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De la extraña aventura...

 

“ En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor “.
Cuando Paca, La Berila, terminó de leer las palabras escritas en la parte inferior del cuadro, se quedó pensativa unos segundos mirando con atención la escena de los molinos de viento. Paca era una mujer limpia, o al menos eso le parecía a ella. Una sola cosa en el mundo constituía su razón de vivir: la limpieza. No encontraba mayor felicidad que tener limpia y en perfecto orden toda la casa a la que dedicaba sus mayores desvelos y consumían “ las tres cuartas partes de su hacienda “. Tendría, aproximadamente sesenta años, y era una mujer singular, de esas que no se arredran por nada. Contribuía mucho a dar esta impresión un cuerpo robusto, macizo de arriba abajo. La cabeza, apenas separada del tronco por una leve estrangulación, tenía la firmeza de una roca y la aparatosidad que le proporcionaba su peinado: un pelo rojizo y cerdoso le caía por ambos lados de la cabeza y la frente, casi tapándole los ojos, lo que le daba aspecto de perro lanudo. A veces, sobre aquel vellocino instalaba La Berila veinticuatro cilindros, que a fuerza de tiempo le moldeaban las crines, pero le dejaban la testa, con el peso de los chirimbolos, asediada de neuralgias y cefaleas. Los ojos, pequeños y claros, eran vivarachos, y estaban siempre en movimiento continuo. Las cejas grandes y espesas, y la cara ajetada, lucía una boca en constante “puchero“, alojando en su interior unos cuantos dientes sembrados a trebolillo y unas cuantas muelas apuntadas a la diáspora.. Por encima del labio superior, algunas cepas de vello en desigual posición daban a su rostro el aspecto de bruja echadora de cartas.
Vivía sola en un pisito de sesenta metros cuadrados, heredado de sus padres. Una hermana que vivía con ella tuvo que abandonarla ante la imposibilidad de soportar sus obsesiones y manías relacionadas con la bayeta y la fregona. Después de la marcha de su hermana, ya con más de cincuenta años, conoció a un hombre con el que estuvo a punto de casarse. Pero el novio, que tenía una droguería, murió, y Paca se quedó sin novio y, lo que era más importante en su vida, sin los artículos de limpieza.
Paca desvió la vista de la escena de los molinos de viento y comenzó a limpiar toda la casa. Cuando hubo terminado se dispuso a hacer lo mismo con el cuadro. Enchufó la aspiradora y aplicó la boquilla al yelmo de Don Quijote. Cuando entraron en contacto, un chirrido de hierros se escuchó en toda la estancia, y comenzaron a oírse unos golpes secos y rápidos que semejaban el tableteo de una ametralladora. Unos segundos después saltó por los aires el enrejillado de la celada. Don Quijote, que de forma tan desconsiderada se vio tratado, levantó los ojos al cielo y comenzó a dar tales voces que parecía haberse vuelto “ loco“. Acto seguido dirigió su lanza hacia aquella bruja encantadora de caballeros andantes que había pretendido hacerle la endodoncia sin solicitar su venia, y picando espuelas a Rocinante intentó atravesar a Paca de parte a parte, pero el jamelgo tropezó con el marco del cuadro y dio con las narices del caballero en las duras aspas de uno de los molinos. La Berila, temiendo la reacción de Don Quijote, se dispuso a defenderse. Ajustó al máximo el indicador de velocidades de la aspiradora, y con paso firme y decidido arremetió contra el hidalgo manchego que, después de incorporarse, le esperaba a pie firme con la espada desenvainada. Paca levantó el brazo metálico y aplicó a lo que quedaba de celada, e inmediatamente ésta desapareció pulverizada por aquella máquina infernal. La misma suerte corrieron la espada y la armadura, quedando Don Quijote cubierto solamente por una especie de camisa que le llegaba por debajo de las rodillas, muy sucia y con una gran mancha que le cubría todo el pecho. Don Quijote, que vio cómo desaparecían espada y armadura, empeñó la lanza y dio con ella un fuerte golpe en la cabeza de Paca que la quedó tendida boca arriba, manando gran cantidad de sangre. Creyendo que la había matado se desentendió de ella, y elevando los ojos al cielo, exclamó:
--- ¡Oh, mi señora Dulcinea, en este afortunado día en que la aventura viene a satisfacer mis ansias de poder y gloria, en este día, amada mía, te ofrezco el cuerpo de este malvado encantador disfrazado de mujer, que a mis pies yace derrotado y muerto¡
La Berila, que había quedado conmocionada por el golpe recibido, abrió los ojos y vio delante de sí a Don Quijote. Al principio la figura del hidalgo se le aparecía borrosa, pero poco a poco la fue percibiendo con claridad, hasta que terminó por reconocerla con total nitidez. Y cuando paca vio la gran mancha que cubría casi todo el pecho de Don Quijote, se medio incorporó como pudo, y a grandes voces le dijo :
--- ¡Don Quijote, eres un cerdo¡ Ya decía yo que había algo en ti que no me gustaba; intuía en tu persona alguna cosa que no acababa de convencerme. Y esa duda me ha acompañado durante toda la vida. Pero ahora se ha desvelado el misterio y lo comprendo todo. ¡Con esa gran mancha que llevas en el cuerpo te has convertido en el hombre más sucio de la Tierra¡ ¡Parece mentira¡ ¡El caballero más famoso del mundo, llevando sobre su pecho durante cuatrocientos años una mancha que ofende a las personas de bien, limpias y aseadas¡
--- Esta mancha no ofende, bruja de los demonios ¡--- gritó D. Quijote fuera de sí ---, sino todo lo contrario. Honra al que la leva, pues no es mancha vulgar que proceda de ensalada de abadejos ni de recuelo de alcuza. Esta mancha es, vieja bruja, bálsamo de Fierabrás, que después de haberme recompuesto el cuerpo partido en veinte pedazos en singular combate, se derramó sobre mi pecho protegiéndome de víboras encantadoras como tú.
--- No puedo tolerar --- replicó La Berila, sentándose con mucha dificultad a causa de la pérdida de sangre --- que te pases otros cuatrocientos años paseando la suciedad por el mundo.
Y cogiendo la aspiradora que a su lado seguía funcionando, la acercó al camisón de Don Quijote y en unos segundos lo hizo desaparecer, quedando el hidalgo totalmente desnudo.
Don Quijote no sabía qué hacer, si lanzarse contra La Berila o taparse con ambas manos.
Paca, al ver a Don Quijote como su madre lo trajo al mundo, con aquel cuerpo delgado y fibroso, blanco como la leche, no pudo reprimir una sonrisa de satisfacción. Y levantando la voz como pudo, pues la pérdida de sangre la tenía ya al borde de la muerte, con voz débil pero no exenta de cariño, le dijo :
--- Ahora sí, caballero desfacedor de entuertos, el más grande hombre que alumbró mujer sobre la Tierra, ahora sí te veo resplandeciente, puro, blanco como la nata, inmaculado, sin mancha, como los chorros del oro. La Berila cerró por un momento los ojos. Se encontraba muy mal y estaba a punto de morir. Al abrirlos de nuevo vio a Don Quijote en la misma postura, la cara marcada por la sorpresa. Con gran esfuerzo se incorporó más aún, y con voz debilitada pero perfectamente audible por Don Quijote, dijo, pronunciando las palabras del salmista :
--- “Señor, ya mi alma puede descansar en paz“.
Tosió varias veces y luego, rehaciéndose a duras penas, continuó :
--- Desde ahora y para siempre, hasta la consumación de los siglos, hasta el Final de los Tiempos, serás llamado por todos los habitantes del planeta, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote SIN la mancha, caballero de la LIMPIA figura y del BLANCO gabán.
Terminó La Berila de pronunciar las últimas palabras, cayó sobre el suelo, inspiró con fuerza, y al momento expiró agarrada a la aspiradora.

Eusebio Estrella