En un amanecer tras la noche de San Juan, un muchacho (-) reposaba sentado
en una roca. Estaba sólo y pensativo. Había sido expulsado
de su pueblo a causa de la locura que le afectaba y que le hacía
ver cosas donde no las había en realidad y gritar y violentar
con energía entre espasmos que atemorizaban a sus paisanos.
Tenía apoyada en la piedra una vara de peregrino que le había
ayudado a llegar hasta allí y un hatillo con un mendrugo de pan,
algún fruto y unas piedras con formas curiosas que recogió
en su camino.
Había pasado la corta noche al raso junto a un perro vagabundo
que le seguía desde que abandonó la aldea. Gracias a su
compañía podía sobrellevar el tiempo que duraba
su exilio.
Tras desperezarse un poco, el muchacho pensó en el destino que
le había traído a aquella comarca. En una ocasión,
una mujer le habló de una persona que podría ayudarle
a curar su locura, para poder volver así algún día
a su casa con su familia sin que le rechazaran.
Aquella persona en cuestión era al parecer un hombre (I) que
vivía en la última cabaña de la última aldea
sobre la última montaña antes de llegar al fin de la tierra.
En su camino, todas las personas conocían historias sobre él
y señalaban al muchacho el camino a seguir para encontrarlo.
Después de muchos días caminando, el joven Loco estaba
a punto de llegar a ese lugar tan lejano, al que tanto le había
costado llegar. Sus pies estaban muy doloridos, y estaba muy delgado
por el hambre que había pasado. Aunque en muchos lugares, la
gente le había ayudado dándole algo de pan o dejándole
dormir en algún lugar a resguardo del frío y de los lobos.
En el lugar en el que se encontraba podía oírse ya el
rumor del mar cercano. Al incorporarse, el joven se dio cuenta de que
la piedra en la que había descansado estaba rodeada de otras
piedras muy grandes. La que estaba tras él tenía tres
círculos grandes horadados sobre ella y el joven pensó
para sí que quien hubiera hecho esas marcas y traído hasta
allí esas piedras habría sido sin duda alguien muy fuerte.
El sol asomaba en el fondo del valle,
y al final de él se podían distinguir entre el verde de
la hierba, las techumbres de las cabañas de esa aldea tan lejana
que estaba buscando. Y se puso en camino. El perro, al verle echar a
andar se levantó, ladró y corrió tras él
hacia aquel lugar. No tardaron mucho en cruzar el último valle
y llegar a la última aldea sobre la última montaña.
Allí se plantaron los dos, y llamaron a la puerta de la primera
cabaña que encontraron. Una vieja mujer salió y antes
de que pudieran hablar levantó su mano señalando la casa
que buscaban. Tanto el muchacho como el perro se miraron extrañados
¿cómo podía saber esa mujer a quien buscaban? Los
dos pensaron que estaría acostumbrada a señalar ese camino.
La cabaña donde vivía aquel
que buscaban era diferente a las demás. Había un extraño
símbolo en la puerta hecho de hierro que servía para llamar,
pero tras hacerlo un par de veces nadie contestó, no estaba en
casa. De modo que decidieron esperarlo en la misma puerta. Ambos se
sentaron y tras un rato se durmieron del cansancio.
Un tiempo después, el joven notó que le tocaban el hombro.
Cuando abrió los ojos vio ante sí a un hombre con un extraño
sombrero en la cabeza. Era rubio y con el pelo rizado y en su barbilla
tenía un hoyuelo. El hombre, que era joven, les preguntó
que hacían allí. El perro le contestó con un ladrido
amistoso y el chico le dijo que buscaban a un Mago(I) que vivía
en esa casa. El hombre joven les contestó sonriendo que esa era
su casa. Y les invitó a entrar.
Un caldero humeando en la lumbre cociendo
algo de un olor desagradable, figuras de animales raros hechos con madera
en los estantes. Escritos enrollados y apilados por todas partes. Y
una mesa llena de extraños artilugios. Al chico comenzó
a extrañarle que ese hombre no fuera un mago realmente y que
no fuera capaz de ayudarle.
Tras comer un poco y beber un poco de vino, el hombre preguntó
las razones de tan larga marcha. Y el muchacho le dio su respuesta.
La contestación de este fue que era muy posible que encontraran
la respuesta allí mismo. El hombre señaló la pequeña
mesa al fondo de la cabaña. Una mesa muy vieja, con sólo
tres patas y llena de cosas desordenadas. Había unos cubiletes
de madera, había tres dados, unas canicas de colores, un cuchillo
viejo, un brazalete con forma de culebra enroscada y una pequeña
vara de madera. A su lado, una bolsa de cuero abierta con algo dentro
seguramente.
El mago, el chico y el perro se acercaron.
El mago se colocó tras la mesa y cogió la varita mirando
a sus espectadores. Les contó que esa vara le permitía
encontrar agua cuando los aldeanos le venían a pedir ayuda con
la sequía en sus cosechas. La dejó de nuevo en la mesa
y volcó la bolsa. De ella salieron un montón de piezas
de madera con una letra cada una. No eran letras que el muchacho conociera,
sino de una lengua antigua. En vez de colocarlas, el mago las dejó
tal cual sobre la mesa; unas sobre otras, unas del derecho, otras del
revés y dos que habían caído al suelo. El mago
señaló el montoncito y dijo que la respuesta estaba en
una torre. Alrededor había piezas sueltas y el mago dijo que
no sería fácil saltar entre ellas para llegar a esa torre.
De repente, el joven señaló las piezas en el suelo una
junto a otra, miró al hombre y le dijo que esas dos eran un mago
y un loco y que tendría que acompañarle. El hombre le
sonrió y le dijo que sí, que eso ordenaban las runas,
que era como se llamaban esas piezas de madera. En ese mismo momento
ambos decidieron partir tierra adentro hacia la llamada Torre de la
Media Luna, que se encontraba tan lejos que en su tierra reinaban otros
reyes. En esa torre, contó el mago, estaban ocultos los escritos
más antiguos que enseñaban todo lo que se quisiera saber,
cualquier cosa, y que estaban a cuidado de unos viejos monjes que no
dejaban que nadie los viera. Si conseguían llegar y convencían
a esos monjes el chico conseguiría encontrar un remedio a sus
visiones y ataques de cólera y poder así volver con su
familia. Pero antes de partir el mago quiso enseñar algo al muchacho.
Lo prepararon todo y se fueron a ver el mar.
Subieron los tres: hombre, joven y perro,
a un acantilado cercano a la aldea. Y allí el joven quedó
maravillado al ver el mar tan inmenso. Una parte era azul y la otra
brillaba por que el sol estaba a punto de tocarlo. Estaban en el fin
de la tierra y el sol estaba a punto de caer en el agua. Se sentaron
en unas piedras y estuvieron viendo como desaparecía el sol.
Los tres pudieron oír como se apagaba al entrar en el agua. El
chico se dio cuenta de que volvía a estar rodeado de extrañas
piedras y escuchó al mago hablar unos momentos en una lengua
que no conocía. Después comió de una planta que
fue a buscar a un bosque cercano. Cuando el muchacho le pidió
que le dejara probarla a él también éste le dijo
que no, que era algo que el no necesitaba y que comiendo esa planta
ahora serían los dos iguales, verían las mismas cosas.
El mago le contó que durante esa noche nadie podría verles.
Y se lo demostró cuando al empezar su camino, pasaron por la
aldea sin que nadie con el que se cruzaran les saludara ni dijera nada,
eran invisibles. Habían empezado los tres su camino en plena
noche. Una noche en la que se podía andar, porque la luna estaba
llena y junto a las estrellas podía distinguirse el camino sin
problemas.
A pesar de ser cortas esas noches, antes
del amanecer decidieron parar en una posada para descansar un poco.
Al día siguiente pasarían por la ciudad a conseguir algunas
cosas que necesitaban. La posada era una vieja casa muy grande junto
al camino, y a pesar de ser plena noche, se escuchaban voces dentro.
Al asomarse al patio de la casa, los tres caminantes vieron a dos mujeres
discutiendo a gritos. Eran dos hermanas, hijas del dueño de la
posada y discutían porque unos bandidos habían venido
a robar en la noche, aprovechando que el padre y los hermanos se encontraban
en la ciudad. En ese momento todos se juntaron en el patio por que la
madre, que estaba durmiendo, se había despertado con las voces
y bajaba a poner un poco de paz. Aunque las tres enmudecieron de miedo
al ver las figuras de los tres caminantes, Mago, Loco y perro en la
penumbra de la puerta, por lo que corrieron a por palos pensando que
volvían los bandidos.
Sólo tras propinar algún palo en las costillas a los pobres
peregrinos, las asustadas mujeres no se dieron cuenta de que estaban
equivocadas y se apresuraron a disculparse, invitándoles a recuperarse
del camino y la paliza en su posada.
Llovía suavemente cuando los tres
despertaron. Estaban algo doloridos, les dolían las piernas de
tanto andar y las espaldas de los golpes. Se asustaron al abrir los
ojos y ver a las tres mujeres sonrientes bajo la puerta con bandejas
con el desayuno. Esas sonrientes mujeres habían intentado matarlos
esa misma noche, eso sí, debido a una confusión. Leche,
pan con aceite, manteca y algo de embutido, un desayuno propio de reyes
sin duda que no se esperaban. Para el perro hubo un cuenco con leche
y pan porque también se llevó alguna de refilón.
Sentados en una mesa pudieron conocerse mejor todos y explicar los hechos.
Las hermanas eran muy guapas y la madre podía sentirse orgullosa
de conservarse también en buen estado. El caso es que no se parecían
mucho porque si la más joven no paraba de hablar agitando sus
rubios rizos, la mayor permanecía casi siempre escuchando soltando
siempre la frase adecuada en el momento adecuado.
Si la joven era de una belleza exuberante y lozana, la mayor siendo
morena y también hermosa, tenía en su mirada la sabiduría
que da la lectura y la experiencia en la vida.
Podría decirse que si bien una se asemejaba a una atractiva,
inteligente y madura Papisa (II), la otra parecía una bella y
enérgica Emperatriz (III).
El caso es que tanto el joven Loco como el maduro Mago estaban embobados
escuchándolas. A todo esto el perro había salido a buscarse
una perra que le hiciera caso viendo que sus compañeros hacían
lo propio con las hermanas. Sin embargo sólo pudo encontrar una
arisca gata que intentó arañarlo.
Las chicas les contaron que su padre y hermanos llegarían esa
mañana para comer y querían que se quedaran un día
más ya que iban a hacer una gran fiesta con las provisiones que
trajeran. Así se informarían de lo último acaecido
en la ciudad antes de llegar. Ellas mismas les acompañarían,
ya que hacía meses que no iban a comprarse ropa y afeites. Y
no pudieron ocultar en sus miradas y sonrisas que ambos peregrinos empezaban
a gustarles también.
Mientras hablaban animosamente en la
sobremesa, empezó a oírse un tumulto en la lejanía,
una algazara cada vez más estridente. Todos salieron al balcón
para ver que pasaba, incluso el curioso perro, y pudieron ver como una
grupo de gente se acercaba saltando y bailando al compás de música.
Eran los hermanos y el padre que volvían con mercancías
tras una semana en la ciudad.
Al frente de la caravana un enorme carro tirado por bueyes con el padre
sentado con cara de resignación. Iba muy bien vestido, con un
gorro amarillo y un gran collar al cuello. De no ser por su carro de
bueyes tan humilde habría sido tomado por un Rey (IIII) trasladando
toda su corte. Pululando a su alrededor, los siete hermanos dando saltos
y volteretas, cantando y bailando unos o algún otro tocando instrumentos.
Llevaban de compañía toda suerte de amigos y amigas incluso
niños que les habían seguido desde la ciudad.
Cuando iban a por provisiones, los hermanos dejaban el duro trabajo
del campo y la posada por una semana haciendo espectáculos para
ganar algo de dinero y divertirse.
Cada vez que llegaban a la ciudad o pasaban de camino por alguna aldea,
la gente salía a divertirse con ellos y con sus bromas, con su
música, historias, malabares...
Hacían tantas cosas que las gentes los llamaban los artistas
o los funámbulos; ¡ya vienen los funámbulos!, gritaban.
El Loco y el Mago estaban asombrados, a ambos les parecía que
aquellos funámbulos flotaran en el aire con sus saltos e hicieran
estremecerse a los árboles con su música.
Antes de que pudieran darse cuenta, las hermanas habían salido
corriendo escaleras abajo para salir en busca de sus hermanos y su padre
el Rey. Corriendo tras ellas, los peregrinos se encontraron pronto en
medio de la fiesta ambulante.
Tras la llegada comenzaron los preparativos
del baile de esa noche. Los hermanos se pusieron manos a la obra. Prepararon
una pila de madera para la hoguera, montaron un escenario en el gran
patio de la posada para las actuaciones y prepararon junto con sus hermanas
la comida y las bebidas necesarias para disfrutar de la fiesta. Los
peregrinos ayudaron en lo que pudieron y sufrieron algunas trastadas
de los funámbulos que eran muy bromistas. Al Loco le tiraron
vestido a un pilón y al Mago casi le queman el sombrero, pero
todos se lo pasaron muy bien con los preparativos.
Todo quedó en calma durante la tarde hasta que empezó
a oscurecer. Se levantó una suave brisa que hizo que no hiciera
tanto calor. Los hermanos habían estado descansando del viaje
y los trabajos. Comenzaron a despertarse poco a poco para practicar
piruetas, escribir o recitar textos olvidados.
De toda la gente que les había acompañado, unos quedaron
en el porche descansando y esperando la noche, y otros prometieron volver
cuando anocheciera y comenzara la fiesta.
El Mago y la Papisa, que sabían
bien el origen de la fiesta, acudieron al bosque a encontrar remedios
para curar a quienes se encontraran mal y poder así disfrutar
toda la noche de la fiesta. Por su parte el Loco había empezado
a aprender algunas habilidades de los funámbulos como los malabares
y recibió su primer beso furtivo de parte de su nueva amiga la
Emperatriz.
Por fin el sol desapareció del todo y la gente comenzó
a acercarse a la posada para la fiesta. Todos iban de blanco. Los chicos
con fajines de colores y las chicas con vestidos largos y flores en
el pelo. Todos se acercaron a las mesas del comedor donde los padres
habían preparado la comida y la bebida para esa noche. Allí
empezaron ya los cánticos, las bromas y los chistes.
Luego pasaron todos al patio, donde la Papisa y el Mago les esperaban
para comenzar las funciones de esa noche. Tras hablar de nuevo en una
lengua que no conocían muchos comenzó el espectáculo
más impresionante que jamás había visto nadie.
Los hermanos funámbulos se emplearon a fondo. Comenzaron a representar
una obra de teatro en la que los personajes iban vestidos de vivos colores
y mientras hablaban y recitaban hacían malabares, piruetas y
trucos de magia. Incluso el Mago se subió a colaborar haciendo
desaparecer un jarrón sin que nadie fuera capaz de saber como.
El Loco pasó varias veces dando volteretas por el escenario y
haciendo malabares. Las chicas cantaron antiguas canciones en un coro
junto con otras jóvenes.
Y mientras tanto, las gentes miraban estupefactas el espectáculo
que les asombraba cada vez más. Cantaban y participaban. De pie
o sentados en el suelo. Mientras tanto no paraba de llegar gente a la
posada para ver lo que pasaba en aquel patio.
Cuando terminó la obra todo el mundo aplaudía muy fuerte,
silbando y riendo. Fue en ese momento cuando los actores se quedaron
mudos y serios en el escenario. Todo el mundo se calló de repente.
Se escuchó un estruendo afuera y todo el mundo salió a
ver que era. Allí estaba el Rey con una antorcha en la mano y
alrededor de él chispas y estruendo. Los funámbulos habían
mandado traer desde el lejano oriente fuegos artificiales para la fiesta.
Alumbrados por las figuras resplandecientes, todos permanecían
con la boca abierta y no volvieron a bailar hasta que los músicos
sacaron los instrumentos al aire libre y empezaron a tocar.
Se encendió entonces la hoguera y comenzaron todos a bailar alrededor.
Daban vueltas
cogidos de las manos y siguieron así toda la noche.
La mañana siguiente estaba todo
el mundo dormido por el suelo. Todos con resaca de la fiesta y el vino
que habían tomado. Unos por allí y otros por allá.
El Loco y la Emperatriz estaban tumbados en el escenario del patio cogidos
de la mano. La Papisa y el Mago habían ido a ver amanecer.
El estar despiertos y alejados del lugar les sirvió para ver
la hueste que se acercaba a la posada donde todos descansaban de la
gran fiesta.
Decenas de jinetes armados se acercaban rápidamente. A pesar
de que echaron a correr para avisar no pudieron llegar antes que ellos.
Sería demasiado tarde por que al llegar exhaustos de tanto correr
vieron como arrestaban a todos los hermanos, a todos los funámbulos,
a los padres, hermana y Loco incluidos y después a ellos mismos.
A todos aquellos que se consideraran responsables de la fiesta, cuya
fama había llegado a oídos del Papa(V), que mandaba a
su guardia para llevarlos a su residencia veraniega no muy distante
de allí. Serían acusados de paganismo, de no seguir rigurosamente
las normas de la religión.
Los acusados, cansados y asustados viajaban en unos carruajes mugrientos
e incómodos. Se preguntaban los unos a los otros como era posible
que alguien les hubiera delatado. Quizá la envidia de algún
vecino malvado de la comarca que no quería sino hacer daño
a aquellos que se divertían. El caso es que pronto lo sabrían,
dado que se acercaban cada vez más a la residencia veraniega
del Papa.
Ésta era una majestuosa villa cercana a una montaña, con
una finca alrededor enorme custodiada por la guardia suiza, que se asaba
de calor debajo de esos incómodos uniformes naranjas. La procesión
rodeó un pequeño lago entre cipreses hasta parar en la
parte trasera de un rico palacete, en las caballerizas, para ser exactos.
Allí les esperaba el camarlengo, un secretario del Papa que les
llevó hasta él.
Recorrieron metros y metros de pasillos enormes profusamente decorados
con grandes cuadros y ricos tapices. Al final del más largo de
los corredores había una puerta negra con un guardia armado a
cada lado que se retiraron abriéndola para dejar pasar la comitiva.
Allá en el fondo de una gran sala llena de gente se hallaba el
Papa sentado en un gran trono. Con su gran mitra en la cabeza y un enorme
bastón terminado en cruz en su mano izquierda. Tenía una
barba azul y un gran ceño fruncido con preocupación.
Era sin duda un hombre sabio de apariencia terrible y amable a la vez.
El Mago se dio cuenta de esto he intentó convencerle para que
los soltaran. Se colocó al lado del rey y juntos avanzaron hasta
él poniéndose de rodillas. Entonces él levantó
la mano y los bendijo. El Mago le explicó cómo la fiesta
no era sino una celebración por el inicio de la cosecha de un
duro invierno de penurias y trabajos y cómo el teatro y el baile
no era sino una forma de permanecer unidos y más felices. El
Rey por su parte había tenido la inteligente idea de mandar tras
ellos los carruajes con un adelanto del impuesto que debía pagar
cada año, una décima parte de la cosecha. El Papa, complacido,
pasó por alto el incidente y les permitió marchar. Les
advirtió que no se limitaran en próximas celebraciones
a su comarca, sino que intentaran llevar su arte del que tan bien le
habían hablado a otras zonas para que tuvieran la oportunidad
de conocerlo en vez de criticarlo y acusarlo. El rey, muy contento así
se lo prometió y el obsequió con una demostración
funambulesca de malabares y piruetas de los maltrechos hermanos, que
aun así pudieron dar la talla y complacer al Papa.
Pero aun quedaba algo por pasar en ese
día tan especial que había empezado de una manera tan
inquietante. Al fondo de la sala, dos parejas de enamorados pidieron
la palabra. El Papa no acertaba a verlos bien entre tanta gente. Sólo
acertaba a ver, mientras los demás se apartaban, seis figuras
que reclamaban su atención. Por sus vestimentas habría
jurado que se trataban de un Loco, un Mago, una Papisa, una Emperatriz,
una mujer mayor...y un perro.
Habiendo descartado al perro por su especie y a la mujer mayor por su
edad entendió que eran los jóvenes quienes querían
casarse. Se acercaron al anciano para que les bendijera. Allí
estaba la madre de las hermanas junto a sus hijas y ambos pretendientes
(VI). Cogidos de las manos, vestidos de blanco y adornados con flores.
Se acordó que se casarían antes del equinoccio de otoño,
después de encontrar los remedios de la Torre de la Media Luna.
Los funámbulos se alegraron por ello y se comprometieron a preparar
una boda memorable. Su alegre desvarío les hizo olvidar su cansancio
y entretuvieron a los presentes hasta casi el anochecer.
Y así fue como acabó aquel día tan extraño,
que había comenzado con tanto miedo y había terminado
tan bien. Volvieron todos montados en los carros con el del Rey a la
cabeza (VII). Tirado por dos caballos pintados de azul, el carro del
Rey avanzaba lentamente pero seguro. El padre estaba muy contento porque
sus hijas habían encontrado con quien estar. Eso le llevó
a pensar en si los hermanos funámbulos encontrarían también
con quien sentar esas locas cabezas. Llegó a la conclusión
de que no sería así en mucho tiempo cuando dos de ellos
se subieron a arrear los caballos del carro y otro casi le chamusca
el sombrero al escupir fuego cerca de él.
La posada permanecía en silencio
a la mañana siguiente. Todos descansaban. Sólo había
una persona despierta. La madre de las hermanas preparaba un almuerzo.
Había decidido reunir a toda la familia para contarles algo.
Y los fue reuniendo a todos según se levantaban y comían
algo. A la mesa estaban ya el Rey y las dos parejas. Mientras tanto,
la madre, casi furiosa, sacaba de la cama al resto de hermanos que remoloneaban.
Más de uno acabo en el suelo por perezoso. Al cabo de un rato
estaban todos. Presidiendo la mesa estaba la madre (VIII), que se había
puesto un hermoso vestido para dictar sentencia aquella mañana.
Habló de la futura boda, de cómo todos debían dedicarse
a los preparativos para convertirla en algo memorable. Tan bien habló
de quienes tendrían que marchar para terminar lo que habían
comenzado. De modo que ordenó que el Loco y el Mago siguieran
camino hasta encontrar aquella torre de la que hablaban y curar sus
males. Les advirtió de que después de hacerlo tendrían
que volver para la boda si no querían tener problemas con ella.
La mirada fue suficiente para infundir temor a los peregrinos. No obstante
la espada que alzaba en su mano también ayudaba. Ambos tragaron
saliva y decidieron partir esa misma tarde.
En la puerta de la posada se despidieron
las dos parejas. El Loco decidió que el perro se quedara con
ellas. A el no le hizo ninguna gracia esto, prefería irse en
busca de aventuras. Fue en ese momento cuando una preciosa perra apareció
a lo lejos en un camino. Nada más verla decidió que sería
mejor quedarse para conocerla.
Y así echaron a andar los peregrinos. Tal y como habían
hecho unos días atrás. Los caminos eran ya mejores porque
la ciudad estaba cerca.
Era una calurosa noche de verano. Un
poco oscura, por que no había luna y las estrellas no daban suficiente
luz. Los peregrinos iban tanteando el camino para no perderse, aunque
no había peligro de esto siempre que permanecieran en él.
Se dieron cuenta, en un determinado momento de que había una
luz a lo lejos. Al principio habían pensado que era una luciérnaga
en una de las orillas del camino. Luego, al acercarse más y al
ser esta más brillante, pensaron en una estrella baja en el horizonte.
Sin embargo no fue hasta estar cada vez más cerca que pudieron
distinguir una figura humana según se acercaban a la luz. Poco
a poco, los peregrinos distinguieron una figura humana tras un pequeño
farol. Cuando llegaron por fin al lugar vieron que se trataba de un
viejo Ermitaño (VIIII) que esperaba junto a un carro accidentado.
Es posible que el carro volcara al entrar una de sus ruedas en una de
las rodaderas. El caso es que el carro estaba panza arriba y junto a
una de sus ruedas estaba el viejo Ermitaño como alumbrando el
camino tras él, quien sabe si para pedir ayuda o para alumbrar
a los caminantes. Sujetaba el pequeño farol con la mano derecha,
mientras que con la izquierda se apoyaba gracias a un curvado bastón.
Tenía una larga barba y estaba vestido con pesados ropajes que
le protegían del frío. Tras explicarles cómo volcó
salvando su vida de milagro y cómo escapó la mula que
tiraba de él dejándole sólo, el viejo les contó
algunas cosas que conocía de la Torre a la que se dirigían.
Él mismo había sido en su tiempo guardián de la
preciada biblioteca de la Torre de la Media Luna. Les contó cómo
llegar una vez habrían pasado los límites de la ciudad.
Encontrándose ya al final de su vida, decidió ayudar a
los dos amigos contándoles el secreto de cómo entrar en
ella. Si bien es cierto que antaño había sido una fortaleza
para defender las tierras del reino, ahora servía para guardar
aquello que muchos buscaban. El tesoro era custodiado por unos monjes
guerreros, los llamados Templarios, a los que él mismo había
pertenecido antes de convertirse en asceta, dejar todo lo material y
vivir en una gruta de la montaña sagrada de Xálima. Los
monjes vivían en una de las primeras plantas, encontrándose
los tesoros arriba, bajo los tejados. Como toda buena fortaleza, la
Torre de la Media Luna poseía fuertes defensas y altos muros,
pero también una ruta de escape secreta para escapar o buscar
alimentos en caso de asedio. El Ermitaño les contó dónde
se encontraba la entrada a un túnel que partía bajo dos
árboles de un bosque cercano y llegaba a los aposentos de los
monjes guerreros. Debían llegar de noche y una vez dentro andar
con cuidado de no despertarlos y subir rápidamente a por los
tesoros. Loco y Mago escuchaban sorprendidos al Ermitaño y se
alegraban de su suerte al haberse encontrado con él. Se habían
sentado los tres para hablar. El viejo frente a ellos estaba junto a
la rueda del carro volcado. La suave brisa de la noche hacía
girar un poco la rueda de cuando en cuando mientras el monje seguía
con la historia. Preocupado por sus males, el joven Loco preguntó
sobre la naturaleza de los tesoros de la Torre y en qué podrían
ayudarle a él unos libros si su enfermedad era el baile de San
Vito, con ataques que le hacían caer al suelo con espasmos aparte
de las alucinaciones. No tenía claro si no sería mejor
un exorcismo que le sacara ese mal de dentro o una potente pócima
que lo liberara. Eso era algo que su amigo el Mago no había sabido
explicarle.
Cuando oyó las preocupaciones del muchacho, así como los
síntomas del mal que padecía, el Ermitaño quedó
serio, frunció su arrugada frente y comenzó a contar más
cosas sobre los secretos de la Torre.
Describió la sala más alta, coronada por una almena que
servía antaño para lanzar piedras y flechas contra los
guerreros que querían conquistarla. Esa sala había sido
cerrada y sólo una gruesa puerta daba paso a la valiosa biblioteca.
¿Y qué era lo que contenía?¿Solamente libros
y papeles? Se preguntaba el Loco.
El Ermitaño le respondió. Los tesoros de aquella sala
superaban en valía a todos los tesoros de todos los reinos de
todos los países, y que todos sus reyes entregarían gustosos
a cambio de cualquier cosa que se encontrara en la misteriosa sala.
No sólo había libros, sino también objetos mágicos
que servían para ver de cerca las estrellas o un tablero del
juego de la Oca donde las fichas se mueven solas, extrañas máquinas
que escriben solas en el papel, o una caja de la que sale música
sin que nadie la toque.
Uno de los objetos más preciados era la mesa de un antiguo rey
llamado Salomón. Dicha mesa era realmente un espejo en el que
se podía ver el futuro y desde el que se podía ver lo
que pasaba en cualquier lugar del mundo donde hubiera otro espejo mirando.
Así podría comunicar con cualquier persona que se mirara
en cualquier espejo, o también espiar a todo el mundo si quien
lo usaba no era una persona buena y justa. Es por esto por lo que esos
objetos estaban a buen recaudo.
Pero ...¿y los libros?
Los libros eran más maravillosos aún. Todos eran de conocimiento
antiquísimo. Algunos no eran exactamente libros, sino que habían
sido escritos en papiros enrollados y eran esos los más viejos
y mágicos. Los papiros habían sido traídos de un
país lejano llamado Egipto, de donde habían sido sacados
de las grandes pirámides por astutos ladrones que los vendieron
después a reyes ambiciosos.
Los libros de pergamino, que eran de aspecto normal estaban casi todos
nuevos, recién escritos y traídos de todos los monasterios.
Había cientos de ellos y cada uno valía para algo. Unos
había que leerlos para aprender, pero había otros que
se leían con sólo abrirlos pasando de repente a la cabeza,
sabiendo todo lo que contenían en un instante. Así que
cualquier persona que entrara allí podría volverse sabia
en menos de lo que canta un gallo abriéndolos todos.
Había libros de Historia, de Arte, de Arquitectura, de Magia,
de Medicina...
Fue entonces cuando el Ermitaño les reveló el título
del libro que debían encontrar para curar al joven loco. Al parecer,
dicho libro curaba cualquier enfermedad que no estuviera causada por
heridas con sólo abrirlo por el capítulo correspondiente
a la enfermedad que se tuviera. El viejo recordó que había
un capítulo para las enfermedades del alma que podría
ayudar al Loco.
Los peregrinos se miraron sonrientes y se abrazaron de alegría,
el Mago tenía razón, allí encontrarían el
remedio para la locura y para poder volver a ver a su familia.
El Loco estaba doblemente contento, ya que pensó en su Emperatriz
esperándole en la posada. Podría vivir con ella sin sufrir
por su enfermedad.
El Mago por su parte pensó en aprender todo lo posible para compartirlo
con la Papisa. Si la subida a la Torre se hacía sin problemas,
quizá podría llevarla en otra ocasión.
El Ermitaño permanecía callado, pensativo. Había
iluminado a aquellos muchachos y se encontraba preso del camino debido
al accidente que no le dejaba avanzar. De modo que decidió hacer
allí mismo lo que tenia pensado para finalizar su último
viaje: desaparecer para siempre de este mundo. Había aprendido
mucho durante largos años, había ayudado a muchas personas.
Pero su cuerpo estaba muy viejo y estaba decidido a prescindir de él.
Se despidió de los muchachos y les deseó suerte. Allí
mismo cruzó sus piernas y, sentado, se cubrió los hombros
con su gruesa capa y su cabeza con una oscura capucha. A la tenue luz
del farol, solo eran visibles la nariz y la barba.
Los peregrinos estaban un poco asustados, iban a presenciar algo realmente
asombroso, algo que no se aprendería ni leyendo todos los libros
del mundo, algo que sólo un gran maestro puede hacer. Respiró
hondo y comenzó a emitir un sonido grave con su garganta. Era
tan grave que todo lo que había a su alrededor comenzó
a vibrar suavemente. El suelo se movía y el viento comenzó
a soplar. Las viejas maderas del carro a su lado comenzaron a crujir
levemente. Fue en ese momento en el que el Ermitaño sacó
su mano izquierda de debajo de su capa. Era una mano que se había
vuelto azul de repente por el trance. Los peregrinos, asustados, ya
no veían nada bajo la capucha. La mano se alzó hasta agarrar
la Rueda(X) del carro que tenía al lado. Con un movimiento brusco,
hizo que girara con fuerza, empezó a rechinar girando rápidamente
sobre sí misma.
Fue en ese momento cuando el Loco vio una visión. Sobre la rueda
corrían tres extraños animales. Creyó ver en ellos
la causa por la que no paraba de girar. Uno que parecía un conejo
trataba de subir. Otro permanecía quieto en lo alto. Y otro pugnaba
por no caer de la rueda. El Loco se asustó mucho al ver esto
y hubiera seguido mirando a no ser por el grito que emitió su
compañero el Mago al ver que donde estaba sentado el Ermitaño
sólo quedaban sus ropas. Nada más. El farol se había
apagado y permanecía junto a los trapos. Los seres de la rueda
habían desaparecido y ésta se había parado. El
anciano no estaba ya con ellos. Se había ido.
A todo esto y de puro susto, los peregrinos habían retrocedido
arrastrándose. Cuando se dieron cuenta vieron que el carro estaba
más alejado. Comenzaron a reír nerviosamente sin entender
muy bien lo que había pasado. Algo había cambiado en la
noche. La brisa fresca se mantuvo hasta el amanecer de un nuevo día
y tras un ligero sueño, cuando comenzó a calentar de nuevo
el sol, ambos colocaron unas flores al borde del camino, bajo la rueda
del carro. Dieron gracias y partieron hacia la ciudad.
Carlos G. Torrico