“Ya te cansa, mundo, ser
enorme sueño indistinto.
¡Tantos espacios ofreces,
invitación, a los signos! [...]
¿Qué esperanza de ser fábula
mantiene al mundo rodando?
Abierto y sin prisa espera,
tan en blanco,
que sus más ocultas glorias
al fin se le vuelvan poema”
El hombre lleva siglos obsesionado con la racionalidad
del mundo, con medirlo, cuantificarlo, hacerlo lógico. Desde luego
la ciencia es un reto que ha cambiado la faz de la realidad y nos ha dotado
de medios en continua progresión para dominarlo y hacer de él
un lugar más acorde para la vida humana. (No olvidamos los riesgos
y la destrucción que también ha traído el “progreso”
sin límites a nuestro planeta, pero no es el tema de esta ocasión).
Pero la racionalidad encadenada a la lógica y a la experiencia
empírica esconde aspectos del hombre y de las cosas que no sabe
tratar. No es que como decían los positivistas todo lo que queda
fuera de la experiencia no sea, sino que no puede ser dicho desde la lógica
científica. Dentro de esta corriente filosófica ha habido
debates ásperos y muy instructivos sobre cuestiones de este calado.
Nosotros queremos plantear un retazo de lo que sería un modo de
conocimiento no alternativo, sino complementario del científico.
A nuestro entender hay múltiples aspectos ontológicos que
se expresan más naturalmente en el lenguaje poético. Veamos.
En principio debemos recordar que el lenguaje es equívoco y no
unívoco. No tenemos más que echar un vistazo a cualquier
diccionario para encontrar la polisemia en la mayor parte de las palabras.
Hacen referencia en algunos casos a entidades muy distintas entre sí.
El sueño de conceptos perfectamente diseñados y con referencia
semántica acabada cae por los suelos. En lenguaje tomista las palabras
son análogas, refieren al mundo no unilateralmente, sino con complejas
relaciones de semejanza, desemejanza, similitudes y disimilitudes. Aristóteles
al hablar de la metáfora en su Retórica ya la concebía
como un medio para expresar aspectos relacionales entre cosas prestamente
separadas e indiferentes entre sí. Lo mismo diríamos de
la metonimia y de muchos otros recursos retóricos. La retórica
no siempre es sofisma o engaño, sino construcción de un
discurso rico, como plural es el mundo en el que vivimos.
Esta situación se agudiza cuando tratamos de personas, cuando nos
fijamos en que el conocimiento se da entre entidades personales, con toda
su carga de apetitos, ideas, creencias, valores, perspectivas, sentimientos...
Si las ciencias naturales no reducen la realidad a su lógica, tampoco
las humanas. Sobre todo sirven para simplificar, cuando el conocimiento
es continua complejidad creciente. La poesía –aquí
la tratamos como ejemplo por antonomasia de creación estética,
de arte- sí abre la realidad, encuentra en el mundo más
que cosas, colorea todo con su vigor, saca a la superficie lo profundo,
dona alma donde aparentemente no existe. Un racionalista de los pies a
la cabeza, pero con mucho fineza espiritual para el contraste y el matiz,
como era Kant lo reconoce en su magistral Crítica del juicio:
“El poeta se atreve a sensibilizar ideas de la razón de seres
invisibles: el reino de los bienaventurados, el infierno, la eternidad,
la creación, etc. También aquello que ciertamente encuentra
ejemplos en la experiencia, verbigracia, la muerte, la envidia y todos
los vicios, y también el amor, la gloria, etcétera, se atreve
a hacerlo sensible en una totalidad de que no hay ejemplo en la naturaleza,
por encima de las barreras de la experiencia, mediante una imaginación
que quiere igualar el juego de la razón en la persecución
de un máximum, y es propiamente en la poesía en donde se
puede mostrar en toda su medida la facultad de las ideas estéticas”
La poesía introduce en el lenguaje espíritu, lo desmaterializa,
no solo por incluir sentimientos o juegos imaginativos, sino por la riqueza
y profundidad que trasiega en su seno. Sigue Kant:
“Hace, pues, que en un concepto pensemos muchas cosas inefables,
cuyo sentimiento vivifica las facultades de conocer, introduciendo espíritu
en el lenguaje de las simples letras”
La persona está dotada de una capacidad simbólica que la
poesía sabe atrapar como pocos lenguajes y hacerla patente, jugar
con ella al mismo tiempo que construye ritmo. El arte poético une
metafísica y matemáticas, sensibilidad y razón, mundo
y alma. Nos lo recuerda un gran poeta:
“Por lo que respecta a la versificación, la dificultad es
solo parcial; si bien un tercio del tema puede considerarse como metafísico
y debatido conforme al parecer de esta o aquella persona, los dos tercios
restantes pertenecen innegablemente a las matemáticas. Las cuestiones
que por lo regular se discuten con tanta gravedad acerca del ritmo, metro,
etc., son susceptibles de una verificación práctica”
Es por tanto evidente que el mito de la poesía como evasión
del mundo, como una ensoñación sin lazos con la realidad
cae derribado. Poesía es hermandad entre ontología y lenguaje.
Otro gran poeta viene a recordárnoslo:
“La realidad es indispensable al poeta, pero en sí sola no
es suficiente. Lo real es crudo. El mundo es una posibilidad, pero es
incompleto y perfectible. [...] El poeta tiene que revisar, confirmar
y aprobar la realidad. Y el poeta la confirma o recrea por medio de la
palabra, con solo ponerla en palabras. El don del poeta consiste en nombrar
las realidades cabalmente, en sacarlas de la enorme masa del anonimato.
El primer poeta que cantó a la rosa, al bautizarla, al darle nombre,
le dio una nueva vida. La lengua misma es poesía. Y, por tanto,
el poeta es el mejor que usa la lengua, el que utiliza en su mayor plenitud
el poder de dar vida a lo anónimo, de dar a la realidad cruda e
indistinta una realidad poética y singular. Es erróneo decir
que el poeta no vive en la realidad: vive en ella más que nadie.
[...] El poeta absorbe la realidad, pero, al absorberla, reacciona contra
ella; lo mismo que el aire se exhala después de pasar por una transformación
química en los pulmones, la realidad vuelve también al mundo
transformada, en parte, por la operación poética”
Hablamos por tanto de una capacidad de desgarrar la ontología para
hacer de ella verdaderamente profunda, no un simple decir, más
aún una construcción de la realidad. Así el lenguaje
poético transmite todo aquello que no es experiencial de un modo
directo, tanto lo abstracto como lo individual , todo lo que no se reduce
a problema, lo que es propiamente misterio (Marcel). Si existe un ámbito
propio para la creación y la palabra poética ese es el del
misterio.
“El misterio no vale por su oscuridad sino por ser el signo difuso
de una realidad más rica que las claridades inmediatas”
Porque con misterio no designamos una huida del mundo, ya lo hemos apuntado,
sino que determinamos una mirada distinta hacia un estrato obviado de
lo real. Ab origine el misterio tiene el sentido de lo no patente y a
la vez, lo que se mira con otros ojos:
“Uno de los sentidos con que los antiguos griegos usaban el término
misterio (y de ahí su importancia para la mística) es que
con dicho término se designaba el abrir y cerrar de ojos, ese instante
en que los ojos no están ni en la vigilia diurna ni en la ensoñación
nocturna, miran sin ver, ven y no miran, ¿a dónde miran
y ven?, ¿qué miran y ven?, ese es el misterio, eso es lo
Otro con que se encuentra el místico”
Diríamos que la poesía vive en la duermevela, entre lo que
se dice y lo que se elude. Es alusión, elusión e ilusión,
conocimiento, silencio y utopía. Transmite saber, mística
y valores. En el caso negativo, que los hay en cantidad, ignorancia, ateísmo
y vicio. En todo caso anda en el lindero entre razón y misterio.
Es por ello que lo sagrado tenga un hueco por antonomasia en la poesía:
dentro del cristianismo la Biblia tiene momentos de profundidad poética
innegables (Salmos, Cantar de los cantares, Libro de Job, Bienaventuranzas...).
En definidas cuentas la poesía, hemos intentado verlo, no es alternativa
a la ciencia, la complementa y ambas hacen de la aventura epistemológica
una tarea transmutadora de una realidad que a muchos interesa ver terminada,
sin aristas, sin abismos, sin presencias misteriosas, sin valores, descafeinada.
Hoy más que nunca la división de ciencias y letras es una
ruptura desgraciada. De la misma manera teología y mística
no deben ir por sus respectivos lados, más bien andar de la mano.
Y los filósofos, esos tremendos racionalistas incluso cuando se
autoproclamen irracionalistas, han de conocer el lenguaje poético.
La palabra exacta, en el momento abierto, en el tiempo instantáneo
que roza la eternidad. La llamada del ser a que escuchemos su más
profunda dimensión. La llamada de nuestra propia espiritualidad
a no quedar tapada en la anodina cotidianidad prosaica y rutinaria. Porque
la poesía utiliza la lógica de lo profundo para hacerlo
vida, toca en un beso, en una flor, en una herida, en una nube, en una
estrella la sublimidad ontológica de nuestra realidad. Para los
creyentes, atisba a Dios en sus criaturas. Para el personalismo, dice
lo misterioso de eso que llamamos persona con palabras simbólicas
y heurísticas, con metáforas que se acarician.
P. Salinas, “Confianza”, en VI volumen de Poesías completas,
Madrid, Alianza, 1997, pp. 59-60.
E. Kant, Crítica del juicio, Madrid, Espasa, 1995, p. 271 (traducción
de M. García Morente).
Ib. p. 274.
E. A. Poe, Ensayos y críticas, Madrid, Alianza, 1987, pp. 301-302.
P. Salinas, Ensayos completos, tomo I, Barcelona, Taurus, 1983, p. 191.
“La vida es una transición incesante de lo individual a lo
abstracto y de lo abstracto al individuo. Es este segundo momento el que
falta a la ciencia; una vez en lo abstracto no puede salir de él”,
M. Bakunin, Consideraciones filosófica, Madrid, Aguilera, 1977, p.
168.
E. Mounier, Obras completas, I, Salamanca, Sígueme, 1992, p. 203.
D. López Salort, Presencias de lo sagrado, Córdoba (Argentina),
Konvergencias, 2004, p. 45.
Fernando Pérez de Blas
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