La frescura de la luz me ha conquistado de nuevo hoy. Ella hablaba en
el fondo de la sala. Y yo, absorto en su figura, comencé a construir
una metáfora para poder poseerla. Tracé su nombre sobre
la mesa en la que me encontraba. Lo escribí con minúsculas:
luminosa. Lo repasé dos veces mientras la miraba a ella. Después
aparté el lapicero y acerqué los dedos a su nombre recién
escrito, definido. Y empecé a acariciarlo mientras ella, espléndida,
debatía ante todos nosotros. Luminosa acariciada por mí
como metáfora. Una luz poderosa bajo cuyo influjo me volví
siete veces más sabio. ¿Y si te miro y acaricio tu nombre?,
pensé. ¿Y si lo hago pensando en tu suave cuello o tu
preciosa frente? O en tus rosas mejillas, o en la piel de tu cintura
que asoma entre la ropa...
Y así, poco a poco, se desdibuja el nombre: luminosa, como lo
haría su conciencia si lo hiciera realmente sobre ella, atrayéndola
poco a poco hacia las cavernas del deseo, donde vive mi anhelo. ¿Será
luminosa aquí abajo conmigo? ¿O podré disfrutar
de su luz tamizada por mi oscuridad?