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VIAJE A LA ALCARRIA
Al punto de emprender la aventura los viajeros no conocen camino; trazan, como quien dice a la buena de Dios, sendas imaginarias, sueños, hacia el horizonte, cuyo fin no existe. Quieren encontrar un enclave del macizo castellano que da en llamarse “Pueblas Negras”, lugar que ha adquirido para ellos resonancias mitológicas, algo de bulo y de leyenda, una catadura de paraíso terrenal con menos ínfulas, una Atlántida, un Eldorado o un Laredo. Su andadura será no poco azarosa. De lo que mal comienzo tiene se dice que fin igual de malo ha de aguardarle.
A pocos metros de las casas de David y de Gianni, a quienes apodan respectivamente, al primero el Loco, The Crazy, Zairus y El Deivid, y al segundo Gianni, Carlota, Putaencoma, sucede la primera de las circunstancias adversas de su viaje. Fortuna avisa – a veces es mejor obedecer a sus antojos y no contrariarla- encendiendo una luz en uno de los coches que les transporta: el Clío de Ángel parece que pierde aceite.
El conductor baja. Es un joven al que sobra talento para ser feliz pero que se obstina en verlo todo oscuro (cuando la pasa bien se esfuerza en recuperar esa compostura pesimista que tanto le place; se debe entonces dedicar a dirigir el pensamiento hacia el opuesto de su dicha; a morderse la lengua, a pellizcar sus testículos por dentro de los bolsillos del pantalón, no sé.). Ahora su cara es de cagarse en la hostia y de no poder girar. Se mete en un concesionario de Renault situada a la vera de la carretera, viva la primavera y la turronera.
Cuando vuelve, TheCrazy se acerca al segundo coche para informar:
No ha sido nada.- dice con suficiencia.
Ha adoptado el rol de hombre que entiende de mecánica: Para representarlo adecuadamente se ha quedado en camiseta de tirantes. Se diría más bien, cuando abre el capot del automóvil, que zanja un negocio de trata de blancas que esconde en un falso fondo junto al motor.
Se baraja durante unos instantes la posibilidad de sustituir el Clío por el Peugeot de Gianni, al que no se le enciende ninguna luz; al que por no encendérsele no se le enciende ni la maquinaria. Pero al final, será por eso de que más vale malo conocido que peor por conocer, siguen su camino incierto como están. Al cabo, la carretera discurre por entre cultivos y prados verdes, bajo un sol que pone como una gota de miel en los corazones. De vez en cuando se avistan cuadrúpedos más altos que canes y alguien exclama: ¡Un burro!, ¡Un caballo! Los paletos del campo van a la ciudad y alucinan con la monstruosidad de los edificios y su iluminación, con sus centros comerciales; los paletos de la ciudad alucinan con la vegetación, con los olores y los animales, así estén comidos de mataduras y hiedan. En el coche de Victoria se canta, se juega a sacar la lengua por la ventanilla para que se seque y luego se conjetura acerca de los riesgos de esta práctica, que si te tragas un mosquito, que si te pica una abeja, que si se te mete en la boca la polla de un ciclista, el prepucio de un grillo, el escroto-una-mula. Y otras lindezas que no han de excusarse en toda travesía.
“A dónde el camino irá.
A dónde, quisiera saber,
Ángel nos llevará.
La marejada me tira del corazón,
Padre ¿Por qué me trajiste acá?”
El viajero confunde poemas. Es el buen humor, el placer de salir de excursión con los amigos lo que lo impulsa a desatinar de este modo. En ese momento piensa que ninguna desgracia pueda suceder, cuando el Citroen AX, Bolilla, se rinde al calor, o a la edad, en una curva, y enciende la luz que alarma de sobrecalentamiento del motor. En un rincón apartado del camino se detienen para esperar hasta que se enfríe para, después, echarle agua. Es una buena oportunidad para mear y tirar piedras a una botella o destrozar a cantarazos una señal que reza “Coto de caza privado” mientras se hace tiempo. El viajero Gianni sale de los matojos donde ha ido a cagar y grita. El silencio está para eso, para romperlo, joder, con una estridencia que el propio silencio habrá de borrar cerrándose sobre sí mismo, como la superficie de un lago borra una línea que se dibuja sobre ella.
Al fin, David el Loco resulta ser el único con valor para abrir el depósito del agua. Se ha vuelto a trasformar en superesbirro y eso le concede potencialidades sobrehumanas.
Retoman el viaje. Salen al asfalto. Se cruzan con los otros tres compañeros, que se encaminan hacia el otro coche, aparcado más adelante. Éstos saludan a los del Citroen enseñándoles los culos blancos como blancas lunas partidas por el medio, tres orondas lunas geminadas. Y los del Citroen les gritan “¡Gitanos!”, “¡Putas!”. Los amigos gustan de sorprenderse con muestras para con los demás de este humor barbaján y galopín. Es su forma de quererse.
Pero ¡ay!, al kilómetro recorrido, después de atravesado Humanes y de tomar la curva hacia Puebla de Beleña, justo en la entrada del último, agoniza Bolilla y es preciso dejarlo descansar hasta más ver, en el margen de la raqueta. El pueblo está acostado al pie de una loma desnuda salpicada por algún matorral medio seco y enano que no ofrece ni el piadoso consuelo de una sombra. ¡Respirad, chicos, que este aire no lo tenéis en Madrid! Hay una botella con agua fangosa y una señal de Stop tirada que David el Loco abandera, en cuanto lo descubre, de un lado para otro. De la orilla de la raqueta nace un caminito de grava que divide un terreno trillado por donde, imaginan, habrán de pasar tractores, carros tirados por mulas...
- Los hombres del campo trabajan todo el día- sostiene alguien.
Los hombres del campo no entienden de fines de semana, de horarios festivos; los hombres del campo solo atienden a los cambios de la climatología, al lenguaje cifrado de las nubes y de las aves. Cuando algunos de los viajeros proponen entrar en el pueblo y dejar allí mismo los coches, fiados en la improbabilidad de que vaya a estorbar a ningún vehículo, un tractor, diablo sobre ruedas, por poco los embiste con Citroen y todo. Aúnan sus esfuerzos para apartar a Bolilla con la mayor celeridad posible, lo empujan fuera de la carretera y deciden esperar.
Desde la raqueta se ve el pueblo al que se sube por una cuesta sita al otro lado. La cuesta, más adentro, se convierte en camino que lo rodea entero. Visto desde la entrada, el municipio se antoja un banquete de Heracles. Sin embargo, en Puebla de Beleña no late ninguna vida. En él se ha muerto hasta el fantasma de la melancolía de un pasado que aldeas más humildes presumen de conservar. Acaso sea un pueblo que nació sin ánima. Al fondo se avista un edificio desconchado que tiene junto a él un corral con gallinas, un bar que es también una tienda que vende quesos y mieles, pero que, cuando los viajeros lo visitan, comprueban que está cerrado. Las esperanzas de Ángel, el muchacho de los ojos tristes, se tornan en un humor negro como pez. No entiende que el resto ría. No sabe qué hacemos aquí, quiénes somos, adonde vamos ni de dónde venimos.
A un lugareño que encuentran preguntan por otro bar.
Disculpe ¿Un bar por aquí cerca?
Echando marcha atrás, por donde vinisteis, hay un bar.
Es que está cerrado.
Echando marcha atrás, por donde vinisteis hay otro bar.
El buen hombre es sordo como una tapia. No se sabe si lleva “sonotone”, un tapón de cera, o un auricular que le obliga repetir que “Echando marcha atrás, por donde vinisteis, hay un bar…”.
No, pero otro- insiste Ángel.
¿En el pueblo? Echando marcha atrás…
¿En el pueblo no hay otro?
David el Loco, que es un militar, pero no un diplomático, intenta ayudar a esclarecer lo enturbiada que se ha puesto la conversación. Decide que lo mejor es plantear la cuestión desde el principio, desde el principio de los tiempos: “La aparición de la agricultura tuvo como consecuencia que los hombres se unieran en pequeñas comunidades…”
-Esto es un pueblo, ¿no?
Pero el lugareño sospecha de cierta hilaridad hacia él y les responde en el puro romance de su mocedad.
-¿Estáis de cacho?
“No, “de cacho” no, pero de coche hasta los huevos” debe haber pensado Ángel, aunque lo calla. Tal como pintan es mejor ser amables. Él es más diplomático que militar:
-No, hombre, no se enfade.
A unos pasos, dos paletos charlan. Todos los garrulos guardan cierto parecido con Cela. Los viajeros preguntan, ya con miedo:
-¿Un bar, por favor?
-Echando marcha atrás, por donde vinisteis…
-Ya, ya.
Los viajeros regresan a su provisional campamento, junto a la raqueta, con el ánimo de los desterrados. Lorenzo cierne sobre ellos su abrazo de fuego. Es pasado el mediodía. Entretanto almuerzan, asentadas sus posaderas donde mejor acomodo pudieron hallar, a la orilla del camino y del campo de terruño rojo, pesan menos las desventuras. Circula la tortilla de patata, la ensalada de garbanzos, el embutido, la ensaladilla rusa, los “níscalos”; después las galletas y alguna pieza de fruta. El viajero Gianni se deleita en devorar un tomate que ha decidido no compartir. Muerde la pella colorada; se desprende la pulpa de esta engorrosa, pero buena hortaliza, que le inunda la boca.
“…tomate, astro de la tierra,
estrella repetida y fecunda,
insigne plenitud y abundancia sin hueso
sin coraza, sin escamas ni espinas,
entréganos –entrégame- el regalo
de tu color fogoso y la totalidad de tu frescura”
Así, con la panza satisfecha, adquieren otro brillo las cosas. La mente se deja acunar por la indolencia, inclina la imaginación de uno a producirle dulces pensamientos para con la Humanidad y el mundo agreste. “Dichoso aquel que vive apartado del mundanal ruido”. Hasta el enojo de Ángel se aplaca en cierta medida aunque sigue sin poder girar. Mosquitos, hormigas voladoras, garrapatas y esos bichos que bautizaron los mayores para el género masculino con el desafortunado sobrenombre de cortapichas, y otros insectos hacen festín con las sobras, y todo es armonía, y paz, y compenetración con la naturaleza. Gianni recuerda aquel discurso que el afamado D. Quijote tuviera con los cabreros, donde decía aquello de
“dichosa edad y siglos dichosos a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados y no porque en ellos el oro se alcanzase en aquella época venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”.
David el Loco parece querer reencarnar los dorados tiempos. Afloran en él instintos atávicos. Figurando a Polifemo, sostiene por encima de la cabeza un gigantesco peñasco que lanza repetidas veces sobre otro que ha descubierto a medio enterrar, hasta que lo parte. Los compañeros se contagian y lo fusilan con andanadas de pedrolos. Él se vuelve hacia ellos y les espeta:
-¡Me vais a tocar el rabo del culo!
Ricardo, lacónico casi siempre, pero incisivo, responde:
-Éste se cree Goku.
Aumenta la algazara, todo es buen humor, bromas y fiesta.
Mas, poco a poco la excitación primera se calma. Igual que ventilarse un kilo de mazapán, también la alegría, como sea mucha, indigesta. Arrecia el calor. El cuerpo se siente como un horno: pies y genitales, cojones, vaya, chapalean en el caldo de sudor que ellos producen. De cuando en cuando una ráfaga de aire caliente cruza el páramo. Se va acabando el agua y sólo disponen de un paraguas para guarecerse del infierno. Nada ocurre.
De pronto, una comitiva de caballeros andantes sobre las caballerías de briosos rucios, irrumpen en Puebla de Beleña alborotando la tranquilidad con el estruendo de los cascos sobre la calzada. Tal parecen a Gianni, a quien la torridez del llano empieza a secar en entendimiento trocando motoristas por amadises y lanzarotes.
Ángel ve, por su parte, en lugar de motoristas, guardias civiles cuya intención no es otra que la de cortarnos a todos las pollas y abandonar nuestros cuerpos mutilados y muertos con ellas en la boca. Mira para Victoria y supone que a ella, por carencias naturales evidentes, le meten sus tetas cercenadas, o bien toman prestado un trozo de quien suscribe (la cual ha dicho que prefiere sobre todas), o bien una de las de los guardias civiles, también cortada previamente, claro. Victoria no ve sino arcángeles que han de transportar sobre nubes a Bolilla hasta un taller en el que lo sanan. A Iván se le representan modelos desnudas que bajan al pueblo haciendo el trenecito. Ricardo, por último, imagina que es él quien tripula cada una de las motos de “mierda”, y no quienes de verdad montan sobre ellas. Y que mientras prueba sus capacidades rezonga que si él hubiera tenido una igual, sin duda habría sido mejor.
El único que ve motoristas sobre sus motocicletas es David el Loco, que había aderezado su comida con alucinógenos. Porfía con que son motoristas, a pesar de las juiciosas advertencias de los amigos que le aseguran que mire bien lo que hace, que no son tales los que cree ver, sino caballeros andantes, guardias civiles, arcángeles, modelos desnudas etc. (No sería sino tras de mucho obligarlo a razonar, cuando el efecto hubo pasado, que recapacitó. Aún así seguiría dándose a todos los demonios, pues las malas artes de que lo hacía a él objeto el sabio Frestón, decía, por la mucha envidia que le tenía a su fuerte brazo, habían causado el engaño de resto y luego el suyo, cambiando motoristas por todo lo demás, para estorbar su misión de desfacer vírgenes y poner paz sobre la Tierra).
Los motoristas, al descubrir el pueblo vacío y su único bar cerrado, lo abandonan efectuando graciosas cabriolas y otras muestras de habilidad frente a los viajeros. Los amigos comentan, al verlos alardear:
-Mira a estos gilipollas.
Aquellos, mirando hacia la rotonda, murmuran:
-Mira a estos gilipollas.
Otra vez el silencio, el zumbido de algún insecto que traza una arruga en él, y el calor, sobre todo el calor. Gianni vuelve al baño, un arbusto que crece a cien metros. Se queda con las ganas. El campo le viene bien. El Sol le ha secado hasta el sieso.
Victoria propone jugar una partida de naipes. El asfalto de la isleta en que está dividida en dos la rotonda es su tapete. David el Loco se tumba a requemarse con la solera. Ángel y Ricardo juegan un rato con la pelota, desganados, intercambian unas palabras. Algo hay que hacer. Victoria llama a su padre por teléfono y le pregunta cómo obrar a continuación: intentar arrancar, llamar a la grúa, cambiar nuestros proyectos de futuro. El padre le responde que desde antiguo el Citroen AX, que antes fuera de su hermana… de su hija…de su hija que es la hermana de Victoria, Raquel, tiene la manía de dar la alarma de sobrecalentamiento del motor sin que haya sobrecalentamiento ninguno. Cuando Ángel escucha esto sí que se le advierte a él cierto sobrecalentamiento en el gesto duro que compone con la cara, que ya no es de no poder girar, sino de “si es preciso el coche lo sobrecaliento a patadas”. En esta vida somos capaces de cualquier cosa para que lo que nos sucede cobre sentido.
Pero el coche no arranca. Telefonean a Mario, el padre de Gianni, que promete realizar unas gestiones y acudir al auxilio. Gianni cuelga. Imagina a su padre subiendo en el coche de Victoria y logrando que funcione. Este temor le induce a apostar por un nuevo intento. Se mete en Bolilla, activa el contacto, el motor emite una serie de toses que devienen en un poderoso rugido. ¡Olé, Bolilla! ¡Y Olé, Gianni, a quien la hazaña ha iluminado los ojos! Siente la hombría, la testosterona. De repente, se piensa capaz hasta de dominar un ordenador.
Recogen sus cosas. Suben todos a los automóviles. ¡Adiós, Puebla de Beleña! ¡Adiós, adustos habitantes de la Alcarria! Avanzan 200m y Victoria se detiene, recula y lo apaga: De nuevo la luz.
La discrección natural de Gianni es un muro que no le permite pronunciarse, pero en lo más profundo de su corazoncito le duele la hoja fría de la traición a sus esfuerzos realizados: comprende a Aznar.
Estacionan como antes, en un margen de la vía. Bajan. Están a punto de ocupar el lugar que ya tenían asignado: Victoria e Iván a la isleta con las cartas, David el Loco también, al tueste, Gianni a patear una piedra, Ricardo y Ángel a su conversación. Alguien, es posible que Ángel, que lamenta más que ninguno su malogrado día libre, propone aunque sólo sea por amor de Dios, ir hasta Humanes, buscar una sombra, una sombra de vida.
De modo que recogen sus cosas. Suben a los automóviles. Bolilla sí funciona ¿Cómo es posible? ¡Adiós Puebla de Beleña! ¡Adiós, adustos habitantes de la Alcarria! Avanzan 200m … y tuercen la curva. La luz no se enciende ya, por algún ignorado milagro. Los viajeros no caben en sí de gozo. Se impone cantar, cantar a gritos. Telefonean a Mario porque no precisan ya de su socorro y toman la dirección de Madrid, por donde vinieron. Enseguida superan Humanes, sus casas de ladrillo y cemento al desnudo, sin encalar ninguna, con aspecto de almacenes de chatarra. A la izquierda pasan de largo un bar, con mesitas dispuestas en la puerta. A la derecha, con los últimos edificios, una navecilla sin vanos, alargada y chata, con el tejado de zinc, en la que puede leerse, aunque ciertamente mal porque los colores de las letras están muy apagados, “Taller, Reparación de coches, Grúa”. Ironía. Luego se abren ante ellos las amplias extensiones de verde y unas montañas azuladas, a lo lejos.
A medio kilómetro de distancia se enciende la luz. “La Fortuna, de nuestro mal no harta, tiene tomados todos los caminos por donde puede venir algún contento.” El coche desprende un hedor a goma quemada. No hay más remedio que estacionarlo en un camino de tierra que se separa de la comarcal para atravesar los campos labrados, y pedir una grúa. Otra vez al borde de la civilización pero sin alcanzarla, como tercermundistas. El sitio al que han ido a parar está un poco más alto que Humanes, de modo que pueden contemplarlo en su totalidad: el taller, en primer plano, luego las casas pobres de los márgenes, el macizo de tejados del centro, entre los que despunta un chapitel de iglesia en torno al cual planean unas cigüeñas, ave por excelencia de la provincia de Guadalajara, con sus inmensas alas extendidas, aprovechando los vientos.
Los viajeros empiezan a sufrir la sed de veras. Gianni imagina lo bien que se debe de estar en el bar, comiendo unas aceitunas con patatas fritas, bebiendo una cerveza con limón en jarra helada o un granizado. Se sientan al cobijo de unas cañas que crecen a la orilla de las aguas de un arroyuelo, o cañería, cubierta de vegetación. Si callan, se oye su paso rumoroso. Un grupo de ellos se ofrece para buscar provisiones. El otro espera a que la grúa venga a llevarse a Bolilla, el viejo Bolilla, que ha agotado sus arrestos. A pesar de no haber llegado a conocer las arquitecturas negras, al viajero este momento le produce la melancolía de todo viaje cuando se sabe que se acerca a su fin. Cuando regresa la comitiva, traen helados y agua y Coca –Cola que consumen con fruición. Mientras cuentan chistes y tiran piedras a una señal de tráfico.
Cuarenta y cinco minutos después, Fulgencio, que así se llama el conductor de la grúa, está cargando a Bolilla en su vehículo. Es un anciano, pero se nota en él el vigor de quien ha trabajado duro desde la niñez. Sus dedos son gruesos y fuertes, manchados de grasa.
Sube el automóvil con lentitud funeraria, tirado por un cable de acero. En la mente de los viajeros se agolpan los muchos recuerdos felices vividos en él, las cambiantes imágenes, a través de la ventanilla, de los paisajes urbanos y agrestes: Madrid de madrugada, los colores pardos de Soria, una cuesta pronunciada de Valverde del Fresno, el Mediterráneo gris desde las playas de Valencia. Pese al Sol de verano, la lluvia y la montaña, en el infortunio y en el gozo, así fallaran los frenos, faltara gasolina, quemara aceite, siempre les sirvió bien, imperturbable. El viajero intuye que es la última travesía larga de Bolilla. Ha sido un fiel amigo. Nadie jamás podrá sustituirle (al menos en tanto que no haya dinero), siempre le quisieron, siempre le van a recordar, con las alegrías que le daba al pueblo y con su arte también.
Ángel, David, Ricardo e Iván siguen hasta Vicálvaro en el Clío. Victoria y Gianni acompañan al Citroen en la grúa hasta Plaza de Castilla. En el trayecto, Fulgencio hace varias tentativas para iniciar una conversación. Él era antes conductor de autocares de la Sepulvedana, hace muchos años. Ha estado en muchas partes. Cuenta que una vez, en París, obligó a sus pasajeros a poner encima de las aceras los coches que le estorbaban para pasar; que, otra vez, ciertos topes de cemento que habían sido mandados colocar en el extremo de un puente tuvo que reducirlos a golpes porque no cabía en anchura el autobús; que hace poco derribó una fila de treinta espejos retrovisores de automóviles estacionados porque no podía retroceder. Este hombre implacable si no puede girar tira abajo una casa. Es un renacentista. Él es la medida de las cosas.
La carretera discurre entre cultivos y prados verdes. Atraviesa poblados, entra en la autopista. Los edificios se hacen más grandes. Sus sombras de gigantes se proyectan sobre los pobrecitos, insignificantes, ciudadanos, estos insectos que pululan, agitados por los ritmos trepidantes que impone otro horario laboral y otra rutina. El hombre es el mosquito, la hormiga y la garrapata, de las urbes. Nos despedimos de Fulgencio que se ha convertido en otro de los personajes que jalonan la historia personal de cada vida, con la certeza de que no lo volveremos a ver, de que desde ese instante formará parte de los fantasmas de nuestra memoria.
David el Loco recoge en Plaza de Castilla a Victoria y a Gianni y les transporta hasta Vicálvaro, donde les espera el resto del grupo. Cenan, mal encajados en torno a la mesa de la terraza, unos macarrones (los que se salen del plato de Ricardo), aceitunas, patatas, bollos, y lo mojan con ron, refrescos, zumos de frutas. Bromean, ríen (en la calle está la furgoneta del Equipo Já), comentan las vicisitudes de su andadura. ¡Respirad, chicos, que este aire sólo lo tenemos en Madrid! Oyen los murmullos constantes de la calle. El viajero, al pensar en el destino original de su viaje, cae en la cuenta de los muchos que persiguieron, y no encontraron, una Atlántida, un Eldorado o un Laredo, y regresaron apretando brumas en la mano, pero con los ojos llenos de sabiduría y de nostalgia. Anochece. El viajero mira los rostros alegres marcados por el Sol. Se dice que prefiere como destino la proximidad de la mujer amada, los placeres sencillos de una conversación con los amigos, la buena compañía.
En el camino el 24 de Abril de 2004.
En Coslada, 27, 28, 29, los ratos que se pudo.
VIAJE A LA ROTONDA
Protagonizado por:
Ángel,
Iván,
David el Loco,
Ricardo,
Victoria,
Gianni
Sólo escrita por Giancarlo Ferrari
DOCUMENTO VERÍDICO
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