|
||
| Despertares – Dic2006 | ||
| Después de mucho tiempo me he dado cuenta de
que me encantan las mañanas, o cualquier momento del día que
siga a un descanso mínimo de 8 horas, aunque sea de noche. Creo que
lo he descubierto hoy, camino a la oficina, bajo un cielo que amenazaba
con nevar, mientras observaba como un anciano con piernas de cascanueces,
hacía sus ejercicios matutinos en la plaza que hay justo a la salida
del metro.
Me gusta levantarme y tomar un buen desayuno con tostadas,
aceite de oliva, ajo y tomate. Un café poco cargado, un zumo de
naranja natural y algo para leer... Pero eso nunca lo hago. Solo cuando
estoy de vacaciones. Y sobre todo si alguien me acompaña sumergido
en un periódico y que, con el cambio de página, me roza
la pierna a propósito con sonrisa que desborda malicia. Esas son
las mejores mañanas, aunque fuera haga un día de perros. Pero la realidad es que me levanto arañándole los minutos al reloj, con el tiempo justo para que desaparezcan las marcas de la almohada de mis mofletes. Esa es la verdad. Y estos últimos meses además, he tenido tiempo de lanzar miradas que me tentaban a deslizarme de nuevo bajo las sábanas, al ver como mi guitarrista dormía plácidamente todo envuelto en rojo. Y si alguna vez conseguía despegar los párpados y mirarme, me sugería que llamara a la oficina diciendo que me había agarrado un mal y que no podía ir a trabajar. Y luego lanzaba sus brazos al aire como intentando cazarme al vuelo. Hoy ha sido la última mañana, porque
este niño que tanto me ha cuidado vuelve a su vida errabunda por
climas más cálidos. maliya |