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Del cielo a Madrid
Los colores desde la radio a las 7:45 de la mañana de un día de marzo. Cuando no quedan revistas de prensa que hacer y cuando los únicos urgentes que puedes recibir son coches bomba en Bagdad. Cuando miles o millones de personas cogen un coche, escuchan tus malas noticias y consumen gasolina sin remedio para llegar al trabajo con el sueño a hombros y la corbata mal puesta. Cuando los trenes van llenos pero nadie tiene miedo a pesar del bombardeo. Cuando ese edificio quemado y lejano mantiene su orgullo. Cuando el ruido es un ciudadano más de Madrid, compañero en cada esquina, banda sonora, extendido como un cáncer gracias a las taladradoras que tan poco quieren a la ciudad y sus tripas. Cuando la primavera se acerca, ya anunciada, una terraza de Gran Vía enseña esto. Colores como regalos. Y el inmenso y precioso azul tiene que esperar un poco. Y todo lo dicho parece que no existe. Ni los periódicos, ni internet, ni los trabajadores, ni los coches bomba en Irak, ni las obras, ni los miedos. Desde arriba la ciudad a esas horas es un cuadro quieto y silencioso, sólo vivo por los humillos que suben de algún lugar y por los pájaros que no encuentran su norte. Todo lo grave queda atrás, esa tensión con nombre y apellidos, millones están escuchando. Y el sol, a esas horas sólo horizonte de fuego y belleza, está a punto de alegrar el día y los corazones. Se habló siempre del cielo de Madrid. Creo que se referían al atardecer. J.Martín
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