ENTREMÉS:
Del mágico encuentro con Máximo Estrella y de sus revelaciones.
Personajes: Máximo Estrella, protagonista de Luces de Bohemia (Valle-Inclán).
Gonzalo de Berceo, joven aventurero.
Chico, hombre entrado en edad dueño de la Taberna Picalagartos.
Narrador, nos cuenta la historia en primera persona, es Gonzalo recordando.
Escena primera
Narrador, Chico y Gonzalo, alumbrados sus rostros recitan al mismo tiempo los versos de advertencia. Aire solemne y posición firme.
Los tres: Nadie se ponga estupendo,
Max Estrella no está muerto,
Yo le he visto en Malasaña,
Primer poeta de España.
Escena Segunda
Cinco de la mañana donde la Calle de la Montera hace esquina con La Puerta del Sol. Los letreros luminosos y la variopinta fauna callejera distraen la atención de Gonzalo. El veinteañero viste con la trenca de su padre, tejanos oscuros, zapatos castellanos y bufanda. Luce raya de pelo a un lado, tiene la mirada perdida y los ojos tan rojos como sus mejillas ojerosas. Deambula, sus pasos no aciertan. El narrador se sitúa muy cerca del público y comienza sus tarea.
Narrador: Fue tarde y harto de tintas,
Cuando quise ir a dormirla,
Dije adiós a los colegas,
Dije: (Gonzalo) ¡en Cibeles me esperan!
Y partí desde el garito
Hacia tal lejana plaza
Malcruzando un laberinto
Con endemoniada traza,
Y tan malcruzando anduve
Que no hallé el recto camino,
Y hasta busqué transeúntes
Que guiasen mi destino.
Vi al fin luz en la bohemia
Taberna Picalagartos,
Si no yerra esta memoria,
Que así se llamaba el antro.
Al tiempo que distinguía
Los clientes de las sillas,
Se presentó a este menda
Su salvador, su mesías.
Escena tercera
La Taberna. Luz tenue, humo de quienes jugaron al mus. Hay un pequeño mostrador al fondo y tras él apenas se advierte al Chico leyendo el diario. Reina el silencio entre él y el único cliente. Es Máximo. Lleva un traje negro que contrasta con sus blancas cabellera y barbas; tiene colgados en un perchero el bastón y el carric; tiene los ojos cerrados e hinchados, y su cuerpo derrumbado sobre el respaldo del asiento. Frente al poeta hay una mesa escuálida con tinto y otra silla. Comienza su discurso intuyendo la presencia del caminante, quien se le acerca por detrás atónito y desconcertado.
Máximo: Mi nombre es Máximo Estrella,
Pseudónimo, Mala Estrella,
Soy cesante de hombre libre,
Soy un ciego y mal poeta.
Gonzalo: Mucho gusto, soy Gonzalo,
He bebido demasiado,
¿pudiera usted ayudarme
y alguna rúa indicarme?
Máximo: Donde habito es un palacio
De la calle Bastardillos.
Yo, si no fuese borracho,
Me hubiera pegado un tiro,
Ya que vivo de hacer versos,
En condición miserable,
Por el beber estoy muerto,
Soy dolor en un mal sueño.
Gonzalo toma asiento y el Chico sirve dos chatos.
Narrador: Homero tenía cuerda,
Y yo horas de andadura,
Así pues se dio la juerga
Mientras el sol no salía.
Gonzalo: ¿Y dice usted que hace versos
No sacando ni una perra,
Y que a la muerte corteja
Dedicado a la taberna?
Máximo: Por éstas, ¡lo dicho es cierto!
La prensa me boicotea,
Esos odian mi talento,
Siendo el inmortal poeta,
Odian sí, mi rebeldía,
Y la Academia me ignora,
Mas ni me parte un rayo,
Ni voy pidiendo limosna.
Las letras son, no te engañes,
Colorín, pingajo y hambre,
Pues si diesen de comer
Sería yo rico en parné.
Hace un año que soy ciego,
Dicto y mi mujer escribe,
Es una santa del cielo,
Aunque con faltas de infierno.
Gonzalo: ¡Cráneo previlegiado!
¿y es usted de quienes creen
en las vírgenes y santos
y en lo que dijo San Pablo?
Máximo: En ellos creo, predico,
¡resucitemos a Cristo!
Y la sede vaticana
Al Escorial, sea dicho.
Gonzalo: Yo me quito el cráneo Don Max,
Con su permiso, le convido,
¡Que pongan dos chatos más,
Y vivan los insumisos!
Máximo: Gonzalo, acércame el vaso,
¿ves el espejo, al fondo?
Este esperpento lo trajo
Goya en pinturas ¡diablos!
Lo describiré en novela,
Vil deformación grotesca,
Que sufre España esperpento,
Que es de Europa un mal reflejo.
Entre versos y sorbos ha pasado el tiempo. Alumno y maestro están, si cabe, más abatidos que al principio, y no saben ya ni lo que dicen, acaso disparates cuando Gonzalo oye la llamada de su conciencia.
Narrador: Después de lo conversado,
Al menos lo aquí presente,
Al verme en penoso estado
Vi preciso recogerme.
Gonzalo: Mi camarada poeta,
Me marcho y pago la cuenta,
No dude que nos veremos,
Que me quedo con su jeta.
Cuando Máximo oye de la ida del peregrino, se incorpora con ímpetu y dice con emoción:
Máximo: Abracémonos hermano,
Yo sí me voy para siempre,
Con Latino al viaducto,
A dar un vuelo de muerte.
Después del sentido abrazo el discípulo zigzaguea cabizbajo e indeciso en su retirada.
Narrador: Allí quedó Max Estrella,
Hablando solo decía
Que esa era su última mueca,
Y que muerto no hablaría.
Yo regresé a mi camino
Escuchando aún sus gritos:
Máximo: ¡Se va el pollo iluminado
Por fin un civilizado!
Esto lo dice con sobresalto, resucitando de su corto letargo y con la mano alzada. Serán los últimos versos que recite, casi a modo de balbuceo. Una vez hecho esto, se deja caer en su asiento, y el foco que le iluminada deja de hacerlo.
Narrador: A las infinitas horas
Me desperté con mal cuerpo,
Y al recordar la cogorza
Cobraron vida estos versos.
Escena cuarta
El narrador conserva su puesto para que se le acerquen Gonzalo y el Chico. El eterno poeta ha tomado el camino del Viaducto de Segovia, cumpliendo con su palabra, pero sobre el escenario los tres fieles, de igual manera que al comienzo de la obra, dictan sentencia:
Los tres: Nadie se ponga estupendo,
Max Estrella no está muerto,
Yo le he visto en Malasaña,
Primer poeta de España.
Gonzalo |