|
La caterva poética desmenuzaba el tiempo entre
sonetos y pinchos de tortilla. Y como las musas, siempre esquivas, se
negaban a acudir a la llamada de los vates, intentaban seducirlas adornando
sus cabezas con hojas de laurel y coronas de sarmiento. Por ello, llegado
a este punto, se producían las escenas más graciosas y simpáticas
que persona humana pueda concebir.
“ El club de los poetas casi muertos “ estaba formado por
una veintena de sujetos de muy diverso pelaje, aunque un denominador común
los igualaba a todos : la edad. A excepción de uno, apellidado
Fajador, que rondaba la sesentena, el resto se aproximaba, con audacia
no exenta de ingenuidad, a los terrenos de Matusalén. Las profesiones
que habían ejercido estos poetas eran muy variadas, aunque predominaba
el sector docente: maestros, profesores de Instituto y algún que
otro catedrático. Un reducido grupo de ellos procedía de
profesiones manuales, esforzados y autodidactas. Se reunían en
los bajos de un edificio de la calle de Alcalá, habilitado como
depósito y venta de materiales de construcción, propiedad
del yerno de uno de nuestros hombres. Y aquí, en este lugar que
habían bautizado con el pomposo nombre de El Foro, tan poco romántico
para el contacto con las musas, se daban cita cada miércoles para
vivir apasionadamente lo más sagrado de sus vidas : la poesía.
Allí se vivía el arte poético con una intensidad
desconocida en otros ámbitos de la escritura. Se recitaba, se declamaba,
se discutía de poesía, y en muchas ocasiones se enmendaba
la plana a los grandes poetas de todos los tiempos. Claro, que esto último
sólo tenía lugar cuando el jarabe de sarmientos lubricaba
con obstinada reiteración las resecas cañerías.
Nuestros entrañables poetas dedicaban casi todas sus energías
a intentar que las musas no los dejaran en el más desamparado de
los olvidos, y por ello, a veces, ellos mismos se olvidaban, además
de otras cosas, adecuar su vestimenta a los imperativos de los tiempos.
Y así, era digno de ver la indumentaria que lucían estos
amantes de la poesía. Sus atuendos parecían haberse contagiado
del “ mal de senectud “; tal era la impresión que producían
aquellos ropajes que, aún siendo nuevos, parecían desteñidos,
más que por el paso del tiempo, por mimetismo con la edad de sus
portadores. Predominaban las tonalidades oscuras, siendo escasa la variedad
del vestuario. Casi todos usaban camisas de rayas anchas y chaquetas holgadas;
en algunos, la chaqueta había sido sustituída por una “
teva “, un chándal o, en algunos casos, los menos, por un
traje cruzado de la época de La República, que daba a su
dueño el aspecto de un viejo funcionario del Catastro. Los pantalones,
sin embargo, presentaban una amplia gama de formas y colores, que contrastaba
con la adustez de sus figuras. Se podían distinguir varios grupos
con características distintas, atendiendo a su forma y estructura.
Un primer grupo estaría formado por los pantalones “ mamelucos
“, “ derviches “, “ genízaros “,
“ bombachos “, “ turcos “, “ rifeños
“ y “ beduinos “, utilizados por los de baja estatura.
Largos y anchos de pernil, quedaban abombados por encima del empeine a
causa de la endeblez de la tela y del poco “ calibre “ de
la canilla del interfecto.
Un segundo grupo lo constituían los modelos “ cono invertido
“, “ pata de elefante “ y “ tubo de quinqué
“. Se caracterizaban por sus formas convergentes o divergentes,
que daban a sus dueños una gran sensación de seguridad y
aplomo cuando andaban.
Y por último, un grupo formado por pantalones de cierta clase ,
de original diseño. A este grupo pertenecían los “
serpentinos “, “ granulados “, “ jívaros
“, “ helénicos “ y el rey de todos ellos, “
el pantalón candil “. Su seña de identidad era la
flexibilidad y “ torcimiento “ de los pliegues, tanto de las
partes “ cargantes “ como de las bajeras azocaladas, que al
chocar violentamente con el empeine producían una fractura que
semejaba falla de pernil.
Como queda dicho, cada miércoles se reunía la caterva poética
en El Foro, entre pilas de ladrillos y sacos de cemento. Para empezar,
juntaban varias mesas y colocaban sobre ellas botellones de vino y platos
de tortilla. Como allí no había rezos, todos eran ateos,
agnósticos o librepensadores, se sustituían las jaculatorias
por una breve disertación poética --- a veces se prolongaba
más de una hora, con la consiguiente impaciencia de los “
comedores de tortilla “ --- a cargo del que le correspondiera esa
tarde, pues se hacía por turno riguroso. Ese día le tocaba
hablar a “ Flavio Josefo “, así llamado en honor a
las iniciales de su verdadero nombre y apellido, Feliciano Jordana, y
apodado por sus compañeros “ El pequeño luchador “,
a causa de su baja estatura y el carácter hosco y peleón.
Era “ Flavio Josefo “ un sujeto mal encarado, que por la insignia
que llevaba prendida en la solapa, lo delataba como maestro de ... “
horca y cuchillo “, de aquellos que hacían filigranas con
la “palmatoria “ en las palmas de los alumnos. Vestía
un traje relativamente nuevo, algo caído de hombros y más
bien ancho. Unos zapatones rojizos, que desentonaban totalmente con el
traje, parecían hechos para apisonar la calle, pues daba la impresión
de querer dejar impresas sus huellas en el asfalto. Su cara era, nunca
mejor dicho, procediendo él del campo de la poesía, todo
un poema. Con relación al cuerpo, era más bien grande, con
unos ojos pequeños, acerados, que más que mirar, taladraban.
Una nariz curva se unía a una boca de labios finos, casi siempre
contraídos en una mueca de desdén. Cuando estaba enfadado,
y era casi siempre, contraía la boca en un rictus casi circular,
con tanta fuerza que obligaba a la sangre que circulaba por aquellos contornos
a exiliarse a otros territorios. A causa de esto, durante unos segundos,
su boquita de piñón quedaba orlada por un color que semejaba
blanco de cadáver.
“Flavio Josefo”, presidiendo la mesa más grande, rebozada
de yeso, iba a comenzar su charla, salpicada de términos extraídos
del lenguaje de su carrera. Y como había sido maestro durante cuarenta
años, se le habían gravado a fuego determinados vocablos
que intercalaba en todas sus intervenciones, dando a su discurso un tono
entre burocrático y profesoral. Aunque esto, todo hay que decirlo,
no era exclusivo de Don Feliciano, ya que la mayoría de sus compañeros,
ya sea por deformación profesional o por nostalgia de los trabajos
que habían ejercido cuando estaban en activo, tenían tendencia
a utilizar palabras específicas de la profesión. Cuando
comprobó que todos sus compañeros estaban atentos a lo que
iba a decir, tomó entre sus manos un buen manojo de papiros ---
así denominaba él a los folios-- y después de ajustarse
el nudo de la corbata y carraspear un poco, comenzó diciendo :
--- Mis queridos amigos, queridos poetas aquí presentes. Hizo una
pequeña pausa para observar el efecto de sus palabras en sus compañeros,
y ya de paso, recrearse enfáticamente en el momento de gloria que
le correspondía ese miércoles. Toda la camada poética,
alagada por el apelativo que tan dulcemente había penetrado en
su interior, asintió levemente con la cabeza, al tiempo que las
facciones de sus rostros adquirían un matiz de seriedad e importancia,
que parecía que habían escalado ya los últimos peldaños
de la gloria.
--- Mis queridos rapsodas --- (Murmullo aprobatorio entre la añada
poética), mi disertación de hoy va a versar sobre las medidas
que piensa adoptar el Gobierno para impulsar, favorecer y propagar la
poesía en nuestro país, que como todos sabéis es
un árido desierto en este terreno. Pero antes de continuar, elevemos
nuestras copas y brindemos para que las musas nos ayuden, nos protejan
y nos colmen de venturas.
Todos los poetas tomaron sus cálices de vidrio, y de un solo envite
consumaron la ofrenda ante el altar de los botellones. A continuación,
se lanzaron en tromba a los platos de tortilla, y en pocos segundos quedó
limpio el ara, presto para el próximo sacrificio. Acto seguido,
uno de los contertulios volvió a llenar los vasos y colocó
sobre la mesa varios platos de pistachos y algunos de queso y chorizo.
--- Como os decía anteriormente --- continuó “Flavio
Josefo”, mirando con cierta soberbia a los que le escuchaban, estirado
al máximo el mínimo cuello para parecer más alto
---, voy a hablar de las medidas del Gobierno respecto de la poesía.
Y yo os digo, compañeros, que estas medidas, en sí, están
bien, son necesarias, pero en mi opinión no han sido programadas
con arreglo a unos objetivos concretos, a unos objetivos que deberían
haber sido más elaborados y conectados con unos contenidos adaptados
al contexto social. Y ni siquiera hablo ya de contenidos conceptuales,
ni procedimentales, ni aún, de los actitudinales. Nada de eso,
yo sólo digo que los contenidos de estas medidas sólo tangencialmente
tocan el fondo del problema.
--- En cierto sentido le doy a usted la razón, Don Feliciano ---
le interrumpió Don Julio, antiguo profesor de Instituto, de tez
morena, y adornada la cara con unos mostachos lacios que daba la impresión
de estar en presencia de Zapata ---, pero no todo son objetivos, contenidos,
programación ... No señor, debemos enfocar el problema desde
varios puntos de vista. Así tendremos una perspectiva global que
...
--- Ya le adivino a usted adonde quiere ir a parar, Don Julio. Usted me
está hablando del perspectivismo orteguiano ...
--- Sí y no, mi querido colega. No cabe duda de que este problema
participa de los presupuestos filosóficos de nuestro gran pensador,
pero yo voy aún más lejos en mis consideraciones. Consideraciones
que giran en torno a conceptos que, aunque extraídos muchos de
ellos del campo de lo grotesco y de lo esperpéntico, se han puesto
de moda en nuestra sociedad y gozan de gran predicamento.
“ Flavio Josefo “ no dijo nada. Dejó los papeles encima
de la mesa, y sin decir nada ni encomendarse a nadie, engarfió
con mano trémula la “ alcuza “ y haciendo honor al
rito sagrado de la santa casa, se revistió beatíficamente
con los atalajes morados. Acto seguido dejó el vaso sobre la mesa,
se limpió la boca con el dorso de la mano e intentó continuar
la disertación. Pero ya fuera porque el espíritu, ardiente
por la poesía, y el cuerpo, “quemante” por el etílico,
se habían dedicado al unísono a columpiarse en las regiones
de Baco, el caso es que nuestro querido poeta más veces estaba
inclinado que vertical. Pero como era obstinado y soberbio consiguió,
no sin trabajo, enderezar lo que estaba torcido. Y después de lanzar
a su compañeros una altiva mirada, como diciendo “ ¿
pasa algo? “, intentó reanudar su interrumpido parlamento.
Pero la pléyade de los rapsodas no se lo permitió, pues
no podía consentir quedarse, en semejantes circunstancias, huérfana
de “coma y beba “. Por ello, el más viejo de los poetas,
relucientes las mejillas y tropezona la voz, se encaró con el orador
en estos términos:
--- Para el carro, amigo Flavio, que nosotros, aunque poetas que se alimentan
con el espíritu de las musas, también somos humanos, y por
tanto queremos participar como tales en el reparto del “frumentun
“, máxime cuando éste ha sido adquirido con la “pecunia”
de todos.
E inmediatamente después de decir estas palabras, se lanzó
a la mesa para gustar del vino, del queso y de los pistachos. Los demás
no quisieron ser menos, y en unos segundos se organizó el más
simpático espectáculo que pueda concebirse. Cada uno se
echó a pechos el tarro de las esencias, y se dispusieron a beber.
Los botellones y las redomas apuntaron al cielo disparando a lo invisible;
luego, describiendo un arco meteórico, miraron al suelo como avergonzados
de tanto atrevimiento. Así, hasta tres veces seguidas se repitió
la faena. Bebieron y no negaron, aquellos antisampedros de la Curda poética.
Diríase que para aquella comunidad de regantes sólo existían
dos puntos cardinales : norte y sur. Pasados unos minutos, y cuando ya
el jarabe de sarmientos surtía su efecto y lubricaba las cañerías
ávidas de humedad, comenzó la escena más divertida
que imaginarse pueda : se mezclaba lo divino con lo humano, se uncían
en abrazos fraternales, y la poesía, la fantasía, el disparate
y la exaltación de la amistad se entronizaron en aquel mundo de
vapores.
“ Flavio Josefo “ intentaba dejarse oir dando grandes voces,
pero ya nadie le escuchaba. Después de varios intentos fallidos,
tuvo que darse por vencido y unirse a los demás. Se acercó
al territorio de los camándulas, que agitados por la presión
de los vapores ponían en movimiento las calderas de sus tarros.
Y como la presión aumentaba por momentos y la temperatura subía
a límites insoportables, huérfanos del termostato de la
razón, terminó destapándose la olla saliendo a borbotones
las ideas más contradictorias y peregrinas. Trató de hablar,
pero no pudo a causa de la emoción que lo embargaba. Pero como
era obstinado y contumaz, hizo un esfuerzo sobrehumano y logró
enhebrar algunas frases, al compás de los bandazos.
--- Mis queridos amigos, permitidme que os diga que no hay en el mundo
nada que pueda compararse a la poesía y a la vida, porque la poesía
es vida, y la vida, poesía. Y en esta “ fundición
“ de conceptos estriba el maravilloso secreto de nuestra profesión.
¡ Qué digo profesión ¡ Arte, quiero decir arte
puro, que no oficio vil ni actividad mercantil. Pues sería un crimen
de lesa Humanidad equiparar, aunque sólo fuera con el pensamiento,
el reino de las musas al de un pedestre y vulgar gremio de canteros medievales.
“ Flavio Josefo “ se detuvo un momento para coger fuerzas
y continuar. Ahora que todos sus compañeros le escuchaban con atención,
no podía desaprovechar la oportunidad de exponer sus argumentos
respecto a la poesía, a la vida ..., en fin, de todo aquello que
bullía en su cabeza. Y lo hizo de la forma más embarullada
posible: conjugando vena poética, pinceladas filosóficas
y verborrea, mucha verborrea.
--- Mis queridos “ waters “ --- comenzó diciendo Don
Feliciano sin advertir el error de pronunciación, debido a la confusión
mental producida por el aroma de parra que se respiraba en la estancia
---, nadie como nosotros los poetas, entiende los misterios de la vida,
porque estamos imbuidos de un espíritu especial que nos hace ver
las cosas con meridiana clarividencia. Porque la vida, porque la vida
es ...
--- La vida sería más hermosa --- le cortó Don Francisco
Fajador, el más joven de los poetas, agarrando el “ búcaro
“ con nerviosismo y flagelándose con el cilicio sacrificial
--- si viviéramos eternamente, pero por desgracia nos tenemos que
morir, la vida se termina.
--- Nada de que la vida se termina, --- respondió “ Flavio
Josefo “, saltones los ojos y desplazada hacia el rojo del espectro
la faz --- la vida puede ser sencilla o doble, o si me apuras un poco,
triple, cuádruple, o incluso infinita. ¿ Y sabes por qué,
mi estimado amigo “ Fajardo “ ?
Don Francisco, por toda respuesta se le quedó mirando, enarcó
las cejas y levantó los hombros en un gesto de ignorancia e incredulidad.
--- Pues te lo voy a explicar --- continuó “Flavio Josefo
“ echándole un brazo por los hombros y acercando mucho su
cara a la de su amigo ---, por qué la vida se puede duplicar o
triplicar, o incluso, en algunos casos, tender al infinito. Tú
me entiendes, ¿ verdad ? ¡ Qué grandes somos ¡
Llegado a este punto Don Feliciano, tocado de arrebato místico,
sintiendo arder en su pecho la abrasadora llama de la divinidad, arremetió
con fiereza contra el búcaro de vidrio y se asestó dos disciplinazos
tan seguidos que, atropellándose en el camino, terminaron por explotar
con ruido de toses y perlas de fontana.
Don Francisco, que no esperaba convertirse en víctima de hisopo,
se retiró unos pasos de su compañero, y mirándole
muy sorprendido trató de recriminarle su acción. Pero en
ese momento, toda la cohorte del hollejo se había agarrado de la
mano y comenzó a bailar alrededor de nuestros hombres. Estos, atrapados
en medio de aquel remolino humano trataban, entre risas y bromas, de incorporarse
a la rueda. Así estuvieron durante unos minutos hasta que uno de
los componentes del corro tropezó, cayendo de bruces y arrastrando
tras de sí a los demás. La escena que siguió a la
caía era digna de contemplarse. El amasijo humano adoptaba todas
las variantes de posturas que se pueda imaginar : uno asomaba la cabeza
por entre dos piernas blanquecinas; otro enfilaba la testa hacia el techo,
intentando zafarse de dos brazos que lo aprisionaban; algunos, gateando,
trataban de huir de aquel ramillete humano, sin soltar la botella. Un
revoltijo de piernas y brazos se movía en todas direcciones, sin
saberse a ciencia cierta a quienes pertenecían cada uno. Ni Urbano
había conocido cruzada como aquella, y era tal el enrejillado que
se había formado, que el símbolo cristiano emergía
victorioso por doquier, entre tanto calavera del Gólgota. Por fin,
después de unos minutos de duro forcejeo, se llegó a la
fase final de la tragedia : el desenlace. Se desató el gordiano,
y cada disciplinante se irguió como pudo, dando tumbos y testarazos
contra viento y marea.
Don Feliciano buscó a su amigo con la mirada y lo encontró
al otro lado de la estancia, rota la camisa y magullado el rostro. Se
dirigió hacia él, lo agarró por un brazo y como si
nada hubiera pasado , continuó hablándole de la vida.
--- Pues sí, mi querido amigo, la vida, según se la considere,
puede tener un valor tan excepcional que incluso tienda al infinito. ¿
Por qué ? ¿ En qué sentido y en relación a
qué ? Pues muy sencillo: tomando como referencia la unidad vital
del ser humano, es decir la vida de un hombre.
“Flavio Josefo “ hizo una pequeña pausa, se pasó
la mano por la boca, miró hacia lo alto, y después de una
breve vacilación, continuó.
--- Supongamos un hombre que vive intensamente momentos como éste,
momentos animados por la más pura exaltación de la amistad,
impregnados de los más nobles sentimientos, donde toda prioridad
queda relegada y en su lugar se instala la poesía, la fantasía,
la libertad, la utopía ..., qué sé yo ..., valores
todos coloreados por un espíritu de amor universal, sin trabas
ni fronteras, y por qué no decirlo, estimulado por el espíritu
que mana de los serpentines; un hombre así, repito, insuflado de
tal cúmulo de espíritus, puede hacer que su vida se multiplique
al infinito.
Se calló un momento, y tomando el matraz de barro sugirió
a su amigo que siguiera sus mismos pasos. Éste aceptó de
inmediato, y en pocos segundos ambos oficiantes elevaron sus cálices
al cielo y adoraron al Altísimo.
Terminada la ofrenda, prosiguió “Flavio Josefo”.
--- ¿ Y cómo una vida puede multiplicarse al infinito ?
¿ Cómo una vida puede perpetuarse eternamente, permanecer
en su ser, como diría el filósofo ?
--- Me imagino --- respondió Don Francisco --- que tal cosa es
difícil de explicar, que lleva aparejada soluciones que escapan
a nuestro pobre intelecto.
--- ¡ Nada de eso ¡ --- replicó con prontitud y nerviosismo
Don Feliciano, al tiempo que con mano temblorosa atizaba el fuego sagrado
---.Es la cosa más sencilla del mundo, y que está al alcance
de cualquier inteligencia medianamente cultivada. Y para corroborar mis
palabras te lo voy a demostrar con un ejemplo, vulgar, pero a la vez sencillo.
El resto de los poetas iba volviendo poco a poco a la normalidad. La inmoderada
ingesta de vinillo y el esfuerzo realizado jugando al corro de la patata,
los había dejado casi exhaustos. Por ello, cuando vieron la animada
conversación entre “Flavio Josefo” y Don Francisco,
se sentaron en el suelo y se dispusieron a escuchar con mucha atención.
--- ¿ Y cómo se demuestra eso de que la vida puede multiplicarse
al infinito ? – volvió a la carga Don Francisco, cubierta
la faz por la sombra de Santo Tomás.
--- De la forma más sencilla del mundo --- replicó Don Feliciano
estirándose todo lo que pudo ---. Escúchame con atención
: si ingieres algo, una morcilla, por ejemplo, se ponen en funcionamiento
en tu organismo una serie de procesos fisiológicos que afectan
a la boca, al esófago, al estómago, etc.; las glándulas
segregan unos ácidos que transforman el alimento, es decir, la
morcilla, y la dejan lista para la asimilación y posterior conversión
en sustancia alimenticia de nuestro cuerpo. Pues bien, todo lo que ocurre
en nuestro organismo es, sencillamente, un proceso dominado por la materia,
proceso que se repite de forma continuada. La sucesión de procesos,
que se inician ya desde el mismo instante del nacimiento, termina por
agotarse cuando el cuerpo envejece y fatalmente muere. ¿ Y por
qué muere el cuerpo ? Sencillamente porque el alimento no es más
que materia, que se agota en sí misma al no tener un ingrediente
capaz de perpetuarla. Hasta aquí todo comprendido, ¿ no
es así mi querido Don Francisco ?
Don Francisco, que de todo lo que había dicho su compañero
solamente había entendido la palabra morcilla, afirmó con
énfasis para no retrasar más su disparatada teoría,
y su único deseo en esos momentos era descansar tranquilamente,
ya que todo su cuerpo le daba vueltas sin cesar y la cabeza, plomiza y
afirmativa, buscaba insistentemente un punto en el que apoyar tan vacilante
penduleo.--- Bien es verdad --- prosiguió Don Feliciano, dando
a sus palabras hondura filosófica --- que a veces, cuando el frío
relente de la madrugada penetra sin clemencia hasta los huesos, cuando
la desolación casi escatológica que sucede a los más
altos grados de la emoción, adobada con alcuzas y serpentines,
puede parecernos que la vida terminara en ese nstante, o a lo sumo que
se prolongara varios años más en vacilante deambular. Pero
mi querido amigo, fíjate bien en las palabras que empleo : “
... puede parecernos ... “ Ahí está la clave que resuelve
el misterio. No termina la vida, que se prolonga indefinidamente, sino
que “ puede parecernos “, es decir, hemos sido objeto, momentáneamente,
de un espejismo. Al final triunfa lo infinito, lo eterno lo incomensurable,
lo in ..., es decir, todos los “ ines “ que tú quieras
echarle.
--- Deduzco por lo que acabas de decir --- habló Don Francisco
con un punto de esperanza en la mirada --- que no nos moriremos nunca,
que seremos eternos; en fin, que siempre nos durará este chollo.
--- Más o menos más o menos --- respondió “Flavio
Josefo “ con una sombra de duda en el rostro. Y moviendo la cabeza
como si quisiera apartar de sí aquella contrariedad, hizo una leve
insinuación a su amigo, que comprendió al instante, y al
unísono sometieron sus cuerpos al sacrificio ritual.
--- Bien --- habló de nuevo “Flavio Josefo” --- , si
hasta ahora está todo comprendido, prosigamos. Según mi
exposición anterior, el cuerpo es materia, y para que la materia
se perpetúe necesita de un ingrediente que le insufle vida de forma
continuada, al igual que el papel reciclado es el producto de residuos
aparentemente inservibles. Pues al igual que el papel, el hombre, es decir
la vida, en determinadas condiciones puede llegar a reciclarse por la
aportación de los famosos ingredientes de los que antes te hablé
¿ Y cuáles son esos ingredientes ? Estoy seguro de que ya
lo habrás adivinado. Naturalmente me estoy refiriendo al espíritu,
si quieres llamarlo de esta manera, que emerge victorioso de las inexplicables,
todavía, profundidades de nuestra estructura cerebral. Porque la
estructura, ¿ me comprendes ?, la estructura ...
En esos momentos pareció que Don Feliciano se disponía a
enhebrar un discurso sobre las estructuras, pero como arrepentido por
un extraño pensamiento, se arrascó torpemente la cabeza
y acercando mucho la cara a la de sus amigo, continuó : --- Pero
... ¡ ojo, amigo mío ¡, el espíritu es un ente
muy sutil, que en la mayoría de los casos solamente dura lo que
dura la vida del hombre. Sólo a contadas personas nos es dado el
enorme privilegio de perpetuarnos en el tiempo, prolongando nuestras vidas
más allá de humana comprensión.
Don Feliciano se fatigaba mucho al hablar, por eso se detuvo un momento
que aprovechó para inquirir a su amigo con la mirada, solicitando
la aprobación de sus palabras.
Do Francisco, también muy cansado, sólo oía palabras
sueltas como reciclaje, ingredientes y alguna otra, que vagamente llegaba
a comprender su significado. Se sentó en un saco de cemento y al
poco tiempo semimorfeaba, llevando el compás de una música
lejana con los metacarpianos y las cervicales.
Don Feliciano, después de barrer con mirada turbia la estancia,
continuó : --- Queda claro, pues, que la vida puede prolongarse
si se le inyecta en el momento oportuno y en determinadas circunstancias,
un paquete de ingredientes adecuados. Y estos ingredientes, capaz de generar
vida constantemente, los tenemos delante de nuestras narices : arte, cultura,
buenos sentimientos, valores universales, etc. Sólo es necesario
saber interpretar su lenguaje e incorporarlo a nosotros. Y de esta manera
nuestra vida, la vida del hombre, llamada a sucumbir por la ley inexorable
que rige la materia, queda automáticamente prolongada, viviendo
tantos más años cuantos más ingredientes echemos
en la caldera de la existencia.
Don Feliciano, al notar la cara de extrañeza e incredulidad que
ponía Don Francisco en los pocos momentos que le dejaban libre
los balanceos, elevó la voz para dar así más contundencia
a sus argumentos, y cuando comprobó que todos esperaban expectantes
sus palabras, les soltó la siguiente perla, con la seguridad que
da la inconsciencia producida por el etílico : --- Sé que
estáis ansiosos por saber cómo la vida se puede prolongar
al infinito y gozar para siempre de este maravilloso sueño de la
Naturaleza. Pues ahí va la clave que resuelve el misterio, inundando
de luz nuestras conciencias. Ahí va la guinda que corona el pastel
de nuestras obras : ¡! I . V = T . Infinito !! , siendo I V la intensidad
vivida, T, el tiempo, multiplicado por infinito.
Al oir la fórnula milagrosa los operarios del vidrio saltaron de
alegría, prorrumpiendo en voces y gritos como si a un mismo tiempo
se hubieran vuelto todos locos. Saltaban, se abrazaban, lloraban ...
Era lo más grande que les podía ocurrir. Ahí es nada,
como el que no quiere la cosa se encontraban en posesión de la
llave de la vida. Y sin ningún esfuerzo, con sólo poner
en práctica aquella pequeña formulita ... Era maravilloso,
habían pasado a ser, sin más, hombres inmortales.
“Flavio Josefo”, que no podía disimular la alegría
que le producía el efecto que habían causado sus palabras,
hizo una pequeña pausa y después continuó : --- Sí,
amigos míos, I . V = T . Infinito. Y para que comprendáis
en toda sus profundidad la transcendencia de esta fórmula, me valdré
de un ejemplo para corroborar, sin ningún género de duda,
la veracidad de mis palabras. Imaginemos por un momento que estamos en
una sala de Museo del Prado, de Madrid, y nos disponemos a contemplar
un hermoso cuadro, Las Meninas, por ejemplo. Comienza el experimento :
anotamos la hora, observamos esta excepcional pintura y nos sentimos sobrecogidos
por tanta belleza. Delante de nosotros se muestran una serie de personajes
que parecen estar animados de vida. La expresión de sus rostros,
la delicadeza de las formas, el juego de luces y de sombras, la atmósfera
que impregna toda la estancia, la perspectiva de que está animado
el espacio, tan maravillosamente conseguida que da la impresión
de que no existe el cuadro, que es todo continuación de nuestro
propio espacio; casi podemos adentrarnos en él y “ pasear
“ por entre los personajes con toda comodidad.
La contemplación de tanta belleza, de tanta perfección,
van produciendo en nosotros unas sensaciones que son como cuerdas que
vibran en el arpa de nuestra sensibilidad, que nos conmueven profundamente,
sugiriéndonos buenos y nobles sentimientos que se traducirán,
en la práctica, en sentimientos de amor universales. De aquí,
amigos míos, derivarán los valores más nobles de
la escala. Aturdidos por tanta dicha miramos nuestro reloj. ¡ Han
pasado solamente quince minutos ¡ ¡ Es increíble ¡
¡ Quince minutos, y sin embargo nos da la impresión de haber
estado muchísimo tiempo delante del cuadro ¡ ¿ Nos
da la impresión ? ¡! No, amigos míos, no nos da la
impresión ¡! ¡! Es que realmente hemos estado un largísimo
espacio de tiempo delante de la maravillosa pintura de Velásquez
¡! ¿ Qué ha ocurrido ? ¿ Cómo ha podido
suceder tal cosa ?
Las caras de todos los poetas denotaban ansiedad por saber cómo
terminaría aquello, y los ojos no se separaban de “Flavio
Josefo”, que a juzgar por el aspecto de su figura, diríase
“taborizado” por el ambiente.
--- ¿ Qué ha podido suceder ? --- rugió Don Feliciano,
barriendo con la mirada a todos sus compañeros---. Pues muy sencillo,
que nos escapamos del tiempo de reloj y penetramos en el tiempo “
dimensional “, así como suena. Me explico : en esos quince
minutos nos hemos introducido en el cuadro y entrado en contacto con unos
personajes que vivieron en un siglo determinado, nos hemos adentrado en
ese siglo, hemos evocado su historia, sus convulsiones políticas,
sus guerras, sus relaciones con otros países, sus formas de vida
en las ciudades, en los pueblos; hemos recordado sus instituciones políticas,
económicas, culturales, sus formas de vestir, sus costumbres, etc,
etc.Y así, multitud de facetas y de aspectos, que sólo para
enumerarlos necesitaríamos, no digo quince minutos, sino muchas,
muchísimas horas. Porque no olvidemos que hemos recorrido, evocado,
sentido, imaginado, etc,etc, miles y miles de acontecimientos y de historias,
que suponen miles y miles de minutos de tiempo. En definitiva, que han
transcurridos quince minutos de reloj, pero en realidad, considerando
la complejidad del Universo y la de nuestra propia estructura mental,
considerando, cómo no, la teoría de la Relatividad General,
el tiempo transcurrido ha sido infinitamente mayor. La intensidad con
que hemos vivido la contemplación del cuadro, acerca el tiempo
al infinito y así, cuanto mayor es la intensidad con la que vivimos
un momento de nuestra vida, mayor es el tiempo que vivimos en la realidad.
Don Feliciano que tenía la boca seca por el exceso de verborrea,
cogió la jarra de vino y después de echar un buen trago,
continuó con su disparatada teoría.
--- Pues si en quince minutos de contemplación de un solo cuadro
caminamos ya hacia el infinito, ¿ qué ocurrirá con
las miles y miles de forma de captación de la belleza que hay en
el mundo ? Pensad en la Literatura, en la Arquitectura, en la Música,
en la Pintura, en la Escultura, en la Naturaleza, en los colores, olores,
sabores, acciones buenas y nobles que afloran al humano corazón,
en los miles y miles de lugares donde se posa la belleza y la bondad.
Pensad en todo esto y no podremos contar las emociones, es decir la intensidad
de los momentos vividos que hemos experimentado, y que sumadas todas,
no cabe duda de que nos proyectarán al infinito. Y para terminar,
queridos amigos --- continuó Don Feliciano, algo ya fatigado ---
quiero que sepáis el lado negativo de esta teoría. Pues
así como la intensidad con que vivimos nuestras vidas suma tiempo
y nos lleva al infinito, el caso contrario, es decir, aquello que no produce
en nosotros belleza, nobles sentimientos, acciones de bondad, etc, aquello
negativo que incide directamente sobre nuestras personas y nuestros semejantes,
como el egoísmo, la insolidaridad, la falta de idealismo, de fantasía,
de justicia, de libertad, en suma de verdaderos valores, todo esto, repito,
resta tiempo de nuestro haber, pudiendo, si el fenómeno se perpetúa,
llegar a cero, en cuyo caso nos morimos antes de lo previsto.
Terminada la larga perorata sembrada de disparates, olvidado ya el objetivo
de su charla --- las medidas a adoptar por el gobierno para fomentar el
cultivo de la poesía ---, “Flavio Josefo” se quedó
inmóvil detrás de la mesa con la resma de papiros en la
mano, y sus ojos, transfigurados por la emoción, se posaban en
cada uno de sus compañeros buscando la aprobación a sus
palabras. Estos le miraban extasiados como a un ángel salvador,
pues lo que les había contado acerca de la inmortalidad de la vida,
liberaba de un enorme peso a sus asustadas y débiles conciencias.
Todos al mismo tiempo, poseídos de una enorme gratitud, prorrumpieron
en vítores y aplausos, terminando abrazados y llorando de alegría.
El impacto causado en nuestros poetas por las disparatadas teorías
de Don Feliciano se tradujo, en un primer momento, en la exaltación
de la más pura amistad, para desembocar posteriormente en un desmedido
afán de convertir en poesía todo lo que encontraban a su
paso. Por ello, era digno de contemplar cómo se establecía
una porfiada competición, por conseguir quién de ellos empezaría
primero a derramar la cascada poética sobre aquel santuario del
cemento y del ladrillo. El más viejo de los poetas, ornada su testa
de vate por el áurea morada de los efluvios etílicos, enarbolando
en la mano siniestra un montón de folios arrugados, y en la diestra
los quevedos bifocales, se desgañitaba dando fuertes voces para
imponer a sus compañeros el poema que traía preparado. Después
de muchos esfuerzos comenzó a desgranar las perlas de su poesía.
Había elegido como tema el sugerente título de “ La
esposa “, y a a ensalzar las virtudes de la “coima”
se aplicó con denodada energía, poniendo en el empeño
todas las fuerzas de su cuerpo y de su alma. Pero antes de dar comienzo
a su recitación, para estimular su espíritu poético
y conjurar a las musas en momento tan transcendente, engarfió con
mano convulsa el cáliz de barro y se disparó, en el centro
de la boca, dos tiros de vino de Valdepeñas. Acto seguido dejó
el búcaro encima de la mesa y empezó a recitar:
--- Ahí tenéis a la hermosura,
la mujer que sin pereza
escala la fortaleza,
entre todas, la más pura.
Venda de nuestras heridas,
consuelo de nuestros males
va derramando las sales
siempre por siempre querida.
Respetadla,
acariciadla,
mimadla,
poseedla. (Esto lo dijo guiñando un ojo pícaro a sus compañeros.
Ojo, que por efectos de la “ beba “ echó el portón
de sotavento y no hubo manera de abrirlo en toda la tarde).
¡ No la matéis, monstruos de maldad
porque nadie como ella
para aliviar nuestro mal,
nadie como ella, en el tálamo nupcial,
diosa aventajada en limpieza general.
Y si hacemos una incursión en la cocina,
la que mejor da brillo a la vajilla fina,
y en el cuarto de estar, el polvo cae
abatido por la mísera balleta
que compite sin rubor con la fregona
arriesgando en el suelo una pirueta.
Y por último, no quiero
finalizar sin comentar siquiera ,
la mano de oro de la esposa
para aliñar comidas muy caseras,
desde el gazpacho andaluz o extremeño
pasando por fabes con almejas
hasta el castizo cocido madrileño.
Cuando hubo terminado de recitar el poema dedicado a la esposa, miró
desafiante a sus compañeros, que recibieron su reto con fuertes
aplausos y muestras de cariño. Y para cerrar tan poética
tarde, propuso un brindis. Tomó su vaso e indicó con la
mirada a los demás que hicieran lo mismo, lo levantó hacia
lo alto y brindó. Toda la cofradía al mismo tiempo, arremetió
con furia contra los cilindrines de vidrio, que dulcemente derramaron
en aquellas gargantas resecas por la emoción, la más poética
de las poesías : la de Valdepeñas.
|