La Llamada.
I
Era alba de primavera,
fresca el agua del rocío,
rosácea la flor de almendro,
limpio el aire y cristalino.
Era la Luna creciente,
y sus tardos cuernos blancos
relucían en el cielo
todavía sin descanso.
Fue en los bosque traicioneros
de a orillas de la locura:
arruó el jabalí bravo,
baló el ciervo en la espesura.
La Diosa se despertó;
sus labios de verso puro
sonrieron densamente,
e hinchó su pecho de orgullo:
"¡Llegad hasta mí - clamó -,
requiero vuestro compaña!
Danzad conmigo la orgía
del cortejo de la caza.
¡Yo soy la virgen lasciva,
la ménade recatada!
La discípula traidora:
Nimué la bien Amada.
¡Yo soy Diana Artemisa,
soy la belleza intocable!
Ninguna presa me huye
si mi brazo el arco blande.
No hay en mis ojos clemencia,
mi natura no es piadosa:
mi inocencia no contesta
contra el orden de las cosas.
Mi piel de diosa, desnuda,
es deseo y es delirio:
¡yo soy joven, yo soy bella,
soy virginidad e instinto!
¡Venid prestos a mi encuentro!
El cortejo ha comenzado:
elegiré a mis poetas
de entre los más diestros bardos.
¡Llegad a mí, pretendedme,
y venerad mi hermosura!
Mas hacedlo con nobleza
o desatareis mi furia.
¡Penetrad en mi floresta,
mi rostro admirad con júbilo!
Mas hacedlo con destreza
y nunca más de lo justo.
¡Yo soy la del carro argénteo,
Rianón Virgen de Plata!
¡Soy la náyade en el río,
la oréade en la montaña!
Yo os ofrezco la alegría,
la frescura descuidada,
el harén del alborozo,
la libertad, la esperanza.
Yo os ofrezco el desafío,
el reto de conquistarme:
la intensidad del momento,
la fugacidad amante.
Mis promesas insinúan
besos, quizá, de mi boca:
¡acudid a mi llamada,
la Doncella es que os convoca!"
II
Latía la madrugada,
y con su brisa el alivio
de las noches de verano
temía del Sol impío.
La Luna llena de sangre
traía escarlata el hálito;
ronroneaba la gata
celosa en el roble pardo.
La simiente de la hierba
soñaba en la tierra húmeda;
las tórtolas arrullaban
su cantinela en la gruta.
Abrió sus profundas fauces
el encarnecido útero
de las cuevas, y la Diosa
comunicó con el mundo:
"¡Venid a mí - prorrumpió -,
oh, mis hijos, mi prosapia!
¡Entregáos a mi abrazo
amparador! Yo soy Gaya.
¡Yo soy la Amante, la flor
que abre pétalos al alba!
La que crea y reconstruye,
la perseverancia isaica.
Yo soy la lágrima eterna,
soy la misteriosa Badbe;
soy el vientre primigenio,
la que os protege y complace.
En mi matriz gesta el niño,
de entre mis entrañas brota;
en mis pechos se amamanta,
entre mis brazos implora.
¡Yo lloro vuestra aflicción,
me estremezco en vuestro frío!
Yo soy Niena, la sangre
que riega vuestro camino.
¡Yo sola, cuando estéis solos,
os voy a ofrecer amparo!
¿Quién soy yo, si no María
dos veces ante el Calvario?
¡Yo soy la Eterna Dadora!
El amor fértil, la rubia
cabellera de los campos
de trigo cuando maduran.
Mi carne es dorada espelta,
mi viva piel oro puro;
soy la preñez de la escanda,
soy Deméter, dulce arrullo.
He aquí lo que os ofrezco:
aceptad de estas las palmas
de mis manos la caricia
que os arropa, peina y lava.
Tomad mi favor sincero:
yo os tiendo mi voz sensata,
vuestra sea en mi regazo
la paz serena del alma.
Yo soy la intuición que guía
vuestra senda, vigilante:
soy el celo incestuoso
que os envuelve y sombra os hace.
Tan sólo yo he de acogeros,
pues soy la progenitora:
¡acudid a mi llamada,
es la Madre que os convoca!"
III
Era la noche de invierno,
el cielo negro y plomizo;
voló la estrige: llevaba
en su pico el miedo asido.
Era la Luna menguante,
de azul profundo su halo;
aulló el lobo, graznó el cuervo,
ululó el búho anciano.
Desde el polvo de la tierra,
desde la sima en las brumas,
la Diosa entreabrió los labios
de su boca moribunda.
Manaron de su garganta
la plaga y el beso súcubo:
¡amó la Madre Terrible,
resucitó el Inframundo!
"¡Llegad a mí - susurró -,
venid a mi encrucijada!
Sacrificáos, mis hijos,
que os espero: soy la calma.
Yo soy Hécate la Oscura,
yo soy Morrigán la Arcana:
soy la señora del pánico,
soy la Amante y soy la Amada.
¡Contempladme!: yo soy muerte.
¡Saciadme!: yo soy el hambre.
¡Amadme!: yo soy la mantis,
el vientre regurgitante.
¡Venid y regocijáos
en mí! Soy la que devora,
la de la vulva dentada,
la postrera de las cópulas.
¡Besad mis pies de alabastro,
abrazad mis muslos fríos!
Llorad sobre mi regazo:
yo os acomodo en mi nido.
¡Yo desentraño el enigma,
yo os ofrezco lo velado,
el secreto de las sombras,
el corazón del espanto!
Mis manos sangrientas tienden
la quietud de la penumbra,
el descanso del olvido,
el reposo de la tumba.
Yo soy la dulce venganza,
yo retribuyo el abuso:
¡soy Némesis, soy las Furias!
Soy el agua estigia y fluyo.
Pues yo soy la voz oculta,
la sierpe que se derrama
en la carne del abismo,
en las antiguas moradas.
Yo soy la yegua nocturna
que en pesadillas cabalga:
mi almohada son los sueños,
sus sábanas mi morada.
Anido entre el alarido,
me satisfago en la sangre:
el suicidio del poeta
es mi anhelo delirante.
Yo soy la sabiduría,
soy el mito del rapsoda:
¡acudid a mi llamada,
es la Anciana que os convoca!"
Toni M. Jover, febrero de 2005
En memoria de Gustavo Adolfo Bécquer,
John Ronald Reuel Tolkien
y Robert Graves.
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