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UNO DE LOS MíOS

 

En el interesante mundo de la relaciones humanas, unas veces tan complicadas y otras veces tan sencillas sueles encontrar alguna gente con la que no es necesario utilizar ese esfuerzo añadido, esas coletillas tan poco propias como “bueno, eso es lo que pienso yo”, “si no te parece mal” o incluso “es cierto, tienes razón” cuando tu contertulio habla sobre algo que es de manera absoluta interesante pero que desgraciadamente no has prestado la atención necesaria. El hecho es que en nuestro devenir topamos con determinados sujetos que parecen ser reflejos de nuestro yo con ciertos matices y características particulares. Gente con la que te cruzas en la vida y con la que mantienes una conexión personal superior al resto de relaciones que hayas tenido. En estos singulares casos las conversaciones fluyen de manera circular, las sensaciones son sinceras, no hay impostura alguna ni aparente fachada. No es necesario intentar agradar o mostrarse excesivamente alegres y cualquier referencia que se emplea es entendida por el otro sin necesidad de una explicación añadida.

Estos curiosos sucesos pueden encontrar su razón de ser en el hecho de pertenecer a una misma generación, aunque el concepto de generación no debe ceñirse únicamente a gente comprendida dentro de un margen cercano de años sino al hecho de recibir las mismas influencias, pertenecer a entornos parecidos y con trayectorias o experiencias similares.

Pero ¿Cuál es el origen de estas conexiones? ¿Por qué se producen estas maravillosas colisiones? Es algo cosmogónico o simplemente la paridad de caracteres, una presencia agradable, una mirada huidiza, un gesto amable o una frase cómica vienen a descifrar de manera simple y concisa el entramado que estructura las relaciones humanas. No se trata de algo que busquemos premeditadamente ni son encuentros conseguidos de manera forzada. Al menos así es como funciona en mi caso. Suelo percibir en cinco minutos si la persona que tengo delante va a convertirse en  “uno de los míos “, un amigo fiel, un miembro de mi círculo, unos pocos con lo que compartiré mi recorrido vital, personas con las que podré contar para cualquier cosa. 
Gente que pasado el tiempo seguirá siendo igual pese a ciertas modificaciones y parece que ayer estuviste hablando con ellos cuando en verdad han podido haber pasado años de incomunicación. No es algo que suceda de manera habitual, son tres o cuatro amigos a lo largo de mi vida con los que tengo esa especial conexión, ese extraño vínculo de sangre (como la película de Sean Penn). Puede parecer abstracto. Se tiene, no hay explicación racional. Es algo instintivo y por tanto inexplicable. Se nota, se siente, el futuro ya es presente. Son sensaciones o esa odiosa palabra anglosajona feelings que tiene nombre de pub.
Es diametralmente opuesta, por poner un ejemplo, a la relación que puedes tener con tu jefe, con el que continuamente mides tus palabras y reacciones, tu conducta es tensa y te sientes examinado como en una partida de poker. En definitiva, no puedes fiarte de él, porque tu instinto sabe que “el  no es tu amigo”.
Quizás sea el mero destino el que nos une o da las circunstancias favorables para que sucedan esos encuentros. Sin embargo, la respuesta es mucho más sencilla y radica en la expresión “uno reconoce a sus semejantes”. Somos como son nuestros amigos y por eso nos aproximamos a gente que se parece a  nosotros mismos.

 

Francisco Javier Romero Ruiz