complacido, pasó por alto el incidente y les permitió marchar. Les advirtió que no se limitaran en próximas celebraciones a su comarca, sino que intentaran llevar su arte del que tan bien le habían hablado a otras zonas para que tuvieran la oportunidad de conocerlo en vez de criticarlo y acusarlo. El rey, muy contento así se lo prometió y el obsequió con una demostración funambulesca de malabares y piruetas de los maltrechos hermanos, que aun así pudieron dar la talla y complacer al Papa.

Pero aun quedaba algo por pasar en ese día tan especial que había empezado de una manera tan inquietante. Al fondo de la sala, dos parejas de enamorados pidieron la palabra. El Papa no acertaba a verlos bien entre tanta gente. Sólo acertaba a ver, mientras los demás se apartaban, seis figuras que reclamaban su atención. Por sus vestimentas habría jurado que se trataban de un Loco, un Mago, una Papisa, una Emperatriz, una mujer mayor...y un perro.
Habiendo descartado al perro por su especie y a la mujer mayor por su edad entendió que eran los jóvenes quienes querían casarse. Se acercaron al anciano para que les bendijera. Allí estaba la madre de las hermanas junto a sus hijas y ambos pretendientes (VI). Cogidos de las manos, vestidos de blanco y adornados con flores. Se acordó que se casarían antes del equinoccio de otoño, después de encontrar los remedios de la Torre de la Media Luna.
Los funámbulos se alegraron por ello y se comprometieron a preparar una boda memorable. Su alegre desvarío les hizo olvidar su cansancio y entretuvieron a los presentes hasta casi el anochecer.
Y así fue como acabó aquel día tan extraño, que había comenzado con tanto miedo y había terminado tan bien. Volvieron todos montados en los carros con el del Rey a la cabeza (VII). Tirado por dos caballos pintados de azul, el carro del Rey avanzaba lentamente pero seguro. El padre estaba muy contento porque sus hijas habían encontrado con quien estar. Eso le llevó a pensar en si los hermanos funámbulos encontrarían también con quien sentar esas locas cabezas. Llegó a la conclusión de que no sería así en mucho tiempo cuando dos de ellos se subieron a arrear los caballos del carro y otro casi le chamusca el sombrero al escupir fuego cerca de él.

La posada permanecía en silencio a la mañana siguiente. Todos descansaban. Sólo había una persona despierta. La madre de las hermanas preparaba un almuerzo. Había decidido reunir a toda la familia para contarles algo. Y los fue reuniendo a todos según se levantaban y comían algo. A la mesa estaban ya el Rey y las dos parejas. Mientras tanto, la madre, casi furiosa, sacaba de la cama al resto de hermanos que remoloneaban. Más de uno acabo en el suelo por perezoso. Al cabo de un rato estaban todos. Presidiendo la mesa estaba la madre (VIII), que se había puesto un hermoso vestido para dictar sentencia aquella mañana. Habló de la futura boda, de cómo todos debían dedicarse a los preparativos para convertirla en algo memorable. Tan bien habló de quienes tendrían que marchar para terminar lo que habían comenzado. De modo que ordenó que el Loco y el Mago siguieran camino hasta encontrar aquella torre de la que hablaban y curar sus males. Les advirtió de que después de hacerlo tendrían que volver para la boda si no querían tener problemas con ella. La mirada fue suficiente para infundir temor a los peregrinos. No obstante la espada que alzaba en su mano también ayudaba. Ambos tragaron saliva y decidieron partir esa misma tarde.

En la puerta de la posada se despidieron las dos parejas. El Loco decidió que el perro se quedara con ellas. A el no le hizo ninguna gracia esto, prefería irse en busca de aventuras. Fue en ese momento cuando una preciosa perra apareció a lo lejos en un camino. Nada más verla decidió que sería mejor quedarse para conocerla.
Y así echaron a andar los peregrinos. Tal y como habían hecho unos días atrás. Los caminos eran ya mejores porque la ciudad estaba cerca.

Era una calurosa noche de verano. Un poco oscura, por que no había luna y las estrellas no daban suficiente luz. Los peregrinos iban tanteando el camino para no perderse, aunque no había peligro de esto siempre que permanecieran en él.
Se dieron cuenta, en un determinado momento de que había una luz a lo lejos. Al principio habían pensado que era una luciérnaga en una de las orillas del camino. Luego, al acercarse más y al ser esta más brillante, pensaron en una estrella baja en el horizonte. Sin embargo no fue hasta estar cada vez más cerca que pudieron distinguir una figura humana según se acercaban a la luz. Poco a poco, los peregrinos distinguieron una figura humana tras un pequeño farol. Cuando llegaron por fin al lugar vieron que se trataba de un viejo Ermitaño (VIIII) que esperaba junto a un carro accidentado. Es posible que el carro volcara al entrar una de sus ruedas en una de las rodaderas. El caso es que el carro estaba panza arriba y junto a una de sus ruedas estaba el viejo Ermitaño como alumbrando el camino tras él, quien sabe si para pedir ayuda o para alumbrar a los caminantes. Sujetaba el pequeño farol con la mano derecha, mientras que con la izquierda se apoyaba gracias a un curvado bastón. Tenía una larga barba y estaba vestido con pesados ropajes que le protegían del frío. Tras explicarles cómo volcó salvando su vida de milagro y cómo escapó la mula que tiraba de él dejándole sólo, el viejo les contó algunas cosas que conocía de la Torre a la que se dirigían. Él mismo había sido en su tiempo guardián de la preciada biblioteca de la Torre de la Media Luna. Les contó cómo llegar una vez habrían pasado los límites de la ciudad. Encontrándose ya al final de su vida, decidió ayudar a los dos amigos contándoles el secreto de cómo entrar en ella. Si bien es cierto que antaño había sido una fortaleza para defender las tierras del reino, ahora servía para guardar aquello que muchos buscaban. El tesoro era custodiado por unos monjes guerreros, los llamados Templarios, a los que él mismo había pertenecido antes de convertirse en asceta, dejar todo lo material y vivir en una gruta de la montaña sagrada de Xálima. Los monjes vivían en una de las primeras plantas, encontrándose los tesoros arriba, bajo los tejados. Como toda buena fortaleza, la Torre de la Media Luna poseía fuertes defensas y altos muros, pero también una ruta de escape secreta para escapar o buscar alimentos en caso de asedio. El Ermitaño les contó dónde se encontraba la entrada a un túnel que partía bajo dos árboles de un bosque cercano y llegaba a los aposentos de los monjes guerreros. Debían llegar de noche y una vez dentro andar con cuidado de no despertarlos y subir rápidamente a por los tesoros. Loco y Mago escuchaban sorprendidos al Ermitaño y se alegraban de su suerte al haberse encontrado con él. Se habían sentado los tres para hablar. El viejo frente a ellos estaba junto a la rueda del carro volcado. La suave brisa de la noche hacía girar un poco la rueda de cuando en cuando mientras el monje seguía con la historia. Preocupado por sus males, el joven Loco preguntó sobre la naturaleza de los tesoros de la Torre y en qué podrían ayudarle a él unos libros si su enfermedad era el baile de San Vito, con ataques que le hacían caer al suelo con espasmos aparte de las alucinaciones. No tenía claro si no sería mejor un exorcismo que le sacara ese mal de dentro o una potente pócima que lo liberara. Eso era algo que su amigo el Mago no había sabido explicarle.
Cuando oyó las preocupaciones del muchacho, así como los síntomas del mal que padecía, el Ermitaño quedó serio, frunció su arrugada frente y comenzó a contar más cosas sobre los secretos de la Torre.
Describió la sala más alta, coronada por una almena que servía antaño para lanzar piedras y flechas contra los guerreros que querían conquistarla. Esa sala había sido cerrada y sólo una gruesa puerta daba paso a la valiosa biblioteca. ¿Y qué era lo que contenía?¿Solamente libros y papeles? Se preguntaba el Loco.
El Ermitaño le respondió. Los tesoros de aquella sala superaban en valía a todos los tesoros de todos los reinos de todos los países, y que todos sus reyes entregarían gustosos a cambio de cualquier cosa que se encontrara en la misteriosa sala.
No sólo había libros, sino también objetos mágicos que servían para ver de cerca las estrellas o un tablero del juego de la Oca donde las fichas se mueven solas, extrañas máquinas que escriben solas en el papel, o una caja de la que sale música sin que nadie la toque.
Uno de los objetos más preciados era la mesa de un antiguo rey llamado Salomón. Dicha mesa era realmente un espejo en el que se podía ver el futuro y desde el que se podía ver lo que pasaba en cualquier lugar del mundo donde hubiera otro espejo mirando. Así podría comunicar con cualquier persona que se mirara en cualquier espejo, o también espiar a todo el mundo si quien lo usaba no era una persona buena y justa. Es por esto por lo que esos objetos estaban a buen recaudo.
Pero ...¿y los libros?
Los libros eran más maravillosos aún. Todos eran de conocimiento antiquísimo. Algunos no eran exactamente libros, sino que habían sido escritos en papiros enrollados y eran esos los más viejos y mágicos. Los papiros habían sido traídos de un país lejano llamado Egipto, de donde habían sido sacados de las grandes pirámides por astutos ladrones que los vendieron después a reyes ambiciosos.
Los libros de pergamino, que eran de aspecto normal estaban casi todos nuevos, recién escritos y traídos de todos los monasterios. Había cientos de ellos y cada uno valía para algo. Unos había que leerlos para aprender, pero había otros que se leían con sólo abrirlos pasando de repente a la cabeza, sabiendo todo lo que contenían en un instante. Así que cualquier persona que entrara allí podría volverse sabia en menos de lo que canta un gallo abriéndolos todos.
Había libros de Historia, de Arte, de Arquitectura, de Magia, de Medicina...
Fue entonces cuando el Ermitaño les reveló el título del libro que debían encontrar para curar al joven loco. Al parecer, dicho libro curaba cualquier enfermedad que no estuviera causada por heridas con sólo abrirlo por el capítulo correspondiente a la enfermedad que se tuviera. El viejo recordó que había un capítulo para las enfermedades del alma que podría ayudar al Loco.
Los peregrinos se miraron sonrientes y se abrazaron de alegría, el Mago tenía razón, allí encontrarían el remedio para la locura y para poder volver a ver a su familia.
El Loco estaba doblemente contento, ya que pensó en su Emperatriz esperándole en la posada. Podría vivir con ella sin sufrir por su enfermedad.
El Mago por su parte pensó en aprender todo lo posible para compartirlo con la Papisa. Si la subida a la Torre se hacía sin problemas, quizá podría llevarla en otra ocasión.
El Ermitaño permanecía callado, pensativo. Había iluminado a aquellos muchachos y se encontraba preso del camino debido al accidente que no le dejaba avanzar. De modo que decidió hacer allí mismo lo que tenia pensado para finalizar su último viaje: desaparecer para siempre de este mundo. Había aprendido mucho durante largos años, había ayudado a muchas personas. Pero su cuerpo estaba muy viejo y estaba decidido a prescindir de él. Se despidió de los muchachos y les deseó suerte. Allí mismo cruzó sus piernas y, sentado, se cubrió los hombros con su gruesa capa y su cabeza con una oscura capucha. A la tenue luz del farol, solo eran visibles la nariz y la barba.
Los peregrinos estaban un poco asustados, iban a presenciar algo realmente asombroso, algo que no se aprendería ni leyendo todos los libros del mundo, algo que sólo un gran maestro puede hacer. Respiró hondo y comenzó a emitir un sonido grave con su garganta. Era tan grave que todo lo que había a su alrededor comenzó a vibrar suavemente. El suelo se movía y el viento comenzó a soplar. Las viejas maderas del carro a su lado comenzaron a crujir levemente. Fue en ese momento en el que el Ermitaño sacó su mano izquierda de debajo de su capa. Era una mano que se había vuelto azul de repente por el trance. Los peregrinos, asustados, ya no veían nada bajo la capucha. La mano se alzó hasta agarrar la Rueda(X) del carro que tenía al lado. Con un movimiento brusco, hizo que girara con fuerza, empezó a rechinar girando rápidamente sobre sí misma.
Fue en ese momento cuando el Loco vio una visión. Sobre la rueda corrían tres extraños animales. Creyó ver en ellos la causa por la que no paraba de girar. Uno que parecía un conejo trataba de subir. Otro permanecía quieto en lo alto. Y otro pugnaba por no caer de la rueda. El Loco se asustó mucho al ver esto y hubiera seguido mirando a no ser por el grito que emitió su compañero el Mago al ver que donde estaba sentado el Ermitaño sólo quedaban sus ropas. Nada más. El farol se había apagado y permanecía junto a los trapos. Los seres de la rueda habían desaparecido y ésta se había parado. El anciano no estaba ya con ellos. Se había ido.
A todo esto y de puro susto, los peregrinos habían retrocedido arrastrándose. Cuando se dieron cuenta vieron que el carro estaba más alejado. Comenzaron a reír nerviosamente sin entender muy bien lo que había pasado. Algo había cambiado en la noche. La brisa fresca se mantuvo hasta el amanecer de un nuevo día y tras un ligero sueño, cuando comenzó a calentar de nuevo el sol, ambos colocaron unas flores al borde del camino, bajo la rueda del carro. Dieron gracias y partieron hacia la ciudad.

Carlos G. Torrico