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Hasta la noche.
No sabe por qué y tampoco se ha atrevido nunca a preguntar
si alguien comparte su rutina, pero el caso es que cada mañana,
inmediatamente después de que el maldito despertador le invite
a disfrutar de una nueva jornada de monótona realidad, todavía
en la cama, sin fuerzas ni ganas para levantarse, bajo el calor
y el peso de su viejo edredón, le da por hacer un repaso
rápido de su vida más inmediata, de lo que sucedió
ayer, de lo que le espera hoy y de lo que pasará mañana.
Nada. En realidad, poco más que nimiedades, discusiones sin
importancia, dudas existenciales, hastío de la realidad,
de su realidad, de lo que le rodea, de lo que le atormenta, el no
encontrar un sentido o un estímulo a su vida... Angustia.
Un día más, el coñac sustituirá al café,
se convertirá en su mejor aliado para afrontar lo irremediable.
Ducha de agua caliente. Agua fría. Sale sin fuerza y la caldera
no funciona. Qué importa. Él no lo arreglará
y tampoco le pedirá a nadie que lo haga. Así mejor.
Le han dicho que es bueno para la piel. Un consuelo. Con la misma
ropa de ayer, caminito al metro. Es todavía de noche, pero
decenas de personas se dirigen a la misma boca que él. Nadie
mira a nadie. Nadie conoce a nadie. Bueno, quizás sí.
Pero no se hablan. Miradas perdidas. Todos tienen una dirección,
un destino, o deberían tenerlo para estar levantados a esas
horas de la mañana. En el andén, la usual y esperada
concentración de personas no le impiden sentir un profundo
desazón. Hastío. Odio. Al poco tiempo llega el metro,
pero resulta imposible subir al vagón. Seguramente no es
imposible, pero no encuentra fuerzas para pelearse, para empujar,
para aplastarse a sí mismo contra un grupo de desconocidos.
Se acuerda otra vez de Tokio, de lo que le han contado, de la gente
siendo introducida a empujones en el tren por los propios trabajadores
del metro. Es lo que hay. Es el sistema. Hay que producir. Llega
el siguiente tren y la situación no es mucho mejor, pero
no le queda otro remedio que subirse o volverá a llegar otra
vez tarde a la oficina. A su jefe no le importa si el metro iba
hasta los cojones de gente o si el autobús se ha quedado
atrapado en un atasco. “Si quieres, puedes levantarte media
hora antes, así te evitas sorpresas”. En el vagón,
alguien canta y toca una de esas especie de guitarras que seguramente
tendrán un nombre pero que, cómo no, desconoce. Es
peruano. Vamos, ni idea, pero a él le parece peruano. Le
recuerda a una cinta del padre de uno de sus amigos. ‘Cantando
en el altiplano’. Una pareja. Se tocan. Golpes de mondongo.
Se besan. Despedida. Hasta la noche. Un par de viejecitos se las
arreglan como pueden para no caerse. Tres chavales van sentados.
Escuchan música. Algunas personas leen. Eso le gusta. Es
uno de sus mayores entretenimientos, analizar qué es lo que
lee la gente, mirar sus caras, cómo pasan las páginas,
como las marcan... Él no lleva nada para leer. Bueno, sí.
Pero en la cartera. Ni ganas de sacarlo de allí. Es un libro
largo y denso. No es capaz de acabarlo, pero tampoco lo abandonará,
nunca lo ha hecho. Estación de destino. Paso ligero. En las
escaleras todos suben, pocos bajan. Un periódico. Otro. Otro.
Uno deportivo. Un folleto. Otro. Academia de informática.
Clases de árabe. Meditación. Yoga. Un reguero de papeles
le conducen hasta el paso de cebra. Él también los
tirará, pero no se atreve a hacerlo a la vista de quien se
lo ha dado. ¿Respeto? A ellos no les importa, les pagan por
entregarlos. Da igual. Los tirará en un contenedor de papel.
Por fin llega a la oficina y su jefe le mira con cara de asco. No
se aguantan, pero no le echará. No se atreve o no le apetece.
Por fin llega a su sitio. Saluda. Enciende el ordenador. Emails.
Más emails. Llegan facturas. Citas. Negocios. La misma gente.
La misma mierda. Comienzan las llamadas. Una tras otra. Hasta la
noche.
Pablo López Gil
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