Faltaban cinco minutos para las diez de la mañana. Permanecer
toda la noche despierto había sido una tortura para él,
preso del desfase horario. Los tres planetas juntos, en conjunción
antes del amanecer, con tan sólo unos segundos para ver el espectáculo
en el Este. En seguida, la luz del Sol devoró los tres astros.
No volvería a ocurrir hasta el 2050.
Después de cenar había estado leyendo un rato. Se sentía
cansado ya a esas horas pero con una falta de sueño tan incómoda
como patente. Aún era pronto cuando el libro se volvió
aburrido. Lo había cogido al azar de la estantería. Era
uno de esos regalos a los que ponemos buena cara prometiendo leer sin
tener el más mínimo interés. Enterrando el tomo
al fondo de una montonera para que coja polvo, esperando ser reutilizado
en un posterior regalo a un tercero. El libro trataba sobre el cerebro
humano, “cuya corteza puede desplegarse formando una extensión
no superior a un pequeño mantel”. Le divirtió pensar
en el autor con un mantel en la cabeza.
No era medianoche. Había cenado demasiado pronto. El agobio le
llevó entonces por una interminable carrera de canales temáticos
en la televisión por cable. Cientos y cientos de canales. De
historia, de cocina, de viajes. Canales de adultos y de niños,
sólo para mujeres, para los amantes del cine, del deporte. Un
mundo entero a su alcance por tan sólo 34.95€ al mes. Notó
que el dedo se le agarrotaba, era el pulgar. Lo miró viendo cómo
había quedado negro, como el botón que pasaba los canales.
Sólo eran las dos de la mañana. Recordó a que hora
iba a amanecer según el periódico: ocho y media de la
mañana. Comenzó a preocuparse, quizá a angustiarse.
Definitivamente comenzó a desesperarse.
Notó como las pulsaciones se le aceleraron al ver qué
pronto era aún. Quería ver el espectáculo planetario
a toda costa, aunque sabía que quizá estaría condenado
a ello tras coger un vuelo tan largo para volver a casa. Eso le despertaba
aún más y le hizo recorrer con paso rápido el camino
hacia la cocina. Pensó en entretenerse preparando la comida para
el día siguiente.
Desplegó en la encimera toda la comida que tenía. Vació
el congelador. Un redondo de ternera, un pollo entero, solomillo, carne
picada. Luego vació la nevera. Preparó varios platos en
un tiempo récord. Incluso los separó en raciones para
congelar y comer todo un mes. Todo en menos de tres horas.
Quedaba mucho, mucho tiempo. Después de recoger la cocina, y
dejarla como una patena, se acercó al armario donde guardaba
las herramientas. Tenía algunas chapuzas que hacer, así
que se puso a ello. Arregló dos puertas, un grifo, un enchufe
y hasta un pinchazo en su bicicleta. Cejó en su empeño
de colgar un par de cuadros al notar como al sacar la taladradora los
vecinos comenzaron a insultarle. Eran las seis y cuarto de la mañana.
Volvió al punto de partida dejándose caer en el sofá.
Se le ocurrió escuchar música para relajarse y pasar algo
de tiempo. Empezó con la Sinfonía nº9 de Do menor
de Ludwig van Beethoven. 1 hora, 14 minutos, 47 segundos Pero su cerebro
no le daba tregua. Recordó con sorna el maldito mantel de picnic,
con sus cuadros y sus flecos. Pensó si no lo tendría él
ahora sobre su cabeza.
Con los arrebatos del último movimiento recordó lo sucia
que tenía la casa tras un mes sin pisar en ella. Se puso a limpiar.
Sonaban los acordes, los coros. Barría, fregaba sin parar, arrasaba
con el polvo de estanterías. Era una locura, estaba fuera de
sí. Tenía todo el suelo mojado, abrió las ventanas
para que se ventilara.
Miró el reloj. Quedaba poco más de media hora. Habría
que vestirse para una ocasión única. Recordó que
tenía el traje de Prada limpio y planchado. Una ducha y listo.
Se metió en la bañera, se desolló la piel de tanto
frotar. Recordó la maldita noche y sintió ganas de dejar
su trabajo.
El traje estaba majestuoso desplegado sobre la cama, aunque no tanto
desplegado sobre él. Por mucho de marca que fuera, la raya diplomática
ya no está de moda. La corbata era horrible. Sin embargo, la
ropa cara hace milagros en algunos. Con sus mil euros sobre encima se
sentía seguro, un hombre espléndido.
Necesitaría unos prismáticos para ver los tres planetas
brillando juntos. Recordó los que había usado alguna vez
para la ópera. Eran ridículamente pequeños y horteras,
pero valdrían.
Un gran momento histórico e irrepetible en tanto tiempo necesitaba
un brindis. Sería un brindis al Sol en toda regla. Se acercó
a su pequeña bodega particular. Seleccionó una cara botella
de cava y buscó una hermosa copa de un fino y caro cristal para
servirlo justo después del momento planetario.
Pudo ver en el microondas cómo la hora era la adecuada para salir
a ver lo que tanto había esperado. Quizá debía
darse prisa.
Salió rápido por el pasillo, aunque no llegaría
a su destino. El suelo estaba aún mojado y los zapatos no dieron
la tracción suficiente que su precio requería. Durante
la caída una mesa fuera de sitio a causa de la limpieza del salón
le noqueó como ni Mike Tyson pudiera haberlo hecho. Quedó
inconsciente sobre la tarima.
Faltaban cinco minutos para las diez de la mañana. Permanecer
toda la noche despierto había sido una tortura para él,
preso del desfase horario. Los tres planetas juntos, en conjunción
antes del amanecer, con tan sólo unos segundos para ver el espectáculo
en el Este. En seguida, la luz del Sol devoró los tres astros.
No volvería a ocurrir hasta el 2050.
carlos g. torrico