Siempre que escribo después de tanto tiempo, lo primero es un lamento, por la falta de letras.
Pero es un lamento de calentamiento, para empezar la rutina y para que las palabras vengan a mí. No siempre lo hacen, escribir se vuelve una tarea endiabladamente difícil, requiere cada vez un mayor esfuerzo. Las temáticas a tratar son siempre un problema. Aunque hoy la temática es fácil, hablamos del regreso, de la reentrada en la morada. Más de un año después vuelvo a entrar por la puerta de la mansión, de la vieja casona en la que viví, y su olor es el mismo, y los muebles que la cubren son casi los mismos. Ver que nada cambió, que todo quedó tan bien que nadie quiso cambiar nada. Los dos sofás que conseguimos agenciarnos siguen rigiendo el salón, el purpura que olía a gato y el blanco que resbalaba como el jabón con el que lo limpiamos, frotando con rabia y con ganas. Aquel que gustó blanco, y aquel controvertido violeta, son los reyes del salón.
Y mi cuarto es un habitáculo con vida y muebles, pero al abrir la puerta lo volví a imaginar en su estado cero: cama, carrito, estantería y perchero. La mínima expresión, el espacio en todas partes, las paredes ocres y oscuras, la vieja lámpara aristocrática. El nuevo sofá, la alfombra y los muebles, me parecen el atrezo de una escena teatral que se esta rodando ahora pero que dista de la realidad de ese cuarto, de sus tres grandes, altas y enrejadas ventanas, de las sombras que proyectaban los barrotes, de la vista del deshabitado edificio de enfrente.
El pollete de la cocina sigue alto, con su barra para gigantes, con su barra sevillana donde tapear y comer como barbaros. El salón es un campo de futbol sala de viejo parqué, las ventanas gigantes puertas hacia el exterior, la terraza esta desolada, la barbacoa que compramos tirada y oxidada, igual que aquella que encontramos justo cuando entramos en la casa. La mesa verde, con sus sillas verdes y blancas, con sus extraños tapices ambientales. Ahora encima de una de las chimeneas cerradas anda Audry Herbur, en blanco y negro, mirando por encima del hombro, con aquel largo cigarrillo. Parece como si siempre hubiera estado allí. Los viejos candelabros retorciéndose, apagados, con velas que ahora mismo voy a encender. Ya, encendidos! Y esta casa, que no requiere luz, el salón y sus 6 enormes y enrejadas ventanas que dan a la calle. No requerimos más luz, que las de las dos bolas, similares a farolas sin palos, que se apoyan en el suelo.
Ya solo queda que llegue Jan de Uk, la tortilla esta preparada, el lomo y el queso, la ensalada. Más tarde llegará Anne, le he prometido que le guardaré un poco de tortilla. Me acuerdo de aquellos finlandeses verdes, políticos y arrogantes, vegetarianos; quedaron embelesados de un plato desconocido y mítico que llenó su vida de sabor.
En la nuca, me entra el viento fresco, por los entresijos de las viejas ventanas, apoyado en el blanco sofá. No me queda más que esperar y mientras tanto escribo, con la música en este momento de los confabulados Animal Collective, con la sed calmada, con el regusto de la maes, con la tranquilidad propia de la casa, con la vista cansada y relajada, sin pitos que fumar, con fortuna por un tubo, con el reloj del que renegaba puesto y con los nuevos pantalones de pana. Con el jersey de color verde indescifrable.
Todo es perfecto. La madre de Jan murió a principios de mes, cáncer múltiple, lenta agonía.
Assandaza
Pdt:
Y las calles llenas, de niebla, y las luces enfocándolas y ellas contentas y gobernantes
As sandaza |