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El himno

 

Roberto Cintura llevaba una de las peores semanas de su vida. Había empezado mal a primera hora del lunes cuando en la nómina de enero observó que el incremento de sueldo se debía no a una subida en la jerarquía de la empresa -donde seguía a la altura de la moqueta- sino a la antigüedad, un término que para él no significaba en absoluto estabilidad económica -ganaba 773 euros brutos y escurridizos al mes- sino estancamiento.
Las cosas no mejoraron demasiado el martes cuando su casero le dio un ultimátum en el plazo para buscarse un nuevo alojamiento -y así poder hospedar en su estudio a alguien dispuesto a dejarse un hígado en mejor estado que el suyo- y comprobó que en la mayoría de pisos compartidos de Madrid, una balda de nevera, un brazo de sofá y un dormitorio interior le suponían el 60% de su sueldo.
El miércoles, ya con la moral por los suelos, fue a recoger su título de “Máster en e-Smoking. El humo como estrategia comerci@l” al que había dedicado 640 horas y seis pagas extra y que por la noche rebozó en la paellera y colocó ante la puerta de su casa para tener así un felpudo de posgrado pues para nada más servía.
El jueves y el viernes una gripe española de pura cepa le postró en cama y, como leer le levantaba dolor de cabeza –mitad por la gripe, mitad porque se empeñaba en terminar el Ulises de Joyce-, estuvo viendo la televisión sin entender nada de nada a pesar de los gritos.
Ya recuperado, se estaba preparando en la eternidad del sábado por la tarde un café cuando escuchó en la televisión el himno nacional. Se acercó al salón -saltando la barra que lo separaba de la cocina- pensando que jugaba la selección española de balonmano y se sorprendió al ver que era el final de una manifestación. Algunos se llevaban la mano al pecho. Cambió de canal, donde otros se las llevaban a la cabeza.
- Esto son las dos Españas – dijo un analista político en la radio.
Pues están jodidas, pensó Roberto Cintura -a quien aquello del himno nacional le tenía sin cuidado- mientras veía cómo el café se esparcía por los suelos de la cocina al igual que su futuro.

David Barreiro