El anciano se acercó lentamente a la cornisa en lo alto del rascacielos.
Siempre había querido terminar allí donde desde joven
había mirado la fulgurante urbe con sus coches, con sus ruidos.
Pero en esta ocasión no miraba las luces, ni el vacío
nocturno y ruidoso. Caminaba de espaldas hacia el borde, mirando fijamente
un pequeño farol que levantaba ante sus ojos y le permitía
seguir recto, para no caer antes de tiempo.
Tenía ochenta y dos años y había decidido desaparecer
de este mundo. Había estado en la guerra, había perdido
a sus hijos y a su mujer, y hacía años que se encontraba
solo, con la única compañía de su gato negro, Plutón,
y su extensa biblioteca. Miles de polvorientos volúmenes, muchos
ediciones repetidas de Poe, Lovecraft, Stevenson, Lem... escritores
que como él habían dejado este mundo en vida para conocer
otros muchos, algunos maravillosos, otros horribles.
Había sido el opio su fármaco maestro de vejez en sus
últimos años. La droga le había hecho llevaderos
sus achaques físicos, los típicos de la edad avanzada,
pero también le había mostrado otros mundos más
allá de su propia imaginación, más allá
de las cuatro paredes de su biblioteca, en aquel ático del que
ahora se apartaba caminando hacia atrás, sin perderlo de vista.
Quiso llegar a lo más alto y lo había conseguido. Aquel
rascacielos que visitaba clandestinamente de joven era ahora suyo. Una
jaula de oro donde apartarse de la ya ausente fama y gloria de insigne
literato.
Se había convertido en ermitaño y como tal pensaba terminar,
mirando hacia atrás.
Aún le quedaban varios metros, y el último viaje de adormidera
comenzaba a mostrar en su mente nuevas formas, nuevos mandalas con millones
de colores en movimiento circular. Recordó viejas láminas
de viejos libros de alquimia con sus dibujos en blanco y negro. Se alegró
entonces de que la muerte fuera en verdad algo bello.
Los ecos de las sirenas de la urbe se convertían en alegres cantos
de entes fantásticos que comenzaban a rodearle. Eran seres alados
que flotaban sonriéndole abriendo sus brazos. Algunos tenían
caras familiares, de amigos muertos y allegados que se fueron, o de
viejos maestros que conoció de joven o que ni siquiera llegó
a conocer mas que por sus escritos. Todos ellos templaban el corazón
del anciano al mirar el vacío frío y cruel de la ciudad
infernal.
Miraba el pequeño farol, a punto ya de desvanecer su luz, y se
concentraba más en las imágenes amigas que en los restos
de realidad que quedaban a su alrededor y que iban desapareciendo poco
a poco de sus sentidos.
Muy cerca ya del borde, comenzó a ver los recuerdos más
hermosos de su vida, los más repletos de amor con su mujer, su
musa, la bella Matilde; sus hijos desaparecidos, el ardor del éxito...
Pero también la superación del dolor y el desapego tras
la tragedia del pasado.
Restaba poco para el último paso. Justo antes de caer, la droga,
su mente, o acaso su alma, obró un pequeño milagro último
ante sus ojos.
La pequeña luz del farol comenzó a brillar cada vez más
fuerte, convirtiéndose en una llama enorme que traspasó
el cristal sin quemarle. El fuego comenzó a rodear su cuerpo
sin llegar a quemar sus pesadas ropas mientras faunos y sátiros,
sibilas y pequeñas musas, bailaban suspendidos a su alrededor
como en una fiesta.
De repente era una bola de luz enorme. Ya no veía ni sus pies
ni el último tramo de cornisa, ni la ciudad, nada...
Fue allí donde alcanzó por fin el vacío y su cuerpo,
que ya no existía, cayó fulgurante como una estrella deshaciéndose
en su camino.
Se evaporó antes de llegar a la calle, maravillando a aquellos
que caminaban por ella y que pensaron que habían presenciado
el fabuloso final de una hermosa estrella. Y realmente no les faltaba
razón. Muchos se sintieron alegres por ello, por ver el final
de una bella luz de colores que desapareció sin dejar rastro
alguno.
Cuentan que nadie encontró el cuerpo del maestro ya desaparecido
de la vida pública, enclaustrado en lo alto de su castillo. Nadie
lo encontró, aunque muchos le vieron irse de este lugar...
Carlos G. Torrico