// RELATOS >> LA FUENTE DE AIRONI
 

EL TIEMPO LO DAN DAO


Mi bisabuelo sentado en el pollete de piedra, junto a la puerta de la humilde casa sin ventanas. El olor a humos y humedad de una morada con un hogar sin chimenea, donde las rendijas del entramado de tejas son la escapatoria de las fumaradas del fuego.
El hombre, grande y fuerte antaño, permanece encorvado, aunque recio, aferrado a su cayado y mirando el lado opuesto de su calle a apenas tres metros.
Ya no ve casi nada. Sus claros ojos se han gastado de tanto usarlos tras noventa y seis años mirando la sierra, las piedras y los olivos.
Aún conserva su pelo blanco, tan fuerte como él, agarrado a su cabeza hasta el final, cortado como el de un muchacho joven. Su generoso mentón opuesto a una gran nariz, separados ambos por un espacio que mermó por la caída de los dientes. Ya tan sólo queda uno, más que suficiente para degustar la comida que su hija, mi abuela, le acerca todos los días desde el lugar (el pueblo).

Hay que decir que mi bisabuelo vive en el arrabal del pueblo, el barrio del Escobar.
También puedo decir que para mí siempre fue viejísimo, como el nogal que adorna la huerta de su ahijado, mi abuelo, y que según cuentan es tan viejo como él.
Ni que decir tiene que el nogal es enorme, torcido y blanquecino. Y que le sobrevivió.
Pero eso en realidad no importa por que por muy fuerte que fuera un hombre, no podría nunca competir contra un árbol en vida, aunque ambos fueran plantados el mismo día.

Volvamos a la calle del Príncipe número veintiséis. Es increíble lo ridículo que suena un nombre tan fastuoso en una calle tan humilde, en un arrabal asentado junto a un enorme olivar. Mi bisabuelo no se mueve. Ahí sentado parece todo un maestro de vida, casi ciego y sordo, que sin embargo capta todo movimiento a su alrededor.
Se ha colocado en un punto estratégico donde el escaso movimiento de personal le provee de la información y conversación necesarias para cualquier persona.
A veces, cuando el día no le ha dado suficientes emociones, se levanta de la piedra y “echa a correr” calle abajo hasta la carretera que lleva al pueblo. Allí dispone de otro lugar privilegiado para captar la actividad que llega al lugar.
Podrán imaginar que a esas velocidades, mi bisabuelo planea bien tanto tiempos de llegada como de retorno.
Mi bisabuelo no suele quejarse de sus achaques, permanece mucho tiempo en silencio, que puede romper al conversar con él con ese acento tan musical que usan por aquellos lares. Eso sí, para hablarle, hay que hacerlo a grito pelado, por que de lo contrario no te oye. Al acercarse también hay que identificarse, o quedarse muy cerca de él, para que pueda verte.

Ese recuerdo de equilibrio de la fortaleza, quedaría grabado en cualquier nieto.
Para mí esa es la imagen que define el tiempo, por que para mí, mi bisabuelo era tan viejo como él.
Si se acercan ustedes hoy a este lugar, ya no encontraran a mi bisabuelo, ni el pollete de piedra, pero sí la casa, que es más vieja que el nogal y mi abuelo juntos.
Una idea recorre la mente de este bisnieto que escribe, que compró una vieja casa sin ventanas, con más de trescientos años y que querría ser tan fuerte como aquel que le precedió y acabar sus días de la misma manera.

En la Sierra de Gata hay un dicho que podría atribuirse a cualquier sabiduría oriental, o no, si no fuera tan obvio: “el tiempo lo dan dao”


carlos g. torrico