Hace dos días llegaba de uno de mis viajes. Al aterrizar vi que
nada había cambiado por aquí. Un canicular primer domingo
de mayo gris oscuro, sin cielo, sin nada. De nuevo en la ciudad de la
catástrofe nuclear diaria y que a pesar de todo, adoro. Atrás
quedan playas, selvas y estrellas ahora solo en mis fotos y en mi cabeza.
Y ese mismo domingo me recuerdan que es el día de la madre.
Mi madre, que respira tranquila cuando aterrizo en Hong Kong desde el
sudeste asiático porque "ya estoy en casa". Que me pregunta
por teléfono que llevo puesto cuando no puede verme. Que me enseña
sus últimas compras a través de la cámara web. Que
me hace poesías y me las lee. Que me cuenta cómo anda el
resto de mi familia. Que me dice todo lo mucho que me quiere cada vez
que colgamos. Que está de acuerdo con todo lo que hago "mientras
me haga feliz". Que me pregunta por mis conquistas y nos reímos
juntas. Que me avisa de todos los lugares extraordinarios que ve por la
tele y me recomienda visitarlos, porque ella no puede. Que ve el mundo
a través de mis ojos y se emociona igualmente.
Mi madre, que en breve cruzará todo un continente por primera vez
después del visto bueno médico. Que llora cuando le hablo
un poco en chino por teléfono. Que me pregunta como se dice en
mandarín 57 para no tener que decir su edad en español.
Que le encanta pintar y no tiene tiempo. Que querría bailar y su
corazón no le deja. Que a pesar de todas las cosas que le han pasado,
sigue siendo la persona más alegre y positiva que conozco. Que
es por eso que yo he aprendido a dejar a un lado las partes negativas
de las cosas y quedarme solo con lo bueno. Porque es irremediable. Lo
bueno y lo malo siempre vienen de la mano. Eres tú el que decide
que pesa más y con que parte te quedas. Porque si no, la vida no
es vida. Eso me lo ha enseñado ella.
A mi madre, la mejor y la que más quiero.
maliya
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