El color de la voz
En Timbao siempre se pensó que la voz de la ciudad era gris como el humo de sus fábricas. Eran escasas las ocasiones en que uno de aquellos habitantes del asfalto y las alturas recalaba en los caminos y nubes de Timbao. Cuando eso sucedía, muchos vecinos de la aldea se acercaban al recién llegado dispuestos a entablar un diálogo de colores.
Las personas de la ciudad hablaban con interés y entusiasmo pero eran incapaces de evitar el contagio que siempre se producía...
Su voz gris y contaminada se veía invadida progresivamente por los colores que brotaban de las palabras de cualquier habitante de Timbao. Era una especie de copulación.
Y es que, en Timbao, siempre se creyó que una forma mística de hacer el amor era a través de la fusión de colores que se producía cada vez que dos personas comenzaban a hablar entre ellas. Cada vecino de la aldea tenía un color característico que teñía sus palabras y así era posible que en la taberna, en plena discusión de borrachos, se dibujase un mosaico de colores imposibles.
Por eso, a través del amor de las palabras se puede uno enamorar de alguien a quien acaba de conocer tan sólo unos minutos antes. Basta con que sus respectivas tonalidades vitales se hermanen y mezclen en un abrazo multicolor. O eso, al menos, era lo que Ernesto le contaba a su nieto Juan cada vez que éste le interrogaba sobre cómo había conocido a su mujer.
El resto del lienzo se deja en manos de las caricias, sobre cuyos colores, muchos son los tratados y tesis que se han escrito.
Xurde Portilla Lejarza
|