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Y
de repente, la consecuencia, esa subida adrenalínica, que no sé
dónde me empieza pero que se me extiende hasta las puntas de los
dedos. Las causas, siempre dos. Los comienzos y la posibilidad de viajar,
sobre todo si es de forma inesperada, porque es como me gusta que ocurran
las cosas.
Esa adrenalina es la puerta abierta que deja escapar mis deseos. Esos
que uno guarda bajo el abrigo, que ante la imposibilidad de saciarlos,
permanecen callados. Y con la eventualidad de satisfacerlos, explotan
y se derraman, provocándote todo este abanico de sensaciones.
Los deseos, tan incompatibles entre sí y tan incompatibles con
su propia satisfacción. Pues una vez alcanzado el placer, ya no
nos queda nada, sino más búsqueda de placer. Que si éste
se entiende como fin último, su búsqueda perpetua nos hará
caer en hastío y frustración.
Y alguien abre una vez más esta compuerta secreta, un quién
que quizás sea la persona que me haya dicho el piropo más
bonito. Que si tuviera que perderse con alguien por cualquier rincón
del mundo, se perdería conmigo.
Solo ha hecho falta una llamada de teléfono, un lugar y una fecha.
Y todo se desencadena, como un incendio.
maliya
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