Baikar Ultinos
Una criatura respira en la maleza. Silva con la deformidad de su cara.
Las huellas de una guerra diaria truncan su imagen y atormentan su ánimo.
Las manos rotas de los golpes. Con la cara sangrante y el pelo enmarañado
de sudor y barro. A sus pies yacen aquellos que querían matarle.
Que eran como él, aunque él no sea como ellos. Es un ser
hermoso tras la lucha. Sin orgullo mira la muerte provocada por su voluntad.
Es la voluntad de vivir, de no perecer. La de continuar respirando para
encontrar algo por lo que seguir. Es tan fácil dejarse matar.
Él lo había intuido mientras ellos se le echaban encima,
mientras recibía los primeros golpes, los primeros mordiscos
de sus iguales. Pero ellos no olieron el miedo en él esta vez,
por eso se sabían muertos antes de comenzar. La voluntad de matar
no se puede comparar a la voluntad de vivir, a la de sobrevivir. Aunque
sólo sea la de esperar un momento mejor. Uno en el que surja
un poco de luz en los valles y florezca algo bello que contemplar en
el camino. Algo para recordar entre la inmundicia. La criatura se fue
calmando poco a poco. Ya no le temblaban las manos rotas, ni tenía
acelerado el corazón. Ya no pensaba en la muerte. Ni en la suya
ni en la de sus adversarios, sus depredadores. Ese lugar iba a ser ya
suyo por un tiempo. Pero sólo por un tiempo, antes de que volvieran
otros como estos. Que vieran los cadáveres de sus iguales y partieran
a la caza del culpable para vengar la sangre derramada tan justamente.
Buscarían mantener el desequilibrio, el silencio de una armonía
que la criatura había rehabilitado. Había ventisca en
la cumbre de la montaña. Sobre una enorme piedra podía
ver a los lobos acercándose. Ellos le reconocían como
el amo y señor del santuario donde se encontraban. A su espalda
estaba el gran monolito, un canchal sobre el que se habían labrado
tres enormes círculos en su honor. Él era el ídolo
al que se consagró la montaña. El amo de las aguas bajo
sus pies, manando lenta en las fuentes. Los lobos aullaban, olían
la sangre de un efímero rey. El respeto sólo se prolongaría
hasta que llegase la oscuridad. Con ella acudirían a la llamada
del olor rojo para despedazar la carne que quedara. Quizá la
luna podría salvarlo. Pensó en ello. La luna estaría
repleta esa noche, iluminaría todo el santuario. Los lobos aullaron
hasta la locura mientras desaparecía la luz en la cumbre. Fue
en ese momento, cuando la noche aún no se ha hecho presente,
cuando se levantó del ídolo de piedra y caminó
lento hacia el altar. No estaba muy lejos, orientado al norte y con
los restos del último sacrificio en su hornacina. Allí
depositaban los hombres sus ofrendas a dioses como él, haciendo
honor a su absoluta ignorancia acerca del universo y su uso. El pequeño
dios subía hasta allí seguido de su tétrica escolta.
La mirada de los lobos quedaba desquiciada con la luna brillante. La
saliva chorreaba entre los colmillos. Todo comenzaba a brillar en la
noche. Las piedras. La hierba y los arbustos. El agua corriendo por
la tierra en busca de más agua. Se detuvo el viento entonces.
Con sus manos heridas pudo echar fuera los restos de las otras ofrendas.
Había hermosas flores marchitas, grano de la última cosecha,
joyas, carne de humano ignorante. Jamás llegarían a comprender.
Esas riquezas que le donaban le parecían a él ofensas,
más bien un insulto. Habría preferido sus cabezas alineadas
hacia el monolito, engarzadas con sus propios cabellos. Y que el último
de los hombres, tras colocar semejante ofrenda, se hubiera quitado la
vida atravesándose el corazón con un puñal, creando
al menos un espectáculo bello de sacrificio ante la impotencia
de comprender la naturaleza. Varias conchas o una mano con su adorno
no eran suficiente. El ídolo vivo sintió rabia. Lo tiró
todo a los lobos, que empezaron a pelear por la carroña. Alguno
de ellos ya se disponía amenazante hacia él. Pero pronto
debía acabar todo. Juntó sus manos sobre el altar de sacrificio,
cerró sus ojos. Y en ese momento llegó de nuevo la ventisca
más fuerte que nunca, cargada de duro hielo acompañando
a un grito enorme, inabarcable, del ídolo. Tan fuerte que los
lobos perdieron el juicio. Era insoportable y sin fin. El hielo comenzó
a matar todo lo que había en la cumbre, llevándose todo
lo que había lejos del lugar sagrado. Los lobos salieron despedidos
con el rabo entre las piernas. El viento arrastró los cadáveres
de los perdedores, los árboles, las piedras del santuario con
toda la tierra que lo rodeaba. Y no paró el grito en una eternidad,
hundiéndose en la tierra y sus aguas, contaminando el río
con su eco de rabia. Un eco ya sordo sin pulmones que lo alimenten,
pero con una vibración que envenena a cualquiera que beba esas
aguas malditas o benditas por ese pequeño dios. Un sol tímido
osó asomarse lento en la mañana fría. Tras desaparecer
el grito y la luna no había quedado nada para alumbrar la cumbre
de la montaña, que apareció de nuevo en la realidad completamente
asolada, devastada. No quedaba rastro de vida alrededor del epicentro,
ni piedra sobre piedra. Sólo el altar seguía en pie. Un
pesado altar consagrado al dios del agua y de las fuentes en el que
yacía un cadáver mutilado. El envoltorio físico
del ídolo antes de volver a las fuentes era lo que quedaba tras
un grito de muerte. Era la mínima expresión de algo que
fue hermoso en un tiempo en el que lo divino se movía en la tierra,
podía observarse y venerarse en sí mismo. Sin embargo
los hombres no habían comprendido la belleza de su suerte. El
tiempo de mitos desaparecía. Comenzaba el tiempo del hombre y
la destrucción de las imágenes, de la naturaleza, de sí
mismo. Una manada de lobos se acerca lentamente al lugar. Acuden curiosos,
algo temerosos pero hambrientos de carne. Tras encontrar el cuerpo no
dudan en comenzar el reparto.
Baikar Ultinos