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¿PARA QUÉ SIRVEN LAS HUMANIDADES?

GIANCARLO FERRARI GOLINELLI
Universidad de Alcalá de Henares

 

En un muro de Madrid se podía leer hace poco una línea atribuida a O. Wilde: “Soy muy despistado; sé, por ejemplo, que la poesía es imprescindible, pero no sé para qué.” Es una reflexión arrojada al aire y al azar. Pero cercana a las preguntas que nos ha arrancado la carrera cuando faltaron personas que nos lo recordaran. La cuestión “¿Para qué sirven las humanidades?” nos ha rondado a todos dentro y fuera de los pasillos.
Al empezar -quizá abundábamos en la inocencia de los primeros años- algunos llegamos a abrigar la convicción de que constituirían un aporte necesario para complementar vocaciones de escritor o de investigador irrefrenables. Bastantes de nosotros queríamos ocupar un lugar, aunque fuera modesto, en el mundo de las letras.
Luego, el humo se nos ha ido disipando de los ojos; los sueños juveniles se corrompen a medida que nos hacemos adultos, o se convierten definitivamente en sueños. De ahí que, poco a poco, fuéramos renunciando, que nos volviéramos realistas y empezáramos a pensar en las salidas más seguras que ofrecían estos estudios: el oficio noble de la enseñanza, un puesto aceptable en alguna oficina de recursos humanos, en una editorial... Una nube de pesimismo nos ha embargado en un momento u otro al pensar en qué terreno tenía aplicación lo que hemos aprendido, en qué profesión existía la posibilidad de contribuir con algo de lo que habíamos cosechado. Los obstáculos para encontrar trabajo no constituyen el principal problema de las humanidades, sino descubrir en qué encontrar trabajo. Ésta dificultad emana de un profundo desinterés, fuera de estas paredes, hacia las letras, y en general hacia todo lo que no se halle bajo mecenazgo del poderoso caballero; no hay más que fijarse, cuando la gente pregunta para qué sirven las humanidades, que lo que están queriendo averiguar es cuánto dinero proporcionan. Conviene tener cuidado para no caer en la misma trampa; la influencia del metal se vuelve peligrosa cuando se extiende hasta hacernos expresar el sentido de nuestra vida cotidiana en términos económicos, cuando se confunde utilidad con negocio. Ya Kant, a quien su época enseñaba el estado de una Palabra devaluada como moneda de cambio, observó eso en su libro Sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime: “Es corriente denominar sólo útil a aquello que satisface nuestra más grosera sensibilidad, lo que puede proporcionarnos abundancia en comida y bebida, lujo en el vestido y los muebles y esplendidez en la hospitalidad, aunque no comprendo por qué lo deseado por mis más vivos sentimientos no se ha de contar igualmente entre las cosas útiles”
Hoy, incluso los intentos de fomentar la cultura barajan los mismos patrones económicos. Se organizan estupendos tinglados para espectáculos del fast book y ferias de novedades; se recurre con asiduidad al marketing del premio literario ( que es, por otra parte, el único modo que tienen los autores de darse a conocer); se lanzan a la venta tiradas de ejemplares cada vez mayores; se escribe en cantidades industriales… Y, no obstante, ocurre con los libros como con los diseños de pasarela, que cuanto más modistos hay menos ropa llevan las modelos. En España se publica mucho y se lee poco, o se lee mal, bajo el agobio de la prisa, en los cinco minutos entre parada y parada en el metro, porque los horarios que imponen las grandes ciudades no permiten entregarse a un placer que exige la paciencia y el recogimiento de “quien va a cultivar su jardín”, como dice el poeta granadino Luis García Montero en su ensayo titulado ¿Por qué no es útil la literatura?.
No. Un libro debe ser disfrutado como la catadura de un antiguo vino, las palabras deben deshacerse en la boca, las reflexiones deben hacer sentir su propio peso en la conciencia. Y ello resulta incompatible con una cultura de la carrera del primer al segundo empleo, y en la que se antoja una aberración no llenar el tiempo vacío con cursos que permitan acceder a más empleos que permitan acceder a mayores sueldos.
En España no se lee. Las autoridades han dado la alarma. Los jóvenes no son capaces de retener la idea principal de un texto, carecen de nociones de historia, de geografía, de arte, ni siquiera parece que sepan sumar correctamente sin utilizar los dedos. Así cómo van a tener la ideología cuya falta ya los mayores achacan a nuestra generación. Francisco Umbral trata este tema bastante bien en un artículo publicado en su sección periodística habitual de Los Placeres y los Días. En él habla de la regresión de la juventud al primitivismo fomentada, paradójicamente, por quienes quieren sacarla de la estupidez y de la abulia a la vez que la entregan al mercado de la imagen, por lo general a la más sucia imagen, aunque también la que da más dinero. Sus palabras lo describen mejor: “Ahora se mira y se oye, y hay sitios madrileños donde los chicos y las chicas patinan mientras ven un vídeo portátil y colectivo, gigante, y llevan los auriculares puestos porque no hay que perderse la última movida post-rock, en un inglés que, por otra parte, tampoco entienden.”
Estos jóvenes se van a sentir muy perdidos. De momento se han aferrado por necesidad a sus propias creencias: han echado por tierra los viejos iconos y ya no le lloran a la virgen del Rocío, sino a David Bisbal; las respuestas a las preguntas primigenias no las buscan en Kant, en Sartre, en Sócrates, sino en Tauro o en Piscis. Un día necesitarán nuevos asideros, o tener la impresión de que participan en algo. Entonces, su desconocimiento de la actualidad y de la historia les hará afiliarse a consignas vacías, romper las lunas de los establecimientos, luchar, a lo peor, por el derecho a no tener derecho a nada. Por supuesta rebeldía y por falta de rumbo confundirán el viento y la veleta.
La tarea de las humanidades debiera ser combatir esta deshumanización. Recordemos el esplendor del Renacimiento, la revolución cultural que supuso la aparición de la figura del humanista, el cambio de pensamiento que trajo, desplazando las preocupaciones del hombre sobre el hombre mismo y devolviéndole la atención que merecía. Grandes humanistas se formaron precisamente aquí, gracias al impulso del Cardenal Cisneros, fundador de esta Universidad, desde que en 1509 tuviera lugar la apertura de las aulas. Por aquí pasó Francisco de Quevedo, Lope de Vega, Juan Valdés, Santo Tomás de Villanueva, Calderón de la Barca… Sigamos el ejemplo de la actitud emprendedora que les dominó. Comencemos por pedir a nuestros estudios un acercamiento mayor a los avances científicos y a los conflictos políticos actuales antes de que se nos indigesten por querer abordarlos con materias a las que no hemos quitado las telarañas. Que nadie diga que somos Quijotes con celadas de cartón, con bacines por yelmos, con espadas herrumbrosas. Humanicemos la historia aproximándola a los pueblos. Pongamos más atención en el papel representado por el anónimo que en la Catedral de Santiago puso, del muro, piedra sobre piedra; que es el mismo que siglos más tarde peleó contra la ocupación alemana de Rusia; que siglos antes había levantado una casa modesta en las afueras de una Roma floreciente. Defendamos una tolerancia racional basada en la comprensión. Empleemos el silencio para escuchar a los otros y a nosotros. Sepamos ver a través de la superficie feliz de evidencias que hacen aparentemente fácil la vida, y neguémonos a aceptar el saldo de las víctimas de los hechos atroces traducidos a números; sin perder la objetividad de un análisis riguroso, que los acontecimientos históricos dejen de constituir, parafraseando a E. Cioran, una burla de las valoraciones morales. De otro lado, no sería una mala idea empezar, desde aquí, y por nuestra cuenta, a escribir el contrapoema del “Hombre preso que mira a su hijo”, de Mario Benedetti, para que “libertad” no termine convirtiéndose en una simple palabra aguda, para que “muerte” deje de ser tan grave o llana, que “cárceles” no se nos vuelva muy esdrújula, que no olvidemos poner el acento en el “hombre”.
Y humanicemos, en fin, nuestra vida cotidiana. No nos transformemos en el individuo gris que sale de las oficinas en silencio, a quien la rutina ha borrado las preguntas de los ojos. Podemos hacerlo porque nuestros estudios nos han proporcionado los medios adecuados. No merece siquiera una mirada de desaprobación quien sea capaz de dudar de su importancia. ¿Tiene sentido conocerse a uno mismo? ¿Es útil acceder al engranaje de la historia, a nuestros sentimientos, y a sus posibles razones?
A mí me gusta mucho recordar una frase que A. Machado ponía en boca de Juan de Mairena: “Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”.
Una gran parte de los que hemos asistido a este acto terminaremos en los próximos meses la carrera. La mayoría no nos volveremos a ver. A ellos y a los demás quisiera desearles buena suerte. Buena suerte. Y que las preguntas no se os borren de los ojos.

26-4-2002
Giancarlo Ferrari
Universidad de Alcalá