El ambiente en la pequeña sala de estar era de una quietud casi
solemne. Se diría que el segundero del viejo reloj de pared era
quien mantenía constantes los límites del silencio. La voz
artificial del tiempo provenía del rincón opuesto a la ventana,
ya tapada por las cortinas. Éstas colgaban pesadamente de los altos
techos como párpados de tela, dando la impresión de que
la habitación estuviera dormida o sumida en algún otro tipo
de trance. Fuera reinaba la noche. La vacilante luz de un quinqué
iluminaba con cierta pereza la estancia. Sólo cuanto había
justo al lado suyo parecía estar ahí de veras. Mientras,
lo demás tendía a difuminarse en una suerte de existencia
onírica. Los estantes figuraban ser murallas levantadas con libros
y la habitación una fortaleza de palabras, razones y poesía.
El escritorio, labrado por la mano artesana de un ebanista, se asemejaba
a un ardo del triunfo y pasaba por ser más bien un rústico
puente hacia la belleza. Es el techo abovedado podrían aparecer
las estrellas en cualquier momento. Y por último el sillón,
que bien podría ser el trono de un rey a pesar de su tapicería
tan desgastada como pasada de moda.
Pero no. Aquel no era más que el asiento donde leía y descansaba
el joven René, justo debajo de la lámpara, para asegurarse
él mismo de que existía realmente. Cerró el libro
de Jacobsen que estaba leyendo y las ensoñaciones se disiparon
como polvo en el aire. Las mesas son mesas y, las estanterías,
meros lugares donde dejar los libros que no podría llevarse consigo.
Aquella tampoco era su casa, sino una residencia temporal, sólo
un alto en medio de un largo viaje. Sin embargo le seguía inundando
la sensación de que él y todo cuanto le rodeaba en ese instante
había existido así desde siempre. El tiempo se había
reducido para él a un bucle infinito y estaba convencido de que
era la presencia de la Señora Andreas lo que le hacía sentir
así. Su mirada, para ser más exactos. Notaba sus profundos
ojos verdes clavados en él aunque no pudiera distinguir su figura
sentada entre las sombras. Ella no necesitaba ni el calor del hogar, ni
la frágil certeza de esa luz para sentirse viva. Era un faro en
la noche. Tenía toda la seguridad y fe en sí misma que a
él le faltaban. René pensaba que al mirarle ella sólo
veía a un crío jugando a ser poeta, a un chiquillo tratando
de parecer un hombre, con su traje nuevo y su poblado bigote. En cambio
Lou estaba mirando a través de él, tallando en su alma al
genio con mano diestra, como antaño hiciera Miguel Ángel
con el mármol. Pero eso él no lo sabía, ni aún
siquiera lo sospechaba, sólo la amaba.
En el mismo instante en que René recordó aquellas rosas
que le regaló en primavera, sus labios comenzaron a despegarse
completamente ajenos a su voluntad. El temor a decir algo torpe como un
te quiero le anegó el alma de golpe. De hecho no quería
decir nada. Pero era demasiado tarde, las palabras tomaron al asalto su
boca y dijo:
Auf welches Instrument sind wir gespannt?
Und welcher Geiger hat uns in der Hand?
O sü?es Lied.
?¿En qué instrumento estamos tensados?
¿Qué violinista nos empuña en su mano?
Oh, dulce canción?
Como si los versos le hubieran prestado alas a la mañana,
el alba y los primeros sonidos del día acudieron a la estancia.
Comparecieron el canto de los pájaros, los árboles alzando
sus copas y las últimas ascuas del hogar lamentado convertirse
en cenizas. René, en cambio, volvió a sumirse en el silencio.
Sintió un gran alivio: habían desaparecido sus temores.
Tenía la impresión de que hasta ese momento no había
hecho sino ladrar y rebuznar como un asno en vez de escribir. Él
que siempre había querido ser poeta, acababa de ser elegido por
la poesía y lanzado al centro del verso con la exacta precisión
con que cae la hoja muerta.
Algo inefable comenzó a brillar en sus ojos cuando me levanté
y me dirigí hasta él ofreciéndole mi más sincera
y tierna sonrisa. Tomé su mano entre las mías, clavé
de nuevo mi mirada en la suya y le dije:
- Hoy ha nacido Rainer María Rilke, el poeta.
Lou Andreas Salomé
2 de abril de 1892
(a 50 verstas de Yásnaia Poliana)
Antonio Albiol |