Fue una tarde después de la lluvia, frente al
lago sagrado, cuando Ernesto narró a su nieto Juan cómo
habían nacido el primer hombre y la primera mujer.
- Verás, bebé. Más allá de estas montañas
existe el mar. El mar está formado por las tristezas de los dioses.
Cuándo éstos sufren la pérdida de algún
ser querido sus lágrimas descienden en forma de lluvia sobre
la tierra. La lluvia es el disfraz con el que los divinos ocultan su
dolor a los humanos.
Hace más de tres mil eclipses los dioses perdieron a su padre,
al fundador de la estirpe, y del luto de varios años surgieron
como fruto los mares y océanos sobre la Tierra. Por entonces
aún no habían nacido ni la mujer ni el hombre.
Una noche, estando la luna en lo más alto del cielo, vio que
el mar estaba calmo y tendido sobre las orillas. Entonces, la luna le
pidió al mar que crease una gran ola con la ayuda de su luz,
portadora de las mareas. Éste accedió y de un gran soplido
la diosa blanca logró tallar sobre aquella piel azul una ola
que rompió en la orilla de una remota playa.
Pues bien, con la espuma surgida, mezclada con saliva de la luna, ambos
dioses modelaron el cuerpo de la primera mujer. Al ver que su obra era
maravillosa decidieron no dejarla sola y, con uno de sus cabellos y
la espuma de una nueva ola, crearon al primer hombre.
Fue así como las personas lograron brotar de las aguas y dejar
atrás el tic-tac de las mareas para adentrarse valle adentro
en busca de refugio.
Y cuenta la leyenda que fue aquí, en Timbao, a donde llegó
la pareja original, tras muchos meses de camino. Se dice también,
que sus cuerpos descansan bajo las aguas de este hermoso lago, pues
al morir, sus hijos quisieron que ambos retornasen al mundo del que
habían surgido.
El pequeño, la mirada perdida en el lago, preguntó:
- Si el mar nació de la tristeza de los dioses, ¿el lago
de Timbao cómo brotó?
El abuelo, tras mesar los negros cabellos de su nieto,
contestó:
- Los mares son fruto del dolor por la muerte de un ser querido; los
lagos son las cicatrices que dejan las historias de amor...
xurde