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De viaje II (la continuación)

 

Los deberes cumplidos, y tiempo libre hasta las 9. ¿Qué hacer?. Pruebo a llamar a unos muy viejos amigos. Falla mi primer recurso, por puro azar tengo el nº de otro contacto, la suerte de perder el móvil y de rescatar mi viejo tamagochi, si, aquel que pita sin remedio como si siempre tuviera hambre, allí esta ella, vieja amiga a la que me unió relación odio-amor no hace demasiado tiempo, en Francia en Paris.

Lara?....soy Andros.....que Andros?...confusión...Lara...Andrés...de Francia...como?...si el cuñao¡¡.....el cuñao??....Cuñaaaaooo¡¡¡¡...que pasas chula...donde andas?...pues nada aquí en Z, y tu?...yo también estoy en Z, he venido a trabajar...a trabajar ?...si... en que trabajas?...nada, hago el paripé... y tu trabajas hoy?...no que va... comemos juntos?...claro. Preguntas y respuestas hasta una cita. Bajo las dos torres pues, en media hora.

 

Taxi, puentes y túneles, pinos, al fondo el mar, hacia allí nos dirigimos sin llegar. La factura grande, paga mi jefe, la asume la empresa, guay colega.

En las dos torres, con nuestros disfraces, nos sentimos fuera de tono, no se si es la primera vez que me pasa, mi jefe piensa, demasiados jóvenes a mí alrededor, yo lo veo, y por primera vez lo siento. Hay tribus urbanas, más noto una homogeneidad extraña, algo que no existía en mis tiempos de estudio, son todos distintos, son como átomos, y noto una especie de red, como filos hilos ópticos que los unen, como un gráfico de un libro de química, no se si para bien o para mal. Allí esperamos, un tanto incómodos, como en una fiesta de disfraces suspendida sin aviso.

 

Consigo comunicarme con ella y nos encontramos en el camino, la veo de lejos en la acera de enfrente, esperando el semáforo, ella me ve casi antes. Un encuentro y un bonito abrazo con grito al viento.

Tras presentación pertinente de mi jefe, inicio una conversación huracánica con ella, que haces que hago, como casi siempre ellos hablan de su vida, sin apenas interés en la mía, yo sigo su ritmo gustoso, estoy acostumbrado a ello. Andamos y nos mete en el metro, mi jefe y yo nos preguntamos sin palabras, ¿porque hemos quedado allí?, ¿para meternos en el metro?, nos irrita casi sin saberlo. El metro es sucio, feo al lado del de Madrid, donde eso si, como ya sabeis, andamos como sardinas. Hoy sin el mas mínimos pudor, estuvimos parados en la línea 3, como productos en conserva (una vez más), largo tiempo, todos maldiciéndo, unos entre dientes, otros por dentro, no pude reprimir más de un extraño gemido, alguna maldición. Indignación al fin y al cabo por encontrarme en una situación un tanto infrahumana. En ese momento mire uno a uno, a las personas con las que habitaba en ese vagón y les saque de forma veloz, defectos deleznables a cada uno de ellos. Ese sentimiento de que lo pobres son feos, ello mezclado con una irritación de que a los pobres nos dejaran así, mientras ellos viajaban en grandes taxis, bellos automóviles, aviones y barcos.

 

Mi jefe parece como perderse, como quedarse fuera del tiesto, a veces lo intentamos rescatar, con escaso éxito, sin intentarlo demasiado.

 

Salimos del metro y estamos en ese largo paseo marítimo sin mar, la gente agolpada anda con los ojos más abiertos. Hay representaciones en la calle, nos cruzamos con Carmen de Mairena, grande, gorda, sonriente, ostentosa sin pudor, feliz de la vida.

Cogemos un pequeño afluente, y callejeamos, hasta llegar a una plaza grande y extraña, con un gran parking techado que la ocupa casi enteramente, es decadente, decrépita, sucia, pero con el encanto de lo alternativo, hecho que parecen pensar unos cuantos más, pues los dos pequeños restaurantes que la acompañan están llenos, con sus terrazas y con sus pizarras, en las que pintados en colores vistosos, se enuncia el menú.

 

Allí ya sentados, en gesto de rebeldía adolescente me deshago de la correa de cuello. Marcus va a venir, joven y ya viejo amigo, vasco, con un ingenio de relámpago, gracioso y a veces cariñoso. Así me lo encontré después de más de un año. Marcus estuvo con la indomable Lara y él tampoco fue capaz de domarla, se fueron de viaje a Francia y ahí hay dos historias, distintas y remotas, en la que ninguna, cuando lo expresa en palabras, expresa la verdad de lo que fue aquel viaje.

Tras la copiosa comida, de no incierta calidad, pero sin excelencias, mi jefe decide partir hacia una librería que dice conocer, pero que no consigue situar con acierto.

 

Aquí casi desaparece mi jefe en esta historia. Mi jefe tiene solo un año más que yo, pero es como si tuviera muchos más, esta casado y tiene una calma grande, tiene una tranquilidad fuera de lo normal, es alto, pijo, el cree tener clase, cosa que de cierta manera puede ser cierto, finalmente no es el tontorrón que yo creí, pero en su calma muere, lo que le provoca tener un 0 en chispa, en gracia y en carisma.

 

Tras su marcha, Lara me cuenta su viaje iniciatico a Francia, su irregular resultado, su estruendosa ocasionalidad y el desvío de agenda sufrido.

Sin duda que rememoramos sin parar los tiempos pasados. Paris y la República, si, con mayúsculas, La República, un foco, un lugar del que todos salimos relamiendonos, con vivencias no olvidables, con recuerdos, enriquecidos, llenos, más decadentes y más humanos. Quizás una especie de anarquía, un bello barco, que sabíamos que se hundiría, del que salté justo a tiempo, en el que su capitán Gotia, tubo la decencia de hundirse con el, donde nuevos marinos vinieron a reemplazarnos, a seguir el sueño y el mito. Pero poco a poco desapareció, como en el fondo del mar, muy lentamente, consecuencia de los principios demasiado humanos que nos guiaban, consecuencia del desorden que ello provoca, consecuencia también de la vida de farándula que nos guiaba.

 

Marcus aparece, justo cuando íbamos a levantarnos, nos sonríe y nos repartimos abrazos. Burgués reconvertido en moderno, le digo en tono sarcástico e hiriente, la ciudad puede con todas, con todas las apariencias, porque sigue siendo el mismo joven de raíz rebelde, de cuchillo en mano y de posición cierta. Es el encanto de defender numanticamente consideraciones de viejo conservador, con toda la convención que puede dar la teoría pero siéndole indiferente en didáctica. Buenas anécdotas e historia son sus armas mas afinadas, si bien goza de buenas tropas dialécticas que le arropan.

 

Estos encuentros entre seres que ya viven historias tan distintas suelen ser desacordes y extraños, y así empieza el nuestro, entre multitudes de preguntas, entre respuestas y recuerdos. Pero ellos son muy buenos, Lara y Marcus tienen un savoir faire innato que sueltan, que les sale como una la lava que se derrama, fuerte, cálida, dándole significado a cosas que son difíciles de montar, puzzles vitales que se forman en momentos extraños y en los que no se sabe como se ha llegado al final, a montarlo, a hacer que tenga sentido. Así estamos, tomando un café, Marcus hoy no tiene dinero, su padre habría de haberle ingresado, decide beber agua, no quiere...o café....o pedir dinero, más tarde veremos que no le apetece el café.

 

Lara y Marcus juguetean con alegría y con maldad, yo participo, siempre nos gusto ese punto, entre malos y listos, golpeadores con cariño.

Llega en un rato Yolanda vestida con una extravagancia propia de Barcelona, con botas blancas y jersey rosa, con gafas de pasta de colores, con un pelado lleno de modernidad, llega feliz como la vi siempre, proclamando gritos-medios de alegría, nada quedará en el camino, de donde nos salen tantas anécdotas.....

Mi jefe me llama, dice q va a esperar al pájaro en el nido, yo entre temores pero con cierta valentía le pregunto sino quiere venir a tomar un café, dice no , huye al nido.

 

Quisiera contar como es Yolanda, ¿pero es bueno solventar tantas preguntas?, antes de ayer fui brutalmente castigado por una mujer por intentar conocerla, me desquilibró tan profundamente que ahora casi q me tambaleo, ¿como puede ser criticado con esa certeza, un canon tan absoluto como el conocerse?, ya no supe que más decir, ya vi que esa persona no se andaba con tonterías, esas tan dadas en los andaluces. Al menos al día siguiente era un día luminoso, y ya me había dado tiempo de componerme, cuando cortan un cimiento no resulta fácil.

 

De allí, del café y los recuerdos, partimos por el gótico barrio, entre calles, atravesando el río pavimentado, entre callejuelas, en zig-zageo, hasta aquel bar vasco, escondido, oscuro y de grandes lámparas, de buena música y un tanto desolado, como casi siempre. Allí bebimos una gran cerveza, no como las de Alemania, pero si al lado de la caña madrileña que pasa de simpática a escasa. Allí la última vez Marcus me aturullo con su conversación, a la que hube de subirme al vuelo, de un salto. Ahora corremos de allí. Yolanda se despide, quehaceres la llaman.

 

Marchamos de nuevo de entre por las calles hasta la avenida Diagonal, allí vive Lara en un cuarto sin ascensor, Marcus intenta huir, hecho normal, esta niña vive con su niño, nuevo amor, amor dice ella esta vez fiel, soy capaz de creerla, ha sido cruel demasiadas veces y este otro Vasco es duro en rictus y movimientos, sabe que es aquí donde tiene que parar por fin, alguien capaz de domar. Las grandes mujeres buscan grandes domadores, son como caballos salvajes que corren sin cesar, por valles, montañas, recorriendo pueblos y ciudades, siendo montados por los mejores jinetes, quien las doma creer tener el tesoro, pero un día cualquiera recuperan su fiereza, saltan y relinchan y bien te tiran al suelo, bien continúan y continúan hasta que muerdes la tierra, entonces corren y corren hasta abandonar esa ciudad.

 

Curiosamente esta hakim en casa y no podemos sino hablar con él. Nos desatamos fumando, hablando, con los habitantes de aquella casa y sus amigos, sin conocernos ya todo sale, las conexiones toman significado, las autopistas funcionan, el mundo esta en movimiento acorde.

 

Cuando ya la hora se acerca y es por ello que los sucesos se acortan, ella me hace un sándwich, demostrándome cariño e intentando demostrar que su vida esta ordenada. Yo lo acepto agradecido, aunque quizás se me hay olvidado demostrarlo, la salida es extraña, yo encantado de haber pasado un día tan estupendo y ella dolida por el gesto de hacerme un sándwich, como sintiendo que le degrada.

 

Partimos Marcus y yo, me acompaña hasta el bus, en un paseo de encanto en el que un lenguaje, de cero palabras, nos dice que a pesar del tiempo nos queremos y nos tenemos aprecio. No podemos sino descojonarnos cuando le falta un euro para poder pillar el metro y me lo pide, no tengo suficiente y cuando pasamos por un cajero me lo indica, haciéndome referencia entre risas, por tercera vez, a su perdida de dignidad. Reímos juntos y tenemos un camino afortunado, en el que un hombre desprende cariño, cosa tan poco habitual, un hombre como él, altivo y grandilocuente.

Compartimos cigarro y me embarcan hacía el avión que me hará dejar atrás un día de trabajo y placer.

 

Andros