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RESACA |
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Llegas al baño, piensas que estás muy mal (y es cierto) y te acuerdas que en las películas siempre se toman dos alka-seltzers o dos aspirinas nada más levantarse, pero consideras que eso es para los mariquitas. Tu eres un tipo duro, al menos lo eras hasta ayer. Te encuentras delante del espejo, observas los estragos que una sola noche han causado en tu cara, es el momento en el que te replanteas tu existencia (Ayer me lo pasé genial pero ¿Qué coño hice? Y ¿Dónde estuve?) y juras que no volverás a beber más en toda tu vida, con la excepción hecha de Nochevieja. En el fondo no te lo crees ni tú pero en estos momentos es típico realizar esa promesa. Por la hora que es y el olor que viene de la cocina, sabes que llega el momento culminante del día, la odiosa comida, el día en que tu estomago reniega de tí en casa se han empeñado en poner comidas ligeritas, tales como cocido, lentejas, paella o fabada. Ves el plato frente a ti, parece un reto insuperable, y ya avisas que no tienes mucha hambre porque te acabas de levantar. Pruebas el plato, pero las lentejas, no sabes porqué extraña razón tienen el mismo sabor que el pan o la ensalada. Además de todos los síntomas anteriores te acabas de dar cuenta de que has perdido el sentido del gusto, por ello sigues aferrado a la botella de agua, que es la única que comprende tu estado físico. Como no la sueltes de la mano puede que pase a formar parte de tu cuerpo. A la mitad de la comida es el momento, si no lo ha sido
antes, en el que pasas a ser el centro de una conversación que
ignoras de qué trata. Por un lado, tu madre te pregunta si antes
de acostarte te comiste los boquerones en vinagre, tu respondes con un
no rotundo y automático, el fundamento de esa pregunta reside en
que alguien de la casa se ha zampado todos los boquerones que había
preparados para la familia. La desaparición del plato es un misterio,
como si David Copperfield hubiera estado en tu casa. Comienzas a pensar
que a lo mejor tu eres el responsable, cuando llegaste a casa abriste
el frigorífico y engulliste el plato de boquerones. Lo mejor será
negarlo todo hasta el final mientas sea posible. Cuando abres la boca para decir o pedir algo notas que
tu voz ha cambiado, un tono sospechosamente parecido a Joe Cocker te inhibe
a la hora de expresarte pero no te preocupas porque en un par de horas
se te habrá pasado. Por fin la comida ha finalizado, has aguantado como un campeón y no has comido casi nada. El dolor de cabeza comienza a desaparecer pero todavía persisten ciertas secuelas en tu cuerpo. Vagas por el pasillo como una momia en dirección a tu cuarto. Te pondrás a ver la tele y, si puedes, dormir un poco. Delante de la tele volverás a replantearte tu vida y extrañas preguntas vendrán a tu mente: ¿Por qué en las películas, después de haberlo hecho ella se levanta y se tapa con la sábana? ¿Por qué los presentadores de los telediarios llevan siempre camisas azules? ¿Por qué los malos de las películas siempre visten de negro y fuman continuamente?. Y sin darte cuenta, como si estuvieras lobotomizado, te has pasado una hora y media viendo una competición de natación sincronizada. Cuando empiezas a coger el sueño, una oportunísima llamada te despierta, son tus amigos (aunque a esas horas de la siesta no sean tan amigos), hablas sobre lo que hiciste la noche anterior, hay cosas que recuerdas de forma clara pero otras se encuentran ocultas en tu memoria. El verdadero propósito de la llamada es intentar convencerte de repetir lo de ayer. Te cierras en banda y niegas cualquier posibilidad de volver a salir y machacar el cuerpo de nuevo. Estás demasiado cansado y prefieres quedarte en casa para recuperar. De repente, como si un agujero negro te hubiera succionado te encontrarás duchado, bien vestido y mucho mejor de lo que te encontrabas antes, riendo, rodeado de tus colegas y de nuevo tomando cubatas en un bar. No sabes cómo has llegado allí, pero has vuelto al círculo vicioso. Y es que lamentablemente el hombre es el único ser vivo que tropieza una, otra y, si hace falta, otra vez con la misma piedra. “No solo de pan vive el hombre. De vez en cuando, también necesita un trago”. WOODY ALLEN
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