“ El día quince de mayo, festividad de San Isidro, patrón del pueblo de Madrid, se celebrará un grandioso espectáculo en el Azoguejo de Las Compras, a las cinco en punto de la tarde. Serán protagonistas del mismo seis preciosos animales, seis, que harán las delicias de los asistentes. Dado que este acontecimiento pertenece a la más arraigada de las tradiciones españolas, y es único en el mundo por su arte, valor y colorido, se ruega a todos los españoles de bien que den la máxima publicidad a este anuncio. Y como lo que se va a ofrecer al público es belleza en estado puro, se recomienda a todos los padres que lleven a sus hijos de todas las edades, para que ya, desde la infancia, ponerlos en contacto con las santas tradiciones de la patria, que suponen la proyección más sublime en la formación integral de la infancia y juventud. Las entradas podrán adquirirlas en las direcciones habituales : calle de La Casquería, número trece, y Charracina, siete “.
Este anuncio apareció publicado en todos los periódicos de Madrid varios días antes de la celebración del espectáculo. Y a partir de ese momento, todo el mundo intentó conseguir una entrada para poder presenciar lo más castizo, tradicional y español que existe en nuestro país. Se esperaba con impaciencia el día y la hora señalados, y se hacían cábalas sobre el grandioso acontecimiento.
Y llegó, por fin, el día tan esperado, y lo hizo con buenos presagios, pues la Naturaleza, en un alarde de generosidad sin límites, queriendo premiar el fervor que se sentía en España por los grandes espectáculos tradicionales, se puso sus mejores galas y dotó al pueblo de Madrid de un clima tan benigno y agradable, que hacía pensar que Natura y Fiesta estaban compinchadas. Un sol generoso se derramó por toda la ciudad, y sus habitantes, cumpliendo con una costumbre ancestral, se echaron a la calle a gozar de tan espléndido día. Llenaron de colorido la capital de las Españas, y adonde quiera que iban, el buen humor, la alegría y la fiesta era su tarjeta de presentación. Estaban en todas partes: en los paseos, en los bares, en los restaurantes ..., y en todos ellos el espectáculo ocupaba el primer lugar en las conversaciones. Eran los bares, sin embargo, los más animados de todos; convertidos en ágoras castizas, se discutía de lo divino y de lo humano, casi siempre en relación al magno acontecimiento. Parecía como si de la mente de todos hubieran desaparecido los problemas sociales, culturales, económicos, políticos ... que afectan a la comunidad de una gran ciudad. Por aquellos días se había descubierto un escándalo financiero de grandes proporciones : habían robado las carteras a personas e instituciones muy importantes en el país. A Obispados, a Arzobispados, a colegios e instituciones religiosas, civiles, militares ..., incluso hubo organizaciones que también fueron afectadas por no ver a tiempo las consecuencias de sus precipitadas decisiones.
Pues ni siquiera este impresionante escándalo que afectó a las más variadas capas de la sociedad española, fue capaz de oscurecer el espectáculo que se avecinaba, y que congregaría a lo más castizo y florido de Madrid a las puertas del Azoguejo de Las Compras, a las cinco en punto de la tarde.
Todavía faltaba más de una hora para el comienzo y ya se veían corrillos de gente esperando para entrar. Por las calles adyacentes llegaban riadas humanas entre canciones, risas y tientos a la bota, que una vez abiertas las puertas del Templo del Arte, se instalaron en sus asientos esperando con ansiedad el momento del comienzo de la fiesta. El ambiente era impresionante, y en el Azoguejo no cabía una sola persona más. Allí se daban cita todas las clases sociales, todos los oficios, profesiones y carreras estaban representados en aquel lugar de encuentro de la tradición con el arte.
Faltaban unos minutos para las cinco de la tarde y todos los asistentes cantaban, hablaban a gritos, se gastaban bromas y menudeaba la bota de un lado para otro. Los bocadillos de tortilla y de chorizo se consumían en grandes cantidades, y el humo de los vegueros contribuía a realzar el ambiente de la fiesta. Aunque predominaban los adultos, había gran cantidad de niños y adolescentes que se entretenían oyendo música o jugando con los teléfonos móviles. En uno de los lugares donde el sol castigaba con más furia, un grupo de turistas japoneses disparaba sus cámaras sin interrupción, al tiempo que unos nativos amantes de “ la alcuza “, les decían que hablaran en cristiano. Y los japoneses, como no los entendían, hacían una pequeña inclinación y les sonreían. Muy cerca de los japoneses, dos curdas agarrados a sendas redomas, hablaban a voz en grito a todo el que quería oírlos : --- Como España no hay na, ¿ verdad, compadre ? Tú me comprendes, ¿ verdad ? --- Y a continuación se flagelaban el cuerpo con jarabe de sarmientos.
En el lugar más privilegiado del Azoguejo, allí donde la sombra se erigía en reina y señora, un grupo de hombres departía en animada conversación, comentando el edificante espectáculo de todo un pueblo congregado al calor de las santas tradiciones de la patria. Decía un señor vestido elegantemente :
--- En verdad, caballeros, que viendo el ambiente tan castizo que nos rodea, me siento enormemente orgulloso de ser español. No cabe duda de que es algo, me atrevería a decir, que roza, aunque sólo sea tangencialmente, el campo de lo místico. No puedo evitar un sentimiento de superioridad de que somos, y perdónemme la boutade, el pueblo elegido entre todos los pueblos de la Tierra.
--- No es ninguna boutade, señor conde --- le respondió un prelado flemático y distante, vestido de “paisano” para la ocasión ---, el privilegio de pueblo elegido ha sido corroborado y sancionado por la Historia a través de los siglos. Si nos remitimos a tiempos relativamente recientes, podemos confirmarlo en dos frases que definen claramente este aserto : “ La católica España” y “España, reserva espiritual de Occidente “.
--- Lleva toda la razón nuestro querido monseñor --- terció en la conversación un militar de alta graduación, fornido, musculoso, en el que se adivinaba a través del traje una fuerte musculatura ---, y yo añado humildemente que el hecho de que España, nuestra España, haya sido elegida entre todas las naciones no ha sido casual, sino como justo premio al país más católico del mundo. Y claro, eso tiene sus compensaciones.¿No está usted de acuerdo, señor ministro ?
El aludido, hombre de carácter simpático y liberal, ducho en los lances parlamentarios, respondió cautamente, aflojándose el nudo de la corbata :
--- Efectivamente, España ha sido y ... tal vez lo sea aún, la nación más católica del mundo, y esto, lógicamente, nos sitúa en un lugar de preeminencia en relación a los demás países, que no supieron o no pudieron arribar a las altas cotas de religiosidad que nosotros hemos conseguido. Por lo tanto, no cabe duda de que el contexto sociocultural de nuestra patria, es el más adecuado para conformarse como unidad recipendiaria de los estímulos ascéticos y místicos. Y por ello, yo creo que la situación actual podría definirse como un conjunto subjetivamente acarrado en el que, objetivamente, el catolicismo impregna todo el tejido social de la nación, y donde el microscopio y la lupa actúan como elementos selectivos y clarificadores de este fenómeno tan complejo y contradictorio.
--- ¡ Pero ... ¡ --- saltaron al mismo tiempo monseñor y el militar, escandalizados por las palabras del ministro, que no habían comprendido en absoluto.
--- Caballeros --- habló de nuevo el ministro, dando a sus palabras un tono amistosamente conciliador ---, comprendo que se hayan alarmado, porque quizá algunas de mis palabras han sido interpretadas solo tangencialmente, pero les aseguro a ustedes que la inclusión de términos catadióptricos solo ha sido como referente intersubjetivo para delimitar con más precisión los elementos del contexto. ¡ Quién va a dudar de que España quizá siga siendo la nación más católica del mundo ¡
--- Uf, ah, bueno --- respiraron aliviados monseñor y el militar.
--- Pero entonces ...--- volvió a la carga monseñor con una sombra de duda en la frente --- lo del microscopio y la lupa ...
Iba a responder el ministro, pero en ese momento todos los espectadores se pusieron en pie y un enorme griterío se escuchó por el contorno. Empezaron a aplaudir y a señalar, en el fondo de la plaza, a un hombre que micrófono en mano, se iba a dirigir a todos los presentes.
--- Pueblo de Madrid, España entera, el espectáculo que van a presenciar esta tarde en este ya histórico Azoguejo de Las Compras, será algo insólito, lo nunca visto en los “canales” de la historia. Hemos querido profundizar en nuestra sagrada Fiesta Nacional para que no se pierdan los valores que caracterizan a la raza. Les garantizo un espectáculo cargado de vibrantes emociones, que estoy seguro de que colmará las demandas más exigentes. Y nada más, pueblo de Madrid, ya solo me queda mostraros el agradecimiento de toda la organización ante vuestra masiva respuesta, y solicitar de vuestro acendrado patriotismo un viva muy fuerte para nuestra fiesta : ¡! Viva la Fiesta Nacional ¡!
--- ¡! Viva ¡! --- repitieron al unísono miles de gargantas, atronando el Azoguejo de Las Compras.
Acto seguido se hizo un gran silencio, y de uno de los lugares bañados por el sol comenzó un concierto de atabales que hizo girar la cabeza a todos los presentes. Era la señal convenida para que comenzara el acto tan esperado. Se abrieron los portones y aparecieron dos esbirros elegantemente vestidos, montando sendos cuartagos negros que a gran velocidad recorrieron el perímetro de la plaza, y después de varias evoluciones se acercaron a la presidencia en solicitud de licencia para comenzar el festejo. Después partieron veloces y desaparecieron por el mismo lugar por el que habían aparecido. Volvieron otra vez los atabales a lanzar al viento sus metálicos sonidos, y volvió a abrirse el portón por el que salieron los protagonistas del espectáculo. Iban en cabeza tres jóvenes ataviados con trajes muy brillantes, seguidos de otros con parecida indumentaria, pero de peor calidad; a continuación, hombres a caballo seguidos de una cohorte escuderil con camisolas escarlatas. Los jinetes, con pertrechos ferrados parecían, por su volumen, esculturas de Botero. Se acompañaban de un siniestro lanzón y se tocaban la cabeza con una especie de sombrero que semejaba yelmo de Mambrino. Se acercaron todos a la presidencia, y después de una breve inclinación de la testa, se deshizo la comitiva desapareciendo detrás de las tablas.
Volvió el silencio a apoderarse de la muchedumbre y volvieron los atabales a lanzar su música de guerra. En ese momento un empleado abrió el portón por donde había de salir el animal. El profundo silencio tenía a todos con la respiración contenida, esperando impacientes verlo aparecer por aquella boca oscura como una cueva. Apareció, por fin, enmarcado en la puerta de salida. Inmediatamente echó a correr y a gran velocidad dio varias vueltas a la plaza y se quedó parado en el centro de la misma. Cuando los espectadores lo vieron salir se levantaron todos al mismo tiempo, y de sus gargantas salieron las mismas exclamaciones, acompañadas de admiración e incredulidad:
--- ¡! Oh ... oh ... Pero ... ? !!
E inmediatamente comenzaron a aplaudir y llenar de voces y gritos el recinto.
Y no era para menos, porque el animal que acababa de salir y que causaba tanta admiración y estupor en el público, era un imponente perro de raza, que desconfiado y nervioso miraba asombrado desde el centro de la plaza. Un pastor alemán de gran alzada, negro como el azabache y con unas patas tan potentes que cuando se movía daba a su cuerpo un aire majestuoso. Su hermosa cabeza albergaba unos ojos del color de la miel, de mirar profundo; el hocico adelantado, retador, parecía hecho para provocar la admiración, y las orejas enhiestas semejaban antenas dispuestas siempre a captar el más mínimo ruido. Esta bella estampa se completaba con un pelo negro, sedoso, que invitaba a acariciarlo suavemente.
La gente no salía de su asombro. Jamás había visto perro tan hermoso. ¡ Qué elegancia, qué majestuosidad, qué planta ¡ Daban ganas de saltar a la arena y abrazarse a él, acariciarlo como se acaricia a un ser querido, rozar las mejillas por la suave piel de aquel cuerpo que despedía nobleza por todos sus poros.
Allí seguía en el centro de la plaza. Con la cabeza levantada, tiesas las orejas, miraba en todas direcciones con cierto nerviosismo, como si buscara a alguien con la mirada. De pronto se puso alerta, agachó la cabeza, encogió el lomo y tensando los músculos de las patas echó a correr en dirección a donde suponía que estaba la puerta de salida.
Los espectadores estaban conmovidos con aquel animal tan hermoso. Lo veían acercarse a toda velocidad a las tablas, y parecía que no tocaba el suelo con los pies. La cabeza ligeramente inclinada, la vista fija hacia delante y la cola totalmente extendida, utilizándola como timón, daban a su cuerpo una estampa de inigualable belleza. Cuando ya estaba próximo a la valla que formaba el redondel, la gente empezó a chillar, pues aquel manojo de nervios la saltaría sin dificultad y se escaparía sin remedio.
--- ¡ Que no se escape, que no se escape ¡ --- gritaba la multitud levantando los brazos desesperadamente.
Pero cuando el bello animal iniciaba el movimiento que precede al salto, unas verjas de dos metros de altura se elevaron mecánicamente sobre las maderas del redondel. El perro, cogido por sorpresa e impulsado por la inercia que llevaba en la carrera, se resbaló, deslizándose sobre las patas delanteras hasta tocar con la cabeza en el burladero. El público, asombrado y feliz por la presencia del perro, empezó a ovacionar y a dar vivas a tan excelente animal.
--- ¡ Viva el perro más noble y hermoso del mundo ¡
--- ¡ Viva ¡
--- ¡ Vivan todos los animales del planeta ¡
--- ¡ Vivan ¡
Y todos se hacían cruces de la hermosura e inteligencia de aquel perro que parecía hecho exclusivamente para admirar la belleza con que se adorna la Naturaleza.
De pronto la algarabía de la plaza fue rota por el estridente chillido de los clarines y el redoble de los atabales, que inundaron de notas guerreras el recinto donde se estaba celebrando el espectáculo. Y varios hombres de los que habían desfilado al principio, vestidos con indumentos de brillo, se colocaron estratégicamente en las tablas y en los burladeros. Uno de ellos, el más joven, comenzó a andar lentamente hacia donde se encontraba el perro, en el otro extremo de la plaza, algo aturdido por el golpe recibido en la cabeza. Andaba con pasos cortos y medidos, muy estirado, la cabeza levantada con arrogancia, mirando de vez en cuando a la multitud de las gradas. En las manos llevaba una amplia tela de color indefnido, con dos tibias cruzadas pintadas en su centro. En un momento en que el hombre extendió la tela y puso al descubierto las tibias, el perro se lanzó contra él a toda velocidad, pues aquellos exquisitos huesos podrían aliviar el hambre que desde hacía algún tiempo le atormentaba el estómago. Cuando ya su morro tocaba la tela con los huesos pintados, aquel figurín que parecía pintado de colores, atrajo la tela hacia sí, y volviéndose rápidamente la dirigió hacia el lado izquierdo. El perro pasó rozándole el costado, y tela y huesos se le escaparon sin saber por dónde. Volvió a intentarlo de nuevo, y revolviéndose con furia arremetió contra el hombre que, muy tranquilo, le esperaba con la tela extendida. Y cuando ya creía que atrapaba la presa con la boca, un hábil movimiento de la mano de aquel demonio pintado de colores, hizo volar el trapo por los aires, dibujando un vistoso molinete. El perro se quedó parado, jadeando, con la boca abierta y la lengua fuera. No comprendía cómo podía ocurrir aquello. Lo intentó por tercera vez y de nuevo tuvo que comprobar la inutilidad de sus esfuerzos. Cuando se lanzó sobre la presa, el revuelo de la tela sobre su cabeza le hizo comprender que jamás lograría su propósito.
Mientras tanto, la gente estaba maravillada, no salía de su asombro. Jamás habían visto espectáculo parecido. Aquello sí era arte en estado puro. Un hermoso mastín alemán exhibiendo en la plaza la potencia de sus músculos y la inteligencia de su raza.
El perro estaba todavía descansando del enorme esfuerzo a que le había sometido aquel pirata policromado. Había apoyado sus patas traseras en el suelo y en esta actitud miraba sorprendido a todo cuanto le rodeaba. En una de estas incursiones oculares vio cómo uno de los hombres salía de las tablas con dos palillos revestidos de papeles de colores y se dirigía, dando saltitos, hacia donde él se encontraba. Veía acercarse a aquella especie de saltarín luminoso y pensó que venía para llevárselo, y terminar así un absurdo juego en el que él llevaba la peor parte. De pronto, desde una distancia de unos veinte metros, aquel hombre con los palillos levantados lo llamaba, dando amistosos silbidos. Y el perro, creyendo que era una invitación cariñosa a salir de aquel recinto, con gran alegría echó a correr hacia él, y cuando ya casi lo rozaba con su cuerpo, levantó los brazos con los palitroques y en una maniobra perfectamente estudiada, le clavó aquellos herretes en las paletillas. Sintió cómo sus carnes se rasgaban cuando penetraron en sus entrañas aquellas ferradas saetas, y la vista se le nubló por momentos. Era tan agudo el dolor que pensó que su vida terminaba allí mismo. Pero no sólo era dolor físico; la idea de que el hombre, ese hombre que presumía de amor a los animales, que se consideraba su fiel amigo de toda la vida, pudiera tratarlo de aquella manera tan indigna y cruel, tan rabiosamente cobarde, le produjo un dolor tan lacerante, al menos, como el físico. Y dos lágrimas enormes empezaron a formarse en sus hermosos ojos color de miel, resbalaron lentamente por su cara y fueron a caer en la arena que las absorbió sin quedar rastro, como si quisiera hacer desaparecer de la vista de todo el mundo las huellas de aquella vergonzosa y cobarde crueldad.
Mientras tanto, el hombre que tan cruelmente lo había tratado clavándole aquellos hierros, se había refugiado detrás de la verja que rodeaba la plaza.
La gente se deshacía en aplausos por lo bien que había colocado aquellos palillos de colores en el lomo del animal. No cabía duda de que había que tener mucha destreza para, en unos segundos, engalanarlo con aquellos adornos tan vistosos.
--- Papá --- preguntaba una niña pequeña a su padre extrañada de que aquellos palillos no se cayeran ---, ¿ cómo se sostienen y no se caen ?
--- Hija mía --- le respondió el padre acariciándole el cabello rubio que le caía por la frente ---, ese hombre es algo especial, es un especialista, y por eso hace las cosas tan bien. Yo no sé cómo lo hace, porque eso son cosas que sólo ellos conocen, pero posiblemente pegan los palos en el pelo del perro.
--- Pero ... papá --- continuó la niña no satisfecha del todo por las explicaciones de su padre ---, ¿ el perrito no sufre cuando le pegan los dos palos ? ¿ No le hacen daño ?
--- Claro que no, amor mío --- Ya te he dicho que son gente muy lista y saben perfectamente cómo tienen que hacerlo. ¿ Tú crees que si alguien le hiciera daño al perrito, todos los que estamos aquí lo íbamos a permitir ?
A continuación el papá dio un fuerte abrazo a la niña e inmediatamente se unió a la multitud que atronaba la plaza con sus gritos y aplausos.
--- Para mí que este espectáculo --- le decía un espectador a su compañero de asiento, un hombre coloradote, a punto de darle una apoplejía ---, a medida que pasa el tiempo gana en vistosidad y prestigio. ¿Se ha dado usted cuenta con qué elegancia, con qué profesionalidad ha colocado los palillos en el cuerpo del animal ?
--- ¿ Que si me he dado cuenta ? --- respondió el salmonete humano, resoplando con dificultad y atizándose dos latigazos con la alcuza, --- ya lo creo que me he dado cuenta. Y le aseguro a usted que en mi vida he visto muchos espectáculos, pero como el de esta tarde, ninguno. Esto es único, oiga usted.
Cesaron los aplausos y las conversaciones, porque en ese instante las trompetas de guerra lanzaron al viento sus mensajes de miedo. Y cuando éstos se hubieron apagado, hizo su aparición un jinete con su cabalgadura, flanqueado por varios auxiliares de a pie que ayudaban al caballo, con los ojos tapados, a mantenerse en su sitio. El jinete, que aparecía blindado, engarfiaba en la diestra un lanzón que le asemejaba a vanguardia de la muerte. Su corpulenta humanidad acentuaba aún más los acerados perfiles de su rostro de granito.
El perro, dolorido por los pinchazos de los aguijones, cuando vio a aquel hombre se asustó, pero al reparar en el caballo sintió un gran alivio porque vio en él a un amigo de toda la vida, con el que había vivido siempre en paz y en armonía. Y sobreponiéndose al dolor que le torturaba, echó a correr hasta ponerse a la altura del caballo y mostrarle su amistad, pero en ese momento el monovolumen armado, aquel antiquijote laminado, levantó el lanzón y lo descargó con todas sus fuerzas sobre las costillas del pobre can. Éste dio un alarido de dolor al sentir el hierro penetrar en su cuerpo, y un chorro de sangre ardiente empapó la arena del ara del sacrificio. Miró con terror a aquel hombre ferrado, interrogándolo con la mirada la causa de aquella tortura, pero sólo vio una cara impenetrable, indiferente al dolor y al sufrimiento que lo aniquilaba. Se volvió todo lo rápido que pudo y se alejó de aquel emisario de la muerte. Casi no podía andar; la herida de la lanza, muy profunda, se unía al intenso dolor que le producían aquellos aguijones de hierro.
Cuando los espectadores vieron que el jinete clavaba el lanzón al pobre perro y de su herida brotaba un chorro de sangre, como una sola persona se pudieron todos en pie y empezaron a chillar y a insultar a aquel hombre sin corazón, que era capaz de maltratar así a tan noble y hermoso animal.
--- ¡ Desalmado, hombre sin entrañas ¡--- gritaba la multitud enfurecida.
--- ¡ ¿ No te da vergüenza maltratar así a un animal ¡? --- le insultaba un ganadero de reses bravas, de Salamanca.
--- ¡ Eso no se puede hacer con un perro tan noble ¡ --- vociferaba el apoderado de un torero con un descomunal veguero en la mano, echando humo por la boca y fuego por los ojos.
--- ¡ A ti te lo tenían que hacer, torturador, matarife ¡ --- bramaba desde la grada un torero retirado, pálido como la cera.
--- ¿ Cómo es posible que las autoridades de este país consientan estos maltratos de animales ? --- gritaba, congestionado por la rabia un joven profesor de Biología, levantando los puños en actitud amenazadora.--- ¿ No saben --- continuó el profesor dirigiéndose a la multitud, que no podía oirle --- que el perro es un ser vivo como nosotros, y que como tal, sufre exactamente igual que las personas ? ¿ No saben nuestras autoridades, no sabéis vosotros que la estructura orgánica, molecular y atómica, y la composición de los elementos químicos que forman el entramado de la vida es el mismo en un ser humano que en un perro o en cualquier otro ser vivo? ¿ No saben los instalados en el poder, no sabéis vosotros, personas privilegiadas por la razón, que si la hoja de un lanzón penetra, rasga, desgarra, separa, tritura, rompe, lacera, machaca la piel, los tejidos las células, los nervios, los huesos, la sangre de un animal es exactamente igual que si la hoja de un lanzón penetra, rasga, desgarra, separa, tritura, rompe, lacera, machaca la piel, los tejidos las células, los nervios, los huesos, la sangre de un ser humano ?
--- Pues eso lo arreglaba yo enseguida --- chilló iracundo un seguidor a ultranza de la Fiesta Nacional.
--- ¿ Cómo ?--- inquirió un sujeto, bamboleándose de lado a lado, con más chirles en la cara que trapo de afilador.
--- Pues la cosa es muy fácil compadre --- respondió el forofo, haciendo ampulosos gestos con los brazos ---, se “trocan” los términos y asunto concluído. El perro se sube al caballo, coge el lanzón y el jinete ...
--- Ah, claro, así cualquiera --- contestó el curda, amartillando la bota, dispuesto a disparar.
Muchos niños pequeños que habían ido a disfrutar con el espectáculo, no podían soportar ver al pobre perro echando sangre por su cuerpo, y abrazados a sus padres lloraban desconsoladamente.
--- Pero ... papá, ¿ por qué tienen que herir al pobrecito, si no ha hecho nada ? --- derramaba lágrimas sin cesar un niño de cuatro o cinco años al ver la sangre que salía por las heridas del perro.
--- Pues ... hijo mío --- intentaba responderle su padre sin encontrar argumentos razonables para explicar lo inexplicable ---, yo tampoco lo comprendo, esto es algo que no tiene explicación. No concibo cómo se puede maltratar a un animal. A los animales hay que respetarlos y tratarlos con cariño. No me explico cómo ha podido ocurrir esto ...
--- ¡ Vaya salvajada ¡ --- comentó una adolescente, dirigiéndose a un grupo de compañeros que estaba con ella.
--- ¡ Mentiras e hipocresías ¡ --- habló muy alto un chico del grupo para que le oyeran los adultos que estaban cerca de ellos.--- Los mayores, siempre lo mismo, dándonos la vara con el respeto a los animales, con los derechos de los animales, y mira tú. ¡ Bah ¡
--- ¡ Si todo es una mierda ¡ --- continuó una chica gordita, recogiéndose el pelo en una graciosa coleta.
--- Estas cosas sólo pasan en este país --- pontificó un vejete avellanado, tan anacrónicamente vestido que parecía sacado de una estampa del siglo diecinueve --- , porque en esta tierra de María Santísima no se cumplen nunca las leyes laborales que regulan los festejos y que prohíben maltratar a los animales. En el fondo, pues, todo esto no es nada más que un problema de leyes laborales. Si se cumplieran como es debido, nada ocurriría, porque si la ley manda tal cosa, pues a obedecer. Pero como aquí nadie obedece la ley, pues ... ¡ adiós y santas pascuas ¡ En conclusión, que todos estos problemas no son nada más que defectos laborales.
--- ¡ Acabáramos de una vez ¡ --- habló un sujeto algo sordo que se sentaba al lado del viejo avellanado y que había oído toda su perorata, y a causa de su sordera había confundido defectos laborales por efectos especiales ---. Ya me extrañaba a mí que lo que está ocurriendo aquí esta tarde fuera real; no me cabía en la cabeza. Ahora lo comprendo a la perfección : algunas partes del espectáculo, las más violentas y sangrientas, algo que sería inconcebible en la realidad, obedece a los efectos especiales.
--- ¿ Cómo dice, buen hombre ? --- preguntó al sordo un hombre de mediana edad, ataviado con un chándal rojo y unos cascos en la cabeza, al tiempo que hablaba con su mujer por el teléfono móvil--- ¿ Ha dicho efectos especiales ?
--- Efectivamente, señor --- respondió el sordo que se había hecho repetir tres veces la pregunta --- todo esto no son nada más que efectos especiales.
--- ¡ Ah, bueno, menos mal ¡
--- ¿ Efectos especiales ha dicho usted ? --- preguntó otro señor al anterior, recibiendo la misma respuesta.
Y así, de uno en otro, y en un tiempo increíblemente corto, fue corriéndose la voz por toda la plaza de que lo que estaban viendo obedecía a los efectos especiales, y por tanto nada tenían que temer con respecto al hermoso y noble pastor alemán, que con su excelente actuación era la maravilla de grandes y pequeños.
El perro, mientras tanto, huyendo despavorido del jinete del lanzón, había ido a refugiarse a uno de los extremos de la plaza y allí, junto a las tablas, se acurrucó temblando y mirando aterrorizado a todos lados. La sangre le chorreaba por la cabeza y la cara, y el lomo, tan intensamente negro antes, aparecía ahora casi totalmente teñido de rojo. Notaba un dolor profundo en las heridas y apenas podía mover las patas delanteras; posiblemente el lanzón le había destrozado algún nervio. La sangre, que le chorreaba por los ojos, le impedía ver con claridad, y notaba cómo la respiración se le hacía más dificultosa a cada momento. No podía creer lo que estaba ocurriendo ni comprendía el comportamiento de los hombres que lo torturaban. Su vida siempre había sido agradable en compañía de aquellos que ahora le mostraban lo peor de su ser. ¡Cómo echaba de menos su vida en el campo, en pacífica convivencia con los pastores y las ovejas ¡
En estos pensamientos estaba cuando apareció un hombre ornado de luces chillonas, con un trapo rojo en la mano y las fatídicas tibias cruzadas dibujadas en el centro. Y observó con terror que debajo de la tela escondía un espadón acerado que brillaba al contacto con los rayos del sol. Aquel hombre delgado, cimbreante, se fue hacia él, y cuando estuvo a su altura le alargó el lienzo para provocar su arrancada. Pero el perro apenas podía moverse. Por fin, con grandes esfuerzos logró ponerse en pie y se acercó, sin saber exactamente lo que hacía. A pesar de su experiencia anterior, buscó en el hombre una imposible protección, un gesto, una mirada, que suavizara su dolor. Pero en los ojos de aquel figurín policromado sólo encontró un chispazo de triunfo, de victoria, de arrogancia. Se paró frente al perro, sacó lentamente el espadón de entre la tela y elevándolo por encima de su cabeza lo dirigió con rapidez al cuerpo del animal. El espadón asesino penetró en su cuerpo, introduciéndose hasta lo más profundo de sus entrañas. El perro sintió un dolor tan intenso que a punto estuvo de perder el conocimiento. Pero la fatalidad, aliada con la crueldad y el tormento, no permitió que tal cosa ocurriera, y la consciencia de su espeluznante muerte lo acompañó trágicamente hasta el último momento de su agonía. Cayó sobre la arena al tiempo que un chorro de sangre caliente le salía a borbotones por la boca y la nariz. Casi inconsciente ya, notó cómo un hombre con un facón en la mano se aproximaba, y acercándoselo a la cabeza le hundía el acero canicida por encima de los ojos. Y antes de exhalar el último suspiro cruzó por su mente como un relámpago, el recuerdo de sus cuatro cachorrillos que le esperaban en la dehesa, en aquel humilde cortijillo.
Se desplomó el perro, muerto. En su caída, su hermosa cabeza se bamboleó de lado a lado, y la sangre que todavía vomitaba por su boca dibujó en la soleada tarde madrileña, un círculo escarlata que cerraba el final de la tragedia.
La multitud que presenciaba el espectáculo estaba paralizada, y durante un buen rato no fue capaz de reaccionar. Lo que estaba viendo parecía tan real ... tan descarnado, que la duda se instaló por unos segundos en la mente de todos. De pronto, de unos de los lados de la plaza surgieron espontáneamente las ovaciones y los vivas, contagiando de inmediato a todos los espectadores.
--- Muy bien, muy bien, viva --- habló dando tumbos un sujeto, desabrochada la camisa hasta la cintura.
--- ¡ Viva, viva, y viva siempre España y su Fiesta Nacional, que es lo mejor del mundo ¡ --- chillaba un castizo anudado al cuello un ridículo pañuelo rojo.
--- Bendita sea la sagrada Fiesta Nacional, obra de Dios --- se oyó la prédica de un misacantano imberbe, con pía y beata devoción.
--- Pues yo “ sus “ digo --- habló un mendigo, “cicatrizados” los morros en cruz --- que esta fiesta es la madre de todas las fiestas. Y acto seguido se estrelló contra los dientes el tetrabrix de cartón.
Y así, entre ovaciones, aplausos y tientos a la bota transcurrieron bastantes minutos, en los que se puso de manifiesto todo el repertorio de la tradicional y castiza alegría festivalera. Después de la explosión de alegría que tan espontáneamente había sacudido a toda la plaza, los espectadores se sentaron para seguir presenciando aquel espectáculo que, por lo visto hasta el momento, prometía ser algo único en España y fuera de ella.
El perro seguía tendido en la arena entre un gran charco de sangre y todos los asistentes se hacían, entre sorprendidos y maravillados, la misma pregunta :
--- ¿ Cómo es posible que los efectos especiales puedan lograr tal perfección, conseguir semejante sensación de realidad ?
--- Es que las nuevas tecnologías ...--- apuntó un analfabeto, juntando las palabras con dificultad.
En ese momento y sin que nadie pudiera evitarlo, un joven de unos veinte años se encaramó con agilidad a la valla metálica y saltó limpiamente a la arena del coso. Echó a correr hacia donde se encontraba el perro inundado de sangre, y cuando llegó junto a él se paró en seco. Estuvo unos segundos observándolo y después, agachándose, tocó su cuerpo, separó las patas, ladeó la cabeza, y de todos los sitios manaba la sangre. Se miró sus manos y las vio también rojas. Cogió al perro por las patas delanteras e intentó ponerlo en pie, pero cuando lo soltó, su cuerpo cayó en la arena como un fardo. No cabía duda de que estaba completamente muerto, muy abiertos los ojos, mirando al cielo como implorando un perdón que nunca llegó.
Había sido tan inesperada la actitud de aquel joven, que toda la gente de la plaza no supo reaccionar nada más que con el silencio. Estaban embobados mirando cómo examinaba detenidamente al perro, y cómo sus manos y su cuerpo se teñían de sangre. El silencio era absoluto y la quietud tal, que la plaza parecía haber sido atrapada en una instantánea fotográfica. No podían creer lo que estaban viendo, y por un instante, en una rapidísima fracción de segundo, se instaló en la mente de todos una terrible duda, una duda que les martilleó el cerebro de forma espantosamente brutal. Tan horrible era lo que había pasado por sus mentes, que cuando quisieron reaccionar se les adelantó, con macabra pirueta y enloquecida voz, el alarido desgarrado del joven junto al perro, ambos empapados de sangre :
--- ¡ No, no, no puede ser ¡--- gritaba fuera de sí el muchacho, retorciéndose en una inverosímil contorsión, transfigurada la cara por el horror y la sangre.
En ese momento en que la figura del joven se retorcía en el redondel de la muerte, todos los espectadores, como si fueran uno solo, se levantaron de un salto, congestionadas las caras de rabia, extendidos los brazos en señal amenazadora, reflejado en el rostro el horror y la incredulidad. Y todos a una repitieron las palabras del joven, como si de un rito macabro se tratara :
--- ¡¡No, no, no puede ser ¡!
--- ¡! El perro está muerto, el perro está muerto ¡! --- volvió a gritar el joven en medio de la plaza, levantados los brazos hacia lo alto, los puños cerrados y la cara llena de lágrimas y sangre ---, lo han matado cobardemente y nos han engañado a todos. Aquí no ha habido ni hay efectos especiales de ningún tipo, sólo crueldad y tortura contra un noble animal.
La plaza comenzó a chillar histéricamente. Todos a una levantaron los brazos con los puños cerrados y con gestos amenazadores se dirigían a un hipotético culpable:
--- ¡ Justicia, exigimos justicia ¡ --- bramaba la muchedumbre encolerizada, al tiempo que con los pies pateaba furiosamente las gradas.
--- ¡ Torturadores de animales--- chillaba un señor de mediana edad, al tiempo que se llevaba la mano derecha al cuello en un gesto bien significativo ---, ya las pagaréis todas juntas ¡
--- Pero, ¿ es que en este país no hay autoridad --- ? gritaba enfurecido un castizo carambucano, que durante todo el espectáculo no había dejado de ofrendar a los dioses con la bota del sacrificio en aquel templo de la muerte.
--- ¡ En este país lo que no hay es vergüenza --- vociferaba un sujeto a punto de atragantarse con un cuarto de bocadillo de chorizo que se había zampado de un solo golpe ---, aquí solo hay --- y lo digo muy alto para el que quiera oirme --- vividores y parásitos ¡
Y durante un buen rato se oyeron allí los insultos más gruesos que uno pueda imaginarse, al término de los cuales, y como obedeciendo a una señal convenida, toda la plaza se quedó en silencio. Parecía que la rabia y la desesperación que los dominaba había sellado sus bocas.
Pero de pronto se alzó potente la voz de un hombre corpulento, de ojos saltones, que se hallaba en la zona de sombra , a la derecha de la bandera :
--- Yo os juro que no ha de quedar impune la crueldad, la tortura y el asesinato de este fiel animal, cuyo único delito ha consistido en adornar la Tierra con la belleza de su raza.
Y saltando a la arena echó a correr por toda la plaza en busca de los responsables.
La gente contestó con gritos y aplausos las palabras de aquel interfecto, que a juzgar por su actitud se erigía en avanzadilla de una cohorte que exigía la cabeza de los responsables de aquel espectáculo macabro. Aquella masa humana comenzó a moverse peligrosamente inquieta en las gradas. En sus rostros se observaba una firme determinación : hacer pagar a los culpables por la tortura y muerte del animal. Algunos más decididos saltaron a la arena y siguieron al hombre de los ojos saltones, que a grandes voces pedía justicia mientras se dirigía a la puerta de salida :
--- ¡ Justicia, queremos justicia ¡
--- Que paguen los culpables ¡--- se oía como un solo grito en toda la plaza.
--- ¡ A por ellos ¡ --- vociferaba un aristócrata, vestido con pantalón claro, camisa blanca bordada con un galletón nobiliario al lado del cardias, chaqueta azul marino, cruzada, con botonadura de plata y un pañuelo de seda alrededor del cuello ---, que no escapen, pues no se puede consentir que crucifiquen, en pleno siglo veintiuno, a un animal que se distingue por su clase de los demás de su especie.
Parte de la multitud saltó a la arena por todos los puntos del redondel. Era tal la furia que dominaba a aquella marea humana que se atropellaban unos a otros para ser los primeros en seguir al hombre de los ojos saltones.
Mientras tanto, los protagonistas directos de la muerte del perro se habían refugiado en una de las dependencias de la plaza, pensando que allí estarían seguros. Pero cuando oyeron que la turba encolerizada los buscaba con inequívocas intenciones, salieron corriendo y se precipitaron a una de las puertas que daba al exterior. Una vez allí se detuvieron unos segundos para decidir qué dirección tomar, pero en ese momento, unos cuantos jóvenes que habían adivinado la maniobra, les cortaron el paso y los obligaron a permanecer arrinconados junto a la puerta, hasta que llegó el grueso de la muchedumbre. Y cuando el cabecilla de aquella manada de alanos levantó el brazo amenazadoramente, para descargarlo sobre los indefensos responsables de la muerte del perro, el estridente y prolongado ulular de las sirenas de la policía, paralizó a todos los presentes. Seis furgones, seis, rodearon a la multitud y de ellos salieron los agentes, armados y tocados con belicosa indumentaria antimanifestaciones. Se adelantó un teniente bajito y regordete, que dirigiéndose a la multitud con un megáfono en la mano, le habló en tono reposado :
--- Se sosiegue el personal y dejen tranquilos a esos hombres que nosotros nos haremos cargo de ellos, y si son culpables de algo, es la justicia la que tiene que poner en movimiento su pesada y compleja maquinaria para que cada uno sea tratado, al respective, con la equidad y justeza que caracteriza a La Dama Cegata, valga la expresión.
Hizo una breve pausa que aprovechó para quitarse el pesado casco, dejando al descubierto una hermosa cabeza de pelo canoso y ralo, cortado a cepillo. Mientras tanto, la multitud escuchaba en profundo silencio al representante del orden con un gesto entre sorpresa y frustración. Continuó el teniente en tono sosegado, al tiempo que la multitud era ganada, poco a poco, por el parlamento del oficial :
--- Señores, tanto mis hombres como yo, en el plano personal, compartimos sus mismas preocupaciones y nos rebelamos contra estos desdichados actos ocurridos aquí en el Azoguejo de Las Compras. Pero por encima de nuestras opciones personales, de nuestros deseos de dar un escarmiento a estos maltratadores de animales, está la ley, que tenemos el deber de hacer cumplir, y ustedes de respetar y no tomarse la justicia por su mano. Por ello me veo en la obligación de decirles que hagan el favor de retirarse para que los agentes de la autoridad puedan cumplir con su deber, y poner a los presuntos responsables, no lo olviden, presuntos, bajo el manto tutelar de la ley, para que de acuerdo con los principios de un estado de derecho, sean juzgados con todas las garantías.
Acto seguido esposaron a los responsables y desaparecieron acompañados por el estridente sonido de las sirenas.
La multitud, como había recomendado el agente de la autoridad, se dispersó e inició la marcha despejando el lugar de los sucesos. Por el camino iban comentando el triste espectáculo de la tarde, compensado, al menos, con las palabras del teniente de que la justicia emitiría un veredicto justo y razonado que serviría, en lo sucesivo, para proteger definitivamente la vida de todos los animales del planeta.
La plaza quedó muda y solitaria, y en el centro de la misma el perro, bañado en su propia sangre, aparecía como la víctima de un horripilante y trágico sacrificio ritual. El intenso negro de su pelo azabache y la sangre roja de sus entrañas, instalaban en la soleada tarde madrileña un manto de luto universal. Un noble animal había sido sacrificado entre el jolgorio castizo de los espectadores, tientos a la bota y fumata de vegueros. Y como símbolo del sufrimiento, de la tortura, de la humillación y de la muerte, hundido como recuerdo macabro en la cruz, un espadón acerado que, para más inri, tiene forma de cruz.
Eusebio Estrella
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