Creo que hasta este momento no he sido totalmente
consciente de lo que supone subir un post a un blog y publicarlo en internet.
Supongo que entre tantas páginas que pululan por la red, uno siempre
se siente como una aguja en un pajar, algo mínimo e insignificante
que al final solo ojeará tu grupo cercano de amigos y familiares.
Porque el propósito de 365 Días en Pekín siempre
ha sido ese, acercarles mi cotidianeidad a los míos. Y lo consigo.
Y saben que ando bien. Y en cierta manera es como si ellos vivieran aquí
o yo allí. Cada vez siento menos que la distancia sea un problema
para/con la gente que quiero. Mi madre siempre me lo dice, que me cambió
mi perspectiva del tiempo y la distancia, que cada vez el mundo se me
hace más pequeño y cada vez quiero alcanzarlo más
rápidamente. Y tiene razón, como todas las madres.
Pero, ¿quién es maliya?, ¿cómo acabó
viviendo tan lejos? Supongo que un poco de azar y un poco de empeño
hicieron que terminara donde estoy ahora. Porque ya desde niña
sentía curiosidad por el mundo que empezaba fuera de mi ciudad,
de ahí mi afición a los mapas, fuesen cuales fuesen. Y mis
pensamientos, poco propios para una niña de mi edad, supongo. Yo,
que hacía predicciones sobre los años que viviría
y la cantidad de pueblitos repartidos por el globo que nunca llegaría
a visitar. Y no me daban los años, "por qué no puedo
verlos todos?!!"... con la consecuente angustia y frustración.
Yo, que soñaba con casarme con un extranjero y tener hijos políglotas
y viajar en caravana todos juntos y cruzar el mundo entero y ser felices.
Políglotas y felices. Extraña combinación. Pero esas
eran el tipo de cosas que la niña maliya soñaba de pequeña.
Y casi casi, que las estoy haciendo realidad. Porque siempre he pensado
que la gente no hace las cosas porque sí. Que en cada persona hay
una predisposición que más tarde o más temprano hace
clic y entonces uno ya no puede parar. Lo que llaman vocación o
destino.
Comentarios y próximos encuentros con lectores hasta ahora desconocidos
que planean visitar Beijing, me hacen sentir que al final las palabras,
mis palabras, no son solo meras combinaciones de letras. Y que algunas
de ellas quizás traspasan la pantalla de gente al otro lado del
mundo y provocan cualquier cosa menos indiferencia.
maliya
|