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de viaje

Más temprano que nunca, desperté apresurado, carrera a la ducha, puesta de disfraz y peinado rápido, café y trozo de bizcocho añejo. Mirada rápida al espejo y comienza la carrera. A un paso de marcha, controlando las fuerzas pero sabiendo que esa primera prueba es selectiva, marco un ritmo y subo la calle-rampa, al menos el sol ha salido, llego al subterráneo y me embarco en él, me hago sardina enlatada, que en Sol es abierta, y como si recobraran la vida, las sardinas saltan y huyen, hacia destinos distintos, hacia obligaciones diversas y claras en los pequeños cerebros bañados en aceite. Yo quedo enlatado, junto a otros pocos, y salto de lata a lata por entre pasillos endiablados, entre laberintos, que gracias a Dios alguien tuvo la decencia de señalar.
Llego a mi destino, encima de mi paso un cartel luminoso "fase 1 superada", a la derecha el tiempo me dice que pase por poco. Fase 2, cambio de escenario, hay escaparates de lujo y todo es caro en este mundo-realidad en el que residen pudientes y guapas atadas a su marroquinería. En esta nueva fase no me dan tiempo extra, así que corro de nuevo, "corre Lola corre".
Llego con mi disfraz y todos andan disfrazados de forma parecida, poca originalidad; curioso, soy el más joven y por lo visto el más sospechoso, el individuo de seguridad me cachea de arriba abajo, le gruño en bajo, el único sito que no palpa descaradamente es el paquete (información útil para "bandalos"). Entramos en el pájaro, todos con las coreas atadas al cuello, diferentes coreas, diferentes colores. Los periódicos nos dicen de que pie cojea cada uno, plantan hasta miradas desconfiadas de unos a otros, totales desconocidos.
Llegamos, salimos y no se donde estoy. Espero a mi jefe en una cafetería donde el camarero se burla incisivamente de mi con el uso de su lengua, maldito roedor me digo.
Mi jefe aparece en un taxi enorme, me recoge y partimos, Fase 4 superada, brilla el mensaje en el retrovisor del taxista. Mi jefe y yo nos sonreímos. Veo a mi alrededor pinos y colinas, rodeamos la gran ciudad, vemos casas, ciudades y grúas, cruzamos túneles, conversamos tranquilos, todo hasta llegar al la propiedad de los japoneses, en la entrada, enormes teles, acompañan jarrones y platos de porcelana nipona. En el mostrador de entrada, una bella recepcionista tiene una pulsera plateada, ancha, como de pinchos cuadrados que me deslumbra. Nos recogen y acabamos en una minisala rectangular rodeado de otra gran sala donde cientos de personas hablan en lenguajes no hablados con sus ordenadores. Varían las lenguas y el calor humano es mínimo, todo racional y promocional, establecemos pautas del futuro en nuestro entorno productivo, todos sabemos cual es la finalidad.
Salimos de allí insípidamente, con el sabor de boca que para aquellos subalternos de nipones, no somos nada. Al menos, al salir la pulsera de la recepcionista sigue dándome destellos plateados.
Allí nos recoge otro vehículo lujoso, misma marca, distinto color, nos lleva por vericuetos indescifrables hasta una rotonda, donde bajamos firmamos y escalamos hasta un edificio de arquitectura holandesa, sobrio, cuadrado, diáfano, insípido dice mi jefe, minimalista pienso yo. Allí Marek Zimansky, conocido en algún lado como el Polaco, nos recibe. Sentados en una pequeña mesa en su despacho, cuadramos acordes y desacuerdos. Marek solo quiere sies, habla rápido y mira a los ojos. Es gentil y veloz, exigente e incisivo.
Cuando salimos la misión ha terminado, se nos permite escribir nombre; tiempo record. Celebramos el hecho con cigarro y cerveza. Tenía mono, esta ciudad moderna, aprende a ser como las demás..
(continuará..)
Andros |