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AUTOESTIMA O COMER SANO
¡No hay respeto!, murmuraba yo mientras me pisaban dos renacuajos
de unos 12 años que no paraban de incordiar, en la interminable
fila para comprar el pan que estoicamente aguantábamos con
la mejor cara posible.
Me sonreí al escucharme con esa altivez y recapacitando
llegué a la conclusión que, o bien el complejo de
superioridad que otorga la “madurez” nos concede tal
poder , o bien lo confundimos con la envidia por haber perdido la
capacidad de poseer esa insultante energía y arrogancia del
que no tiene miedo a nada tangible, pareciendo estar ajeno a la
teoría “rollo” de la causa-efecto.
Llegas, por este camino, a la conclusión de que las consecuencias,
tenerlas en cuenta está muy bien, pero el miedo a ellas condiciona
en exceso nuestras actuaciones, nos limita hasta el punto de perder
la individualidad y hacernos demasiado iguales a los demás,
cuando en nuestro interior guardamos esa energía que, quitándole
esa edad inestable de la pubertad, nos daría una personalidad
que muy poca gente alcanza, a causa del que dirán, o por
sumisión pero, al fin y al cabo, siempre miedo, cuya cobardía
nos hace escudarnos en ese aire prepotente para confundir a los
demás y engañarnos a nosotros mismos.
Por ello, el respeto es imprescindible, aunque también
hacia uno mismo, porque desde la individualidad se puede alcanzar
un fin con los de tu alrededor.
Aplicando de este modo la palabra respeto podemos desarrollar
nuestra personalidad sin miedo, pero siempre adaptando nuestra individualidad
al colectivo de manera natural con ese mismo respeto a los demás,
ya que, si es verdad que la falta de autoestima lleva al miedo y
la sumisión, no es menos cierto que el exceso conlleva el
egoísmo y el avasallamiento que solo es comprensible acompañado
de los 15 años, pero que después provoca, no sólo
conflictos sino el intento de que el prójimo padezca la sumisión
y, por lo tanto, la falta de respeto hacia el que queremos imponer
nuestros criterios e incluso deseos.
Enfrascado en mis divagaciones me encontraba cuando observo atónito
como una amable anciana se me colaba al grito de ¡No hay respeto!,
mientras se llevaba las dos últimas barras de pan, mi autoestima
con ganas de hacerla el cangrejo ruso, y el respeto a las personas
“maduras” dejándome que coma sin pan que, al
fin y al cabo, dicen que más sano y ayuda a mantener la línea.
Por cierto, los chavales, al ver la cara que se me quedó,
se desternillaban en mis narices. ¡No hay respeto!
Albator
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