Despertar
El despertar tras tantos años duele. Tras tantos años durante los que me creía en el verdadero camino, a veces incluso en el mejor que para mí existía y que me daba la impresión de que había acertado.
Parecía fácil, lo único que tenía que hacer era seguir adelante, todo recto. No era necesario que me empeñara mucho en reflexionar sobre otras alternativas, modificaciones, correcciones de rumbo. Era una burbuja cómoda.
Pero nada más que una burbuja; que me engañaba, deslumbraba, y que me hizo creer tanto tiempo que mi vida dentro de ella estaba en orden, que de todas maneras no era deseable asomar la cabeza y arriesgar un vistazo a los alrededores.
No parecía necesario.
Ahora, al despertar, tengo que enfrentarme a la amarga verdad de que se trataba más bien de una jaula.
Al pájaro nacido en cautividad le debe de parecer muy fácil y cómoda la vida dentro de su propio mundo encerrado, no se tiene que preocupar por nada, le dan de comer y beber en abundancia como no le ocurriría nunca en libertad. No va a venir ningun gato a devorarlo, no tiene por qué temer el invierno que no va a agarrarlo nunca con su puño de hielo.
Hasta que ve a un compañero delante de la ventana cantando en un árbol que se balancea con el viento.
¿Por qué le parecía tan normal y perfectamente en orden su vida en la jaula?
¿Por qué no le estrañaba que ni siquiera tuviese el espacio suficiente para estirar bien las alas?
Quizá soñase con volar sobre un bosque, las montañas o el mar algunas veces.
Quizá le parecieran raros esos sueños, tentadores y aventureros por un lado, pero quizás también le dieran miedo el viento, la silueta del lobo a lo lejos, las olas del mar allí abajo.
Y luego, al despertarse, estuviera muy aliviado, agradecido, sientiéndose seguro en su pequeño mundo particular, su cárcel.
Pues, no había visto nunca el mar de verdad, ni el bosque, ni las montañas; no conocía sus olores, ni sus sonidos, ni los secretos y la mística que los rodean para que él los descubriera.
Tengo la impresión de haber venido por la autopista, todo recto. Una vez que la has encontrado ya no hace falta invertir mucha energía en pensar, es un trayecto rápido, sencillo, aparentemente infalible. Parece imposible perderse. Sólo hay que seguir la interminable franja de calzada que está a tus pies, invitándote, seduciéndote, deslumbrándote.
Luego, cuando arriesgas una cauta mirada a la derecha o izquierda y ves los pintorescos pueblos y los arroyos que serpentean por los prados, te das cuenta de que hubiera valido la pena mirar con más atención el mapa antes de decidirte por una u otra ruta.
En la autopista la velocidad te impide ver los detalles del maravilloso paisaje que te rodea, la densa circulación y la ley prohiben que detengas el coche.
Yo lo he hecho sin embargo. Durante un rato contemplé desde lejos la variada vida en las aldeas por las que va la vieja carretera ya bastante estropeada por el paso del tiempo, con muchas curvas y pendientes donde atraviesa las montañas.
Sin conocer a sus habitantes, sin saber nada sobre sus costumbres e inquietudes me han dejado enganchada con el irrestistible deseo de ir conociéndolos. Me han abierto los ojos a la monotonía, indiferencia e ignorancia de la autopista.
Me siento tan atraída por un imán enorme que, por fin, ha logrado rectificar la aguja de mi brújula y hacerla reconocer su verdadero destino que me resulta imposible seguir en la calzada.
Siento el insoportable deseo de rebobinar el tiempo, de poder volver a empezar donde hubiera tenido la elección, la oportunidad de mirar algo mejor el mapa y luego, con una pizca de valentía, emprender el viaje por la pequeña carretera con las piedras en la calzada y algunos tramos inundados por la última lluvia.
Por la autopista iban todos, era fácil unirse a la corriente.
Podría volver a unirme a ella, esperando que la próxima salida no tarde demasiado en dejarme escapar de una manera más ordenada, más normal. Pero esto no se sabe, es una incógnita.
De momento, me siento tan atraída por mi destino allende el campo que me parece más viable dejar atrás el coche e ir andando por la hierba.
No conozco a la gente que vive allí, puede que haya lobos en el bosque, que empiece a llover o que haya tormenta, que tarde más de lo que pienso, que se me acaben la comida y el agua, que llegue tarde al albergue y ya no queden plazas.
Lo que sé con certeza es que ya no puedo aguantar la monótona corriente demasiado recta en la autopista que me deslumbraba y despistaba con tanto éxito y tanta facilidad.
Karin Schlensog
Mi agradecimiento
a Teresa y David por
sus sugerencias en
la revisión de este texto
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