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Solsticio de Invierno

Baikar Ultinos

 

 

Solsticio de Invierno

Los preparativos ya estaban en marcha, la aldea parecía tener vida propia. Todo el mundo de acá para allá acarreando leña, preparando pieles, recogiendo flores o elaborando adornos para el gran día. En las murallas del castro, los guerreros, siempre atentos a movimientos más allá de los límites del territorio se distraían un poco con las bonitas muchachas que desfilaban ante ellos riendo, adornadas con flores en el pelo y vestidas de blanco como vírgenes vestales.

Entre ellas estaban Nunn y Anna, que aunque jóvenes, ya eran sacerdotisas de la tribu de los vettones, las encargadas de la ceremonia más importante del año, la que da comienzo al nuevo ciclo de siembra y cría de ganado con la elección del mejor grano para la escasa cosecha que se podían permitir y las mejores crías, que serán alimentadas con mucho esfuerzo durante el invierno. Las que no cumplan los requisitos serán sacrificadas en la ceremonia y servirán como banquete a todas las gentes del valle que se han acercado a la fortificación de Xálima a presenciar este nuevo comienzo en el solsticio de invierno.

Mientras tanto, en una de las frías cabañas situadas al norte del recinto, un niño llora mientras su madre lo lava con la fría agua del nevero. El pobre Balkandur no puede resistirse, su madre le ha pillado por sorpresa, le ha volteado y en menos tiempo que un relámpago le ha colocado sobre la palangana para lavarle el trasero. A sus nueve años, el pequeño reza para que nadie entre en la cabaña inoportunamente, el ya no es un niño para que se le pueda hacer eso, él ya podría lavarse sólo, porque ya es un hombre, ya ha cazado y participado en una incineración, además sabe luchar, el gran Indortes, el mejor y más grande guerrero de los vettones le había empezado a enseñar a luchar con un palo, claro.

Sin embargo, la madre era implacable, ella sabe bien que esta es la última vez que lo acicala. Se está convirtiendo en un hombre, y después de la ceremonia lo será para todos los miembros del clan, con la obligación de obedecer a sus mayores y el derecho a aprender de los más viejos, que le enseñarán no sólo a luchar, también a sobrevivir.

Mientras tanto, el gran Indortes agota ante el fuego la última jarra de vino traído desde Fenicia a Iberia. Está muy borracho y sollozando, la última batalla librada le ha enseñado la peor perdida que puede sufrir un guerrero. Los mejores y más jóvenes muertos en una lucha fratricida contra lusitanos. Se pregunta que habría hecho el patriarca Aius, el extranjero, en su lugar, o su antecesor como caudillo Baikar Ultinos, aquel que encontró los secretos de la montaña de Xálima para vencer a los romanos. Están todos muertos.

Ahora los romanos sí son una amenaza, no una mera diversión de escaramuzas nocturnas.

Si llora Indortes es quizá por el próximo final para su civilización, amenazada por un imperio que no entiende más que de riquezas y recursos que expoliar. Y en aquel valle tenían muchos.

Pensó que quizá la ceremonia que se avecinaba conjuraría la supervivencia del clan, de modo que se consoló lo suficiente como para levantarse y encaminarse hacia la cabaña de su pupilo. La esperanza de los que comienzan de nuevo.

Nun y Anna regresan con las demás del bosque. Han estado recogiendo hierbas aromáticas. También algunas para aliviar los dolores de viejos, madres fatigadas por la recolección y los hijos, guerreros recién llegados con profundos cortes y en definitiva para todo aquel que deseara disfrutar de la fiesta en plenas condiciones.

Las sacerdotisas eran las encargadas de estudiar y proteger todo lo que los brujos Aius y Baikar trajeron del Oriente y la montaña respectivamente. No eran riquezas materiales lo que protegían, sino conocimientos que les habían permitido conseguirlas, además de preceptos para la supervivencia en la vida y en la guerra. Nada de eso estaba escrito, todo se transmitía a través de estas mujeres que lo ponían en práctica trabajando para todos sus vecinos.

Allá en la arista del castro, su punto más inexpugnable, los jóvenes apilaban madera para la gran hoguera de la noche. Al encenderla, ésta se vería desde muy lejos atrayendo a los rezagados del valle para disfrutar de la fiesta, del banquete y del comienzo del nuevo ciclo solar.

La tradición era sencilla pero hermosa. La celebración del lento regreso del sol. Los días dejaban de mermar tras la noche más larga y lentamente la luz se habría camino muy lentamente hasta el próximo solsticio. Pero había que ayudarle en su renacimiento, de modo que la gente quemaba toda la madera que hiciera falta, aunque no solo era madera lo que se quemaba.

Aquellos que quisieran podían contribuir a su propio cambio con la ayuda del sol, de modo que muchos quemaban cosas viejas e inservibles que ya no les representaban para poder amanecer al día siguiente como personas nuevas, con nuevas ilusiones y retos.

Ese era el caso de Indortes, que había pensado dejar de atormentarse y pensar en un nuevo ciclo. Sus días como guerrero habían terminado de modo que para ser útil a la comunidad se encargaría de formar a los nuevos guerreros y guerreras de su pueblo, pero no sólo en las armas sino también en lo mejor de los propios vettones, en la cultura que habían recopilado durante generaciones. Por esta razón decidió quemar sus viejas ropas para guerrear, entre ellas su viejo sago que tanto le había abrigado en las frías noches a la intemperie. También quemaría los pellejos en los que conservaba el vino. Había que dar ejemplo, para empezar a sí mismo.

En el caso de los niños con la edad de Balkandur, el momento del solsticio no representaba otro renacimiento, sino su primer paso a la edad adulta.

La ropa blanca del muchacho le queda un poco larga, de modo que su madre ha decidido arreglársela para que este perfecta. En lo que termina se ha presentado Indortes para llevárselo a dar una vuelta. Kara, la madre, mira con desaprobación a Indortes. Tiene pinta de haber bebido y no le gusta la idea de que se lo lleve para que le cuente sus desvaríos borracho. Sin embargo les deja marchar por que sabe que es lo más parecido que le queda a un padre. El verdadero murió hacía ya algunos años en una emboscada contra los romanos, se llamaba Bodílkar. El propio Indortes había traído el cuerpo hasta su casa en su caballo. El niño era entonces muy pequeño e Indortes decidió convertirse en una especie de padre para él ya que no había podido tener descendencia tras la muerte de su joven esposa.

Kara e Indortes se conocían desde niños. Muchos años atrás, ambos habían celebrado un día como aquel. Acudieron a la ceremonia como si fueran a casarse, ambos de blanco y portando flores. Luego, como adultos, sus vidas se separaron hasta un segundo encuentro ya en la pubertad. Se enamoraron y durante un tiempo pensaron que terminarían juntos, pero el padre de Kara había decidido casarla con Bodílkar y no pudo negarse. Al poco Indortes también se casó y se separaron por segunda vez.

Pero el obstinado destino les había deparado una tercera oportunidad tras sus propias tragedias. Aún no habían hablado de ello, pero lo sentían al mirarse. Indortes dejaría la espada y la bebida, Kara la soledad y la tristeza. Se daban cuenta de que sus vidas habían ido parejas a pesar de todo, de modo que su vínculo aparecía de nuevo sin ellos esperarlo. Tras el solsticio todo iba a cambiar para ellos y de que manera. Pronto podrían volver a ser felices juntos como debió ser siempre.

Brujos y adivinas llegaban de todas partes provocando buenos augurios para todos aquellos que participaran de la fiesta y compartieran sus cosas con los demás. Era el momento de regalarse cosas para desear a lo amigos y familiares una feliz nueva vida. No se podían permitir grandes lujos; algún amuleto, alguna talla de madera, una piel curtida, un arma, ropajes... Los que más esfuerzo habían puesto regalaban a sus hijos su primera montura.

Para Balkandur, Indortes había reservado toda una reliquia, la pequeña alfombra en la que el anciano Aius se sentaba para meditar. Con ella enseñaría al muchacho a utilizar su mente para lograr sus objetivos en la vida, una enseñanza más importante que cualquier destreza con la espada, aunque fuera esto algo indispensable también para el muchacho.

Hacía una mañana fresca pero muy soleada, no se veía ni una sola nube en el cielo. El hombre y el niño habían salido a pasear tras recibir una mirada de condescendencia y una ristra de besos respectivamente.

Caminaron hacia el exterior del perímetro; las gruesas murallas reforzadas durante tantas generaciones contra peligros cada vez mayores, los guerreros vigilantes, calentándose las manos en aquella mañana soleada pero fría, y más allá de las murallas, el perímetro de piedras hincadas, que tan solo dejaba libre una pequeña vereda en diagonal para acercarse a la entrada del castro, la mejor defensa para contrarrestar las caballerías.

Balkandur no perdía de vista a su maestro, para él era como su padre. Indortes le había enseñado a recorrer la montaña, a trampear, a cabalgar, pero sobre todo le había introducido en el camino del guerrero: el honor en el combate y la devotio; morir antes que deshonrarse.

No es que Indortes estuviera orgulloso de todas sus costumbres, pero tampoco conocía otras. De lo que sí estaba orgulloso era de las enseñanzas de los grandes patriarcas de los vettones; Aius y Baikar Ultinos. Pero eso era demasiado complicado para un crío, lo era incluso para alguien tan rudo como él.

Miraron los dos hacia la montaña sagrada de Xálima y el maestro le contó al alumno la leyenda de las tumbas de los guerreros primordiales, ocultas bajo las rocas en la cumbre. Las siete tumbas solo podían ser encontradas por el mejor guerrero de muchas generaciones, tras escalar la abrupta ladera durante varios días desafiando al frío y a los lobos. El afortunado debía beber en su camino de siete fuentes y tras el esfuerzo, comprender el mensaje enterrado desde el principio del tiempo, algo muy difícil para los hombres en aquel tiempo de guerra constante.

La recompensa de la montaña no era entonces el mineral ansiado por los romanos, sino una información sutil que de ser comprendida no necesitaba de nada más para conseguir cualquier otra cosa. A la pregunta del muchacho, el guerrero no podía contestar nada más que la verdad; él tan sólo conocía la leyenda. Los tiempos comenzaban a acelerarse y los jefes de la tribu no llegaban ya a poder subir superando la dura prueba y alcanzando el conocimiento. La supervivencia ante tantos peligros inmediatos obligaba a estar siempre alerta, depositando en la fe la cualidad del conocimiento que no podrían llegar a alcanzar. Eran tiempos difíciles.

Una ligera bruma se posó sobre la cumbre de Xálima. Unos milanos planeaban orgullosos en el cielo con sus grandes alas extendidas. Ellos daban cuenta de los restos de los guerreros abandonados en el campo de batalla, elevando sus entrañas al cielo. A fin de cuentas daba igual el método: ardiendo en la pira o izados en el pico de la rapaz, los restos de los vettones debían llegar al cielo.

Tras la comida, el recinto y sus aledaños hervían de expectación, el espacio empezaba a escasear, no era así con el vino. Los jefes de las tribus del valle habían traído con ellos sus reservas de vino fenicio para la celebración, también toda la cerveza de la vettonia, claro. Todo el mundo debía sentirse “libre” para la muerte simbólica de la noche siguiente.

El amor solía apoderarse de todos ellos en aquellas fechas. No era extraño que la mayoría de niños nacieran en el verano durante la cosecha y la cría. Las madres recién paridas, en aquel periodo de trabajo, dejaban los hijos a sus padres y acudían sin demora alguna al trabajo. A aquella extraña y sacrificada costumbre se la llamaría después covada; la seña de identidad de las mujeres celtas, trabajadoras y valientes.

El sol comenzaba a despedirse del valle por última vez antes de su renacimiento. Después de aquella noche volvería victorioso, ganando terreno a la oscuridad de manera implacable, el sol invicto. No era de extrañar que al oscurecer la gente comenzara a emocionarse de verdad; un viejo ciclo moría dando paso a todo lo renovado, a las nuevas esperanzas y objetivos para cada uno y para todos a la vez.

Los últimos rayos pugnaban contra la oscuridad. Las primeras hogueras comenzaban a encenderse. Un camino de fuego señalaba la montaña de maderas preparada para arder. La gente comenzaba a cantar y a gritar, pero en el momento señalado todo el mundo quedaba en silencio. El berrido de un cuerno señalaba el comienzo de la ceremonia. Era el momento de las sacerdotisas.

Anna se encontraba nerviosa como tantas otras doncellas que allí se encontraban. Era una responsabilidad recabar toda la información meses antes para la ceremonia. Las sacerdotisas se encargaban entre otras cosas de ir hablando con todos los habitantes de sus tribus. Recababan sus opiniones, anhelos y críticas del ciclo que expiraba. Toda esa información se exponía en asamblea a todos los ancianos, jefes y responsables, cuyo deber era incorporarla en sus objetivos para el próximo ciclo, rindiendo cuentas de su consecución. Las sacerdotisas las incorporaban luego a sus plegarias, exigiendo también colaboración a aquellos que propusieron la mejora. Se trataba a fin de cuentas de lograr un estado mental entre todos los miembros del clan que facilitara la prosperidad.

Nunn llevaba más tiempo preparándose. Llevaba varios años recorriendo el valle aprendiendo de las antaño doncellas. Se alojaban en sus casas durante meses aprendiendo propiedades de las plantas, nombres y cualidades de los dioses, los estados mentales... Entre los vettones podía acceder cualquiera al conocimiento, aunque el único requisito era un sacrificio total para el aprendizaje.

El conocimiento era muy variado. Del patriarca Aius se aprendían todas las deidades del valle con sus cualidades. De sus viajes por oriente como mercenario de los griegos trajo conocimientos de plantas, medicina, armas y técnicas de combatir, mecanismos para serenar la mente en los peores momentos para conseguir lo que se busca sin errar. Métodos para leer en las estrellas identificándolas y interpretando sus augurios. Incluso conocimientos para plantar vides y conseguir vino de ellas. Estos últimos no prosperaron mucho debido a la gran afición por el vino fenicio.

De Baikar Ultinos, el joven príncipe de los vettones, no había trascendido tanta cantidad de información. A diferencia de Aius que murió centenario, Baikar cayó en combate en las primeras escaramuzas que se libraron entre pueblos iberos contra Roma. Sin embargo, aquello que aprendió en su ascensión a Xálima siendo valiente merecedor tras generaciones de vettones, era mucho más complicado para aprender. Muy pocas sacerdotisas o aspirantes a brujo llegarían a entenderlo, perdiéndose paulatinamente hasta desaparecer. La herencia del joven implicaba poderes más allá de lo material según decían. De haber controlado ese poder, los pueblos de la Iberia habrían repelido sin problemas la incursión del enemigo romano. La gran voluntad del joven le condujo al error de precipitarse y morir en batalla perdiéndose con él el último elegido que se encaramó a la cumbre de los primordiales.

Lo que pudo transmitir a los brujos en ese corto período era algo confuso, de ahí su dificultad. Una doctrina cuya base se halla en el propio corazón del hombre, pero que puede acaparar tal poder que los acontecimientos se pongan a favor de aquel que domine la técnica. Una técnica sin pociones, hierbas y conjuros. Una batalla que se libra dentro de la mente y que provoca cambios en la realidad inmediata. Los limites del hombre desaparecen, el tiempo y la materia se confunden pudiendo convertirse en cualquier cosa a merced de la voluntad.

Desgraciadamente, hasta que otro guerrero entre cientos volviera con vida y con éxito de la cumbre, la información no sería renovada.

De lo que Baikar se encontró en la cumbre para aprender aquello no trascendió nada. Ante el mutismo del joven, que quedó alterado desde entonces, se crearon leyendas que hablaban de escritos en enormes sarcófagos o de almas que se mostraban para enseñar al elegido.

Nada sabía entonces Nunn de lo que habría de pasar después del siguiente solsticio. De cómo descubriría por necesidad su faceta de guerrera de cómo tendría que ser ella la siguiente que trepara a la montaña en busca del secreto para salvar a su pueblo.

Era la segunda vez que Indortes pasaba por esa cabaña en el día, solo que esta vez se dirigía a recoger tanto a la madre como al hijo. Casi no se le veía en la oscuridad con la túnica negra. En la puerta, Kara le esperaba con la emoción del reencuentro. Para ellos no era verse por segunda vez en el día. Para ellos la noche significaba su tercer y definitivo encuentro en la vida. Ambos lo sabían y por eso se besaron sin mediar palabra alguna. Una nueva vida juntos daba comienzo aquella noche. Todo el pasado con su sufrimiento perecería pronto en las llamas.

La procesión de sacerdotisas salía de la cabaña tras la señal. Cubiertas de blanco, parecían deslizarse por la oscuridad. Portaban óleos con aromas y pequeñas antorchas para comenzar la fiesta. Cuando la estrella más brillante aparecía sobre el horizonte comenzaban la plegaria. A los pies de las maderas formaron una rueda y alzaron las manos pidiendo silencio. Comenzó la plegaria; la voluntad de cientos de personas deseando comenzar otra vez expresada por sus sacerdotisas. Tras el rezo ya no había lugar para el silencio, la histeria se desataba. Las portadoras de la llama la cedían a los niños que dejaban de serlo, entre ellos el pequeño Balkandur, que templando el nervio se acerca junto a sus compañeros y compañeras a encender la hoguera para que el sol vuelva.

Poco a poco el fuego se va abriendo camino desde la base, la fiesta da comienzo con los cánticos y danzas alrededor del fuego. Aquellos que escapan del pasado empiezan a quemar lo viejo que queda de ellos; las ropas de guerra de Indortes y las de duelo de Kara.

Los sonidos y la luz inundan el valle en una fría y clara noche de invierno. La pira es enorme y proporciona calor a todos. Algunos empiezan a saltar los bordes tentando el destino desde el primer momento. Otros se emparejan y acuden a las cabañas a satisfacer sus instintos, de los que muchos tendrán noticia tras la cosecha. Hay quienes no paran de llorar porque recuerdan a sus muertos y se prometieron recordarlos sin lagrimas a partir de la mañana siguiente.

Sea como sea todos tienen sus propósitos para su inminente renacimiento ya sea por si mismos o con ayuda de las sacerdotisas, que proveerán a todos los presentes de los medios para abrir sus mentes a lo nuevo que nace en ellos ya sea con palabra o sustancia traída de los bosques.

Con la madera ya consumida, la tenue luz de las brasas en la oscuridad da al poblado el aspecto de una constelación mas del cielo. Quien sabe si ese es el efecto que se pretendía buscar.

Al Este se adivina la claridad que anticipa el sol que todos esperan. Muchos de ellos estarán durmiendo cuando suceda, pero poco importa ya. El cambio está hecho. El regreso ha comenzado y será lento.

El castro parece arrasado por una batalla. Restos de la celebración, figuras ebrias que buscan descanso... En una cabaña, Indortes y Kara yacen juntos esperando despertar. En la cabaña de la asamblea, los nuevos miembros de derecho del clan empiezan a despertarse juntos y a salir a ver su primer amanecer como mayores.

 

 

 

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Carlos Gustavo Torrico Martín