Pensó en su propio titular mientras la vista
se le nublaba. Tumbado en el suelo con lo que se suponía que
eran cuatro tiros en la espalda.
Se suponía porque no había sentido nada.
Una rara intuición de que le seguían por aquella bocacalle.
Luego, la imagen de su pecho saltando por los aires. Y directo al suelo
de bruces. No le habían rematado, le habían dado por muerto.
Pero aún no lo estaba. Con la cara pegada al suelo y una mano
estirada, pensó en jugar con el enorme charco de sangre. Lo podía
haber hecho un minuto antes, ya no. No podía moverse. Sólo
le quedaban fuerzas para respirar levemente, mirar su mancha roja extenderse
y pensar. Pensar en su último trabajo irresuelto.
Después de tantos años trabajando por libre
hay peligros que se intuyen. Sin embargo, contra esa facultad trabajan
la desidia y la inmundicia que puede verse en tantos delitos y traiciones.
Pensó en que quizá se expuso a la muerte adrede. Para
que alguien acabara ya con el trabajito. Con un juego sucio del que
ya estaba cansado.
Ante esa falta de dolor mientras se desangraba vivo en la sucia acera,
el detective muerto sintió alivio. Aun así sus ultimas
cavilaciones enmendaban su orgullo de sabueso. Quería encontrar
dónde había quedado al descubierto.
Muchos piensan en el espionaje como una lucha de fuerzas
entre servicios de inteligencia, países, ejércitos. Pero
las peores guerras se libran en el espionaje industrial. A eso se dedicaba
él.
Un mundo mucho más sórdido y sin sentido. Sin banderas
ni sentimientos, sin emociones, sin fines ni objetivos más que
la supremacía entre corporaciones. Él era producto de
ese mundo gris. Quería que todo terminara.
Pensó que a ella también la matarían
tarde o temprano. La había seducido y condenado a muerte. Quizá
la habrían matado ya. “Alto cargo de importante consultora
se suicida arrojándose por la ventana de su hotel”. Eran
tan bella. Había tardado meses en acercarse, haciéndose
pasar por un abogado de uno de sus centenares de clientes. Infiltrado
por el bufete en tantas reuniones, cafés en los pasillos y viajes
de las auditorias. Había conseguido acercarse a ella. Ella era
valiosa, era la información que mataría a ambos.
Un primer encuentro sexual en un hotel de Barcelona había
dejado a ambos enganchados. Pero trabajo es trabajo. Un tratante de
armas disfrazado de importador de barcos paga mucho por información
de sus competidores disfrazados de constructores, banqueros de medio
pelo o marchantes de arte. Todos ellos traficantes de drogas, armas
o personas. La relación entre ambos peones en ese mundo se tornó
más angustiosa con el tiempo.
Allí tumbado la sangre dejaba ya de brotar. Pronto
moriría. Debió olvidar cerrar la sesión en el servidor
de datos de la oficina. Dejó puesta la clave de acceso de ella.
Le vieron salir con su identificación caducada de la consultora.
Ya daba igual. Los sicarios andan rápido y disparan más
rápido aún. Pero no lo habían rematado. Con un
silenciador basta para no armar ruido y salir andando despacio del lugar.
Con ella iba a ser más sencillo. Abrirían la puerta de
su suite y simplemente la estrangularían. Quedaría pálida
con los ojos sorprendidos y su hermoso cuerpo tirado en la moqueta.
Sin sangre, sin heridas.
Él ya empezaba a ahogarse. Con los pulmones encharcados
escupía sangre. Notó cómo le daban ligeros espasmos.
Ahora sí dolía. Pensó que un mundo de desgracia
se echaba sobre un desgraciado. Y allí tirado murió.
Mientras tanto, un teléfono sonaba en un lujoso
hotel de Bilbao. Era la habitación de ella. El teléfono
sonaba y lo hizo durante un momento. Alguien descolgó el aparato.
Una voz dura habla desde el otro lado.
Señora, el trabajo está hecho. Colgó de repente.
carlos g. torrico