Mohamé Abdelazzis ben Yusef se sentó en el taburete de madera que utilizaba para realizar el trabajo que tenía encomendado: limpiar los cristales de los amplios ventanales de la sala de reuniones, situada en el quinto piso de un edificio de nueva construcción. El trabajo era agotador, pero estaba contento porque, por fin, había entrado en España y conseguido un trabajo que le ayudaba a vivir, aunque con estrecheces, y enviar algún dinero a los suyos que vivían en un pueblecito cerca de Marraquek. Atrás habían quedado las penalidades del viaje en una patera que zozobró en el estrecho, quedando sepultados en el fondo del mar varios de sus compañeros. Aunque sólo llevaba tres meses en España, ya se defendía con el idioma, porque aparte de su natural predisposición para aprender, no le eran desconocidas algunas palabras en español que circulaban en el seno familiar, a causa de la participación de su bisabuelo en la guerra civil española, como integrante de los batallones de tropas africanas que lucharon en la Península.
Después de contemplar el trabajo que aún le quedaba por terminar, se dispuso a comer el bocadillo de tortilla que guardaba en el bolsillo posterior del mono, en el que podía leerse el nombre de la empresa: “LIMPIEZAS CHORROS DEL ORO”. En ese momento apareció su compañero de limpieza Patricio Kumba Nguema Dongo, un guineano que llevaba en España más de seis años, y cuyo conocimiento del español podía considerarse de muy bueno.
-Tenemos que darnos prisa, Abdelazzis, pues dentro de dos horas, a las cuatro, empieza una importante reunión de los principales jefes del partido. Y ya sabes cómo se pone el encargado si no están las cosas terminadas a su hora.
-“Escacha”, paisa, mi no pueda dar más prisa. Voy a “topa” con limpieza.
-Sí, sí, todo lo que tú quieras, pero luego ya sabes lo que pasa ...
-Yo te comprendo, pero mí no pueda correr más ... Bueno, vamos a seguir limpiando.
Y Patricio y Abdelazzis continuaron su trabajo de limpiar y dar brillo a aquellas enormes cristaleras.
-Pásame la “espama”, paisa, - habló Abdelazzis dirigiéndose a su compañero con su peculiar forma de hablar.-estas manchas no quitan con nada.
--Toma la “espama” –le respondió Patricio pronunciando la palabra con retintín. Y a continuación le reprendió con fingido enfado: -espuma, espuma, se dice espuma; ¿cuando vas a aprender?
Abdelazzis se encogió de hombros, y sonriendo a su compañero cogió el frasco de espuma limpiacristales y continuó su trabajo.
Media hora antes de comenzar la reunión, ya estaba la sala limpia y preparada en todos sus detalles para acoger a los jefes del Gran Partido, que ese día iban a debatir asuntos de transcendental importancia. Patricio y Abdelazzis abandonaron la sala, y después de recoger los utensilios de limpieza se dirigieron a la planta cuarta para continuar su trabajo.
La sala de reuniones era una estancia amplia y soleada. Los grandes ventanales que daban a la calle estaban provistos de persianas color crema, que graduaban la entrada de la luz por medio de un mecanismo que actuaba directamente según su intensidad. Una mesa de madera noble, rectangular, ocupaba todo el centro de la estancia, y a ella podían sentarse, al menos, treinta personas. Sillas de la misma madera la rodeaban, y los altos respaldos y sus forros de cuero, daban al lugar una acogedora impresión de comodidad. Distribuídas por todo el perímetro de la mesa se alineaban, en perfecta formación, hasta trece carpetas de cuero de color burdeo, y a su lado, trece botellas de agua mineral colocadas con simétrica precisión. Los tres lienzos de pared no ocupados por los ventanales, estaban cubiertos por tres enormes cuadros que elevaban la estancia a la categoría de museo. El situado detrás del lugar que ocupaba el presidente del partido, representaba a Dios en la escena de la creación del mundo, todo potencia y majestad. El cuadro situado a la derecha del presidente, tenía como protagonista la gloriosa reconquista de España a los árabes por las tropas cristianas. En el centro del cuadro, Don Pelayo ataviado con indumentos de guerra, ferrado su potente cuerpo de dagas, espadas, lanzas y jabalinas, masacraba infieles con la diestra mano; con la siniestra, enarbolaba al viento el estandarte con la cruz roja, del color de la sangre. Detrás de él, muchos guerreros con estandartes sembrados de cruces, de rostros tan feroces como su rey, daban buena cuenta de los sarracenos, que corrían despavoridos por valles y barrancos. Y ya al final, en la retaguardia de aquel ejército que unía a la fuerza de la espada la potencia de la fe, un monje de hábito parduzco blandía por los aires un crucifijo negro, al tiempo que con los ojos fijos en el cielo, repetía a voz en grito dirigiéndose a los atemorizados infieles: ¡convertíos, hijos de Satanás ¡ El tercer cuadro representaba una procesión religiosa. Un palio sostenido por cuatro obispos y cuatro cardenales, cobijaba en su interior la figura de un hombre bajito y regordete, que a pesar de su corta estatura se empeñaba por aparecer marcial. Por el deterioro del cuadro, su cara era irreconocible, pero a juzgar por la expresión de los rostros de los que le daban cobijo, debía de ser un personaje importante. Detrás del palio, bisbiseando oraciones con los ojos gachos, toda una cohorte ensotanada de cardenales, obispos, misacantanos y frailes motilones. Y en todos ellos, una actitud beatífica y sumisa, y las pulidas manos recogidas con estudiado ademán, en los terrenos del cardias. A ambos lados del palio, dos hileras de cofrades, que por la tristeza de sus rostros y la desnutrición que se adivinaba en sus cuerpos, parecían arrancados de un relato de fantasmas.
Faltaban unos minutos para empezar la reunión y de los ascensores metálicos, pulidos, brillantes, salieron los jefes del Gran Partido y se dirigieron rápidamente a la sala de reuniones. Una vez instalados en sus sitios abrieron las carpetas, y bolígrafos en ristre esperaron expectantes las palabras de su jefe. Era éste un hombre alto, elegantemente vestido con ropas de marca, de semblante risueño y gestos moderadamente autoritarios. Se levantó para hablar, pues sentado le parecía una postura de poco empaque para la solemnidad con que acompañaba sus discursos. Todos los que acompañaban al jefe se levantaron de inmediato, y así, en posición casi militar escucharon las palabras del líder.
--Mis fieles colaboradores, nos hemos reunido con urgencia dadas las circunstancias por las que atraviesa España, nuestra España, que todo buen español lleva grabada en su corazón. Porque España, no lo olvidemos, que es UNA, GRANDE y LIBRE, es un todo indivisible, es, es ..., “una unidad de destino en lo universal. Toda conspiración contra esta unidad es repulsiva, todo separatismo es un crimen que no perdonaremos”.
--¡Muy bien, muy bien, así se habla –gritaron los colaboradores del jefe, emocionados por sus palabras.
El jefe miró con sincero agradecimiento a sus fieles mientras se atusaba la barba entrecana, que contribuía a resaltar su estampa de patricio. Después, fijos los ojos en Don Pelayo, elevó la voz con incontenible emoción:
--Corren malos tiempos para la unidad de España, porque, junto a la jauría que ladra por montañas y desiertos, están los conspiradores de trastienda, esos que en la rebotica de la Patria, quieren acabar con ella por odio a nuestras esencias. Y así, de forma sutil y sibilina, la empujan hacia las unidades de urgencia hospitalaria, donde, con el pretexto de curarla, le aplican la litotricia en todos sus órganos vitales. Pero para eso estamos nosotros aquí, para salvar a España de la fragmentación a que la quieren someter los separatistas, aliados con los bermellones, ateos, agnósticos y demás ralea, que como sabéis, contrarios todos a las tradiciones cristianas de la patria. Porque en España, en nuestra España, en nuestra querida España, “... vale más honra sin barcos que barcos sin honra”, porque “no puede esclavo ser, pueblo que sabe morir”. Y así, con este bagaje puedo afirmar rotundamente de que “España es lo contrario de lo que por el mundo el vulgo entiende”. Por todo esto, que es la expresión de las más puras esencias patrióticas y cristianas, nosotros, los que formamos el Gran Partido, daremos nuestra vida si es preciso para evitar que España se fragmente en mil pedazos. Nuestra actitud debe ser de defensa a ultranza de los valores que configuraron desde siempre la nación española, para que nadie nos pueda lanzar a la cara las palabras de la madre de Boabdil a su hijo, cuando perdió Granada a manos de los ejércitos cristianos: “ no llores como mujer lo que no has sabido defender como hombre”.
--Y ya para terminar, quiero deciros que aunque la lucha es difícil, no estamos solos. Nos acompañan en esta ardua tarea de evitar el desmembramiento de la patria, la Conveniencia Epistolar, el Eslabón de los Motilones, Dios, la Virgen, los ángeles, los santos ...
No pudo continuar hablando, pues en ese momento se oyeron grandes voces en el pasillo, cerca de la puerta de entrada a la sala de reuniones. Patricio retenía a duras penas a Mohamé por los brazos, al tiempo que, muy nervioso, le decía:
--No puedes entrar ahí, que están reunidos los jefes del partido.
--“Escacha”, Patricio –respondió fuera de sí Mohamé—es muy grave lo que está ocurriendo, tengo que avisarlos.
Y sin atender a las razones de su compañero, abrió la puerta violentamente y dirigiéndose al Jefe principal, le espetó dando grandes voces:
--¡Se rompe España, se rompe España!
El Gran Jefe se quedó paralizado, al igual que todos los presentes. Sus caras palidecieron, y por unos momentos no fueron capaces de reaccionar. Se miraron unos a otros sin saber qué hacer, hasta que el Gran Jefe, descompuesto el rostro, lanzó un alarido que se escuchó en todo el edificio: ¡se rompe España, se rompe España! Los demás empezaron a gritar ¡se rompe España, se rompe España!, y siguieron a su jefe que se había lanzado en tromba a la puerta de salida, para ver por sus propios ojos la enorme fractura que se estaba produciendo en el solar de la patria. Y todos juntos, como una manada de búfalos en estampida, salieron de la sala de reuniones y se agolparon en los grandes ventanales del pasillo desde donde se divisaba gran parte de la ciudad. Y allí, con ojos atónitos descubrieron la causa de la alarma.
La fachada principal del edificio situado al otro lado de la calle, estaba totalmente cubierta por una enorme valla publicitaria. A causa del fuerte viento se estaba desclavando del soporte metálico que la mantenía firme, y el lienzo empezaba a romperse por el centro, con peligro inminente de precipitarse a la calle. Alguien había avisado a los bomberos ante el peligro que suponía para las personas, y en ese momento, ambulancias, bomberos y policía, llegaban haciendo sonar sus sirenas. La escena que se estaba desarrollando impresionaba a todo el mundo que la presenciaba, pues al estridente sonido de sirenas, ruido de motores y luces centelleantes, se unían las voces de mando de la policía, de los bomberos y de los agentes de circulación tratando de despejar la calle y mantener alejada a las personas ante el peligro de derrumbe de la valla.
La enorme valla, verdadera obra de arte de la publicidad por sus colores y el diseño de los productos anunciados, estaba a punto de romperse definitivamente y caer a la calle. Pero antes de hacerlo, los curiosos que presenciaban la escena podían leer complacidos el sabroso contenido que se anunciaba en el tercio inferior del lienzo:
EMBUTIDOS JAMÓN CURADO PANCETAS TAPAS
- Salchichón cular -jamón curado CAVA -Sencilla -Choricitos
-Doble
LONCHEADOS FIAMBRES JAMÓN COC. ÑAMS
-Jamón, pavo, pollo -Cabeza cerdo -extra -Fuet dOlot
-chorizo picant.
-Mortadela
-Btifarra
En la parte superior de la valla, ocupando los dos tercios de la misma, una gran franja roja a modo de bandera anunciaba, con enormes letras de un metro de altura :
E S P U Ñ A
(La calidad por excelencia)
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