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| MANIFIESTO DE LA BANDA | ||
MANIFIESTO DE LA BANDA—diáfana luz cegadora contra todo intento manipulador, contra toda intromisión interna y externa—provisional, hipotéticamente póstumo. “Hemos de ser un lugar de descanso para nuestros
amigos, pero un lecho duro, de campaña” La verdad es la necesaria estructura-conclusión de este manifiesto. Esa es su fuerza y su autoconciencia inicial. Como un nervio violento esta convicción lo recorre y lo cimienta, potenciándolo en cada uno de sus átomos-ideas. Átomos de verdad, pues, son su constitución última. Y su tema es la banda- ese es su asunto. Una búsqueda radical de su esencia o del hallazgo inesperado de la imposibilidad de plasmarla en palabras. Quizá la búsqueda sólo nos proporcione una certeza: la impotencia del lenguaje aquí. Será entonces cuando habrá que emprender otra búsqueda: la plasmación de la naturaleza requerida a través de los actos. Pero la tarea realizada no habrá sido en vano: habremos cercenado para siempre una posibilidad –la del lenguaje- en la tarea de explicarnos. Será entonces cuando tendremos que recurrir a los actos -en su manifestarse siempre actual- para lograr entrever algo de la entidad “LA BANDA”. Será entonces cuando nos habremos situado más allá de los límites del lenguaje, y si hacemos caso de la afirmación de que los límites del lenguaje coinciden con los límites del mundo significativo, nos habremos situado más allá de los márgenes del mundo, más allá de la mismísima significación. La banda no ha sido creada. Cuando estaba preparada -madura en su interno desarrollo- se ha manifestado en ciertos individuos. Y en esta dirección podemos decir que es la banda la que crea. Los citados individuos participan de su naturaleza, son “banda”, pero ninguno de ellos puede erigirse como dominador y poseedor de la misma. Son simples momentos participantes, fulgores de un núcleo en llamas. La banda –siguiendo la lógica iniciada- no
puede ser representada: ella se representa a sí misma plenamente
a través de la interacción en acto, en presente, de sus
integrantes. Es sólo cuando se da esta coyuntura presencial cuando
la banda se manifiesta en su total plenitud. Los consensos sobre las actividades de la banda se tomarán
de forma interna y serán el resultado de una negociación
de los integrantes de la misma. En las negociaciones cualquier instrumento
es válido en la tarea de persuadir al resto de los integrantes
que no se encontraran en nuestra dirección de pensamiento y de
acción. La banda no puede permanecer expectante de la disolución de las dudas de ningún integrante y por este motivo no puede esperar por mucho tiempo a nadie. Debe emprender cuanto antes la apremiante tarea que le es propia: la acción, la búsqueda de nuevos espacios, de nuevas y renovadas brisas, la escalada de nuevas y desconocidas cimas. Los lugares elevados gustan a la banda. Y las situaciones límite. Se perseguirán por sus integrantes con avidez, con rostro famélico de animal desesperado que únicamente tiene una opción en su huida hacia delante: la victoria sobre el resto. Y la búsqueda del poder, la droga natural de la banda. Sobre el poder la banda ríe como un niño ensimismado en su juego. La banda se desarrolla a través de actos que cabalgan
sobre instantes –y a causa de este específico desarrollo-
estigmatizados para siempre, desvinculados y distintos ya del tiempo común.
En su desarrollo en actos montados sobre instantes e interpretados por
sus actores elegidos no excluye la posibilidad de elegir a otros actores,
a otros integrantes—suyos. La posibilidad de inclusión de
un nuevo miembro en la banda existe, pero esta nueva incorporación
no es decidida por ningún integrante primitivo. Nadie decide este
factum crucial, sino que surge espontáneamente. Llega un momento
en el que los miembros primitivos inician la referencia al foráneo
en la dirección de que efectivamente es uno de los nuestros. El
“hacia” de la referencia a partir de ese instante tiene un
suelo especial en el que recalar. Va y vuelve trayendo consigo ese fragoroso
eco que sucede a la creación., que es interno, etéreo, pero
ensordecedor. Los integrantes de la banda no son iguales, ni deben serlo. Acaso comparten un resbaladizo suelo cristalino. Acaso tienen en común algún específico impulso. Acaso compartan que todos sean egos imposibles e insanos. Este manifiesto sobrevuela dicho asunto y acerca del mismo sólo propone lo referido. Y tan sólo lo hace como hipótesis. Los límites también establecen diferencias entre los integrantes de la banda. Cada uno, debido a sus condiciones humanas, biológicas y sociales o circunstanciales se ve abocado en determinadas situaciones a experimentar frenado su decurso vital. Ante estos límites debe intentar por todos los medios valerse por sí mismo. Si no lo consiguiera recurriría a otro u otros integrantes como medio para obtener la superación propia -y a la vez de la banda- de la limitación acuciante. La libertad también, y ante todo, define a la banda. Y la búsqueda, la apertura, los márgenes, las crisis: son cuchillas favoritas utilizadas en el marcial caminar hacia donde nuevos horizontes dibujan sus inexpresables colores, siempre escuchando el fragor que producen los derribos de los muros ocultadores de la luz cegadora y deseada. El derribo como disciplina, como pulsión de autenticidad, como regla de oro. La apertura define a la banda, y a este manifiesto: queda pues incompleto, preparado, ávido de la caricia de la divina mano. A la banda le gusta reír –y a este manifiesto, a carcajadas lascivas. He dicho. Hemos dicho. La banda en las fiestas. La banda y las tías. La banda es en sí. No es nadie ni puede ser
representada por nadie en su plenitud.
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