PRÓXIMA PARADA: LAVAPIÉS
Desde aquella mañana fui un buscador de colores.
El gris pululaba en todas direcciones y sentidos antes de amanecer. Todo ahumado por el hastío. La ciudad hervía de gris: maletines plenos de explotación; cartillas a corto, medio y hasta largo plazo; caras de apatía enfundadas en gafas petrodoláricas que no dejan encontrar miradas; portátiles y móviles quietos o radiodinamitando frágiles oídos desinformados.
Vagón de metro gris monocorde...
Cuando pasadas unas estaciones entraron por los extremos dos grupos: unos africanos probablemente del golfo de Guinea y varios ecuatorianos. Marimbas, djembés y coras; guitarros, ocarinas y dulces versos. Poliritmia y melodías; éxtasis y ensoñación. Las dos bandas tocaron a un tiempo y desde mi sitio podía fusionar dos culturas mientras la música iba, venía, se cruzaba, germinaba. Las notas de un lado y otro del planeta se abrazaban.
Por mi cabeza discurrían colores.
Quizá la globalización podría nacer de un instante. De un encuentro. Desde la igualdad diferenciada, en unidades plurales. Sin fondos billetarios ni foros del neocapital, sin porras ni hijos póstumos de la violencia. En viejos instrumentos de maderas crecidas en las antípodas y tañidos por corazones nuevos.
Huída del gris...
Al bajarme en Lavapiés y salir hacia mi ronda por las tabernas vendiendo libros de viejo, vislumbré sobre los edificios anclados en el Madrid mestizo (antaño castizo, valga la rima por las ideas de cambio que sugiere), asomó –decía- un arco iris luminoso. El mismo que sembrado en los fondos del vagón crecía bien abonado por el éter colorista de aquel barrio.
Comienzo de un boceto sobre añoranzas futuras.
Nadie podrá traer el gris pos estos lares, seguía diciéndome mientras cruzaba el umbral de la Taberna Encantada, allá por Salitre. Mis viejos libros en la mano, mi espíritu mucho más joven en el pecho, mis utopías siempre nacientes en el deseo.
El arco iris sobre el horizonte castizo, digo mestizo, buscando colores...
|