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Teatro alternativo
Había quedado con Strella,
en un domingo gris como opción al sempiterno sofá, estaba ya molesto con él, siempre me mecía y cantaba cual sirena, me encerraba en sus brazos, como una mujer que ama desesperadamente.
Conseguí escapar pues, pero como suele pasar cuando la obsesión se hace de ti, lo hice de manera torpe, forzada. Es tal como si solo preocupara la escapada, como si la idea de lo que es la relación compleja con el sofá/mujer se reduciera a la escapada y no contemplases los sucesos posteriores, hechos que cualquier mente sana valoraría y que tanto desconcierto crean.
Así, salí con demasiado tiempo y me encontré en la calle, sin rumbo ni destino. Tras fumar, decidí pasear para ganar algo de tiempo e ir a ver a los sofisticados y guapos que se reunían en la plaza regida por la gran iglesia. Hice mi tiempo, me enfrié el trasero en el frío granito de los bancos y hable brevemente con HAquim. Cogí entonces el coche en destino de mi cita, hubo en el coche pensamientos funestos y derrotistas que me intentaron avasallar, pero los deseché con cierto desparpajo, reflexionando entonces sobre cuan fácil me había resultado hacer esto, y en cuanto y en cuantas ocasiones me había regocijado con ellos, a pesar del dolor que causaban y de la parálisis que causaban a mi vida.
Llegue supuestamente tarde, Strella me había apremiado telefónicamente, un poco atolondrado, "hablar con Haquim es lo que tiene", salude a Strella y sus dos compañeros. Uno de ellos hermano de uno de los dos artistas que conformaban la compañía, otra novia del hermano del artista. Ella me recordó entre fervorosa y asustada, si sabía de que iba la obra y me reiteró que era “teatro alternativo”; “Si, -dije yo-, de algo me han avisado”. Él recordó que su hermana hacía cosas "muy muy raras".
Que fueran dos una compañía de teatro ya me chocó, y cuando Strella me pasó un folleto del ciclo, he de confesar que en mi fuero interno, me estremecí un tanto. Un folleto de naranja estridente, como portada una foto en la cual había un hombre desnudo en medio de un terreno árido, con los brazos extendidos, subido en una especie de anilla de tronco, a él le surgían alas de mariposa pintadas con un rotulador.
Después me enteré que eran dos obras, lo cual casi me tumba, no había escapatoria, habría de sufrir-lo hasta el final y habría de negarme a todo tipo de comentario realista. Algo de sentido común me queda, le dije a Strella mientras fumábamos afuera, lejos los oídos susceptibles, y comentábamos el probable horror al que nos enfrentábamos.
Entramos y no pude evitar que el gay de turno solitario y con ganas de rabo se sentara a mi lado, la sala se llenó, no había escenario, solo sillas en un salón gigante y oscuro, unos pequeños cojines no aptos para grandes culos, y objetos, varios objetos dispersos por el salón.
Arrancó el chileno de nacimiento, con una canción que alguien recordó a posteriori ser obra de Perales, cantaba regular, sin chispa. Para aquella actuación parecían haber tirado la casa por la ventana y habían contratado a otro actor, delgado, con bigote, traje y monopatín. Allí en el fondo, encendió una pequeña lámpara que había en el suelo y comenzó a patinar. El otro encendió una Tele y su video, imágenes urbanas, sonidos de obra y tráfico. Volvió a su sitio y danzaba con los brazos, con el cuerpo, con una breve luz en sus pies. Es ahí que apareció ella, con la cara de blanco, con grueso jersey de lana de colores, con rosas zapatos de tacón, entró en su pequeña y cuadrada plataforma de danza, justo enfrente de nosotros espectadores, justo al lado del carro de las bebidas de las que una tenue luz verdacea surgía. Y empezó a zapatear, el otro danzaba y el skater acompañaba el taconeo con el ruido que sus ejes emitían en el zig zag. Formaban una especie de triangulo a lo largo y ancho del salón. Ella danzaba y danzaba, el skater empezó a dar saltos, montaban sonidos estruendosos que ahora se acompañaban del ruido de las obras que acometía la tele y de la muda danza del chileno. Pararon, sudando ya los tres, y en silencio, fumaron un porro hecho por el skater, ella, después, fumó tabaco; casi asfixiada ya, bebía vino del botellero y comía ganchitos, era la herrumbre y la degeneración del indigente. El skater, en el fondo del salón, jugaba con otra lámpara, emitiendo con la luz, su cuerpo y la pared, destellos y formas; se roció entonces con un spray por su torso ya desnudo, por su pierna, por su brazo, se vio entonces infectado y calló lentamente al suelo....
Sucedieron más cosas allí, cosas sin argumento. Ella partió, ya borracha, dos botellas de cristal verde con la suela de su zapato rosa, los cristales le saltaron a la cara; el skater estuvo saltando sobre una montaña de barras de pan....cosas sin sentido que emitían emociones, representaciones fatales del abandono y de la soledad. El teatro alternativo era teatro real.
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